Mi Pasion por las Motos Desatada
El rugido de los motores me eriza la piel cada vez que entro al autódromo. Mi pasion por las motos es como un fuego que no se apaga, carnal. Ese olor a gasolina quemada, el cuero caliente pegándose a mis muslos, el viento azotándome el pelo mientras acelero. Hoy es uno de esos eventos chidos en las afueras de la CDMX, con un montón de morros y morras tatuadas, todos listos para quemar llanta y corazones.
Me bajo de mi Harley, mi negra reluciente, con el sol pegando en el tanque como si fuera oro fundido. Llevo jeans ajustados que me marcan el culo, una chamarra de piel abierta dejando ver mi blusa escotada, y botas que crujen al caminar. Siento las miradas clavadas en mí, pero no me interesa cualquiera. Quiero a alguien que entienda el rush de la velocidad, que sienta el pulso de una máquina viva entre las piernas.
Ahí está él. Alto, moreno, con barba de tres días y unos brazos que parecen esculpidos en hierro. Su moto es una Yamaha customizada, roja como la sangre, con escapes que truena como un demonio. Se quita el casco y me ve directo a los ojos. Neta, su mirada es puro fuego. Me acerco, fingiendo checar su máquina, pero es pretexto pa' oler su colonia mezclada con sudor y aceite.
—Órale, güey, qué chingona tu moto —le digo, pasando la mano por el manubrio, sintiendo el metal tibio.
Él sonríe, esa sonrisa pícara que dice "te voy a comer con los ojos". —Y tú qué, morra, vienes a presumir esa Harley o a algo más?
Nos quedamos platicando de cilindradas, de curvas en carretera, de cómo el asfalto te hace sentir viva.
"Mi pasion por las motos me ha llevado a muchos lados, pero hoy siento que esta noche va a ser diferente", pienso mientras su rodilla roza la mía accidentalmente. O no tan accidental.
La tensión crece con cada trago de chela fría que nos pasamos. El sol se pone, tiñendo el cielo de naranja y morado, y el aire se llena de humo de parrilla y risas. Bailamos al ritmo de cumbia rebajada que ponen los DJs, sus manos en mi cintura, mi culo presionando contra su entrepierna. Siento su verga endureciéndose contra mí, dura como el manubrio de una moto en marcha. Chingao, qué rico.
—¿Te late dar una vuelta? —me susurra al oído, su aliento caliente oliendo a cerveza y deseo.
Subimos a su Yamaha. Yo atrás, abrazándolo fuerte, mis tetas aplastadas contra su espalda ancha. Arranca y el motor ruge, vibrando entre mis piernas como un amante ansioso. Volamos por la carretera oscura, el viento silbando, luces de autos pasando como estrellas fugaces. Mis manos bajan por su abdomen marcado, rozando el bulto en sus pantalones. Él acelera más, y yo gimo bajito, el clítoris palpitando con cada bache.
Paramos en un mirador apartado, con vista a la ciudad brillando como un mar de luces. Nos bajamos, y sin decir nada, me empuja contra la moto. Sus labios caen sobre los míos, duros, urgentes, saboreando a sal y cerveza. Le muerdo la lengua, arañando su nuca, mientras sus manos me manosean las nalgas, apretando fuerte.
—Te quiero aquí mismo, morra —gruñe, bajándome el zipper de los jeans.
—Pues hazlo, pendejo, no seas mamón —le respondo, jalándole la playera por la cabeza.
Sus músculos brillan bajo la luna, tatuajes de calaveras y motos serpenteando por su pecho. Lo empujo al suelo, sobre una manta que saca del alforjón, y me monto encima como si fuera su máquina. Le desabrocho el cinturón, libero su verga gruesa, venosa, latiendo en mi mano. La acaricio despacio, sintiendo el calor, el pulso acelerado como un motor a tope. Él gime, arqueando la espalda, mientras yo me quito la blusa y los jeans, quedando en tanga negra y bra.
Me inclino y la chupo, lamiendo la punta salada, metiéndomela hasta la garganta. Su sabor es puro hombre, almizcle y sudor.
"Esto es mejor que cualquier carrera, neta", pienso, mientras él me agarra el pelo y empuja suave.Pero no lo dejo acabar. Me quito la tanga, empapada ya, y me siento en su cara. Su lengua ataca mi clítoris como un pistón, chupando, lamiendo mis labios hinchados. Huele a mi excitación, dulce y salada, y yo me muevo, cabalgándolo, mis jugos corriéndole por la barba.
La noche es testigo: grillos cantando, viento fresco en mi piel arrebolada, el olor a tierra húmeda y sexo. Grito cuando me corro la primera vez, temblando, mis muslos apretándole la cabeza. Él no para, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos justo ahí, en el punto que me hace ver estrellas.
Ahora sí, me monto en su verga. La siento abriéndome, llenándome hasta el fondo. ¡Ay, cabrón! Es enorme, estirándome delicioso. Empiezo a cabalgar despacio, sintiendo cada vena rozando mis paredes, el roce en mi G. Sus manos en mis tetas, pellizcando pezones duros como piedras. Acelero, rebotando, piel contra piel chapoteando, sudor goteando entre nosotros.
—Más duro, wey, cógeme como si fuera tu moto —le exijo, y él obedece, embistiéndome desde abajo, sus caderas chocando contra mi culo con palmadas sonoras.
El clímax nos pega como un derrape en curva. Yo primero, contrayéndome alrededor de él, ordeñándolo, chorros calientes mojándonos. Él ruge, clavándome los dedos en las caderas, y se vacía dentro, semen espeso llenándome, goteando por mis muslos. Nos quedamos así, jadeando, cuerpos pegajosos, el corazón latiendo al unísono con el eco lejano de motores.
Después, recostados en la manta, fumando un cigarro compartido, miro las estrellas. Su cabeza en mi panza, su mano trazando círculos en mi muslo. —Mi pasion por las motos siempre me trae lo mejor —le digo, riendo bajito.
—Y la mía por chavas como tú —responde, besándome el ombligo.
Regresamos al evento al amanecer, motos rugiendo en armonía. No sé si lo volveré a ver, pero esa noche queda grabada en mi piel como un tatuaje fresco. El rush de la velocidad, el calor de su cuerpo, el sabor de la libertad. Chido, ¿verdad? Vivo para esto.