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Pasión Significado Etimológico al Desnudo

6998 palabras

Pasión Significado Etimológico al Desnudo

En el bullicio de la Roma Norte, entras a esa librería chida que huele a papel viejo y café recién molido. El aroma te envuelve como un abrazo cálido, mientras tus ojos recorren los estantes repletos de tomos polvorientos. Ahí la ves, detrás del mostrador: Carla, con su piel morena brillando bajo la luz tenue, el cabello negro cayéndole en ondas salvajes sobre los hombros. Lleva una blusa ajustada que marca sus curvas generosas, y unos jeans que abrazan sus caderas como un amante posesivo. Te mira con ojos cafés intensos, y sientes un cosquilleo en el estómago, como si el aire se cargara de electricidad.

Órale, wey, esta morra es fuego puro, piensas, mientras te acercas con un libro de etimologías en la mano. Le preguntas por el significado de palabras antiguas, y ella sonríe, esa sonrisa pícara que promete más que letras en una página.

Qué chido este carnal, con esa mirada que me recorre como si ya me estuviera desnudando. Neta, hace tiempo que no siento esta chispa.

—El pasión significado etimológico es fascinante —dice ella, inclinándose sobre el mostrador para que su perfume de jazmín y vainilla te golpee directo en las fosas nasales—. Viene del latín passio, que quiere decir sufrimiento, padecer. Pasión es eso que duele rico, que te quema por dentro hasta que explotas.

Sus palabras te erizan la piel. Imaginas ese sufrimiento en sus labios carnosos, en la curva de su cuello. Hablan un rato, riendo de tonterías, pero el aire se espesa con cada mirada. Sus dedos rozan los tuyos al pasarte el libro, y sientes el calor de su tacto, suave pero firme, como una promesa. ¿Te late ir por un café? O algo más fuerte, sugieres, y ella asiente, mordiéndose el labio inferior.

Salen a la calle, donde el sol de la tarde besa las banquetas empedradas. Caminan hasta su depa en un edificio viejo pero coqueto, con balcones llenos de buganvilias rojas. Adentro, el lugar es un nido sensual: velas aromáticas, cojines mullidos en el sofá, y una botella de mezcal abierta en la mesa. El olor a humo dulce y madera te invade, mientras ella cierra la puerta con un clic que suena a invitación.

Se sientan cerca, demasiado cerca. Sus rodillas se tocan, y el roce envía ondas de calor por tus muslos. Hablan de nuevo de pasión, pero ahora sus voces son roncas, cargadas de algo primal. —Pasión significado etimológico —susurra ella, trazando un dedo por tu brazo—, es el sufrimiento del deseo que no se sacia. Como ahora, que te miro y siento que me arde el cuerpo.

Te inclinas, y sus labios encuentran los tuyos en un beso que sabe a mezcal ahumado y miel. Su lengua explora tu boca con hambre, suave y demandante a la vez. Sientes el sabor salado de su piel cuando bajas a su cuello, lamiendo el sudor que perla ahí por el calor de la habitación. Ella gime bajito, un sonido gutural que vibra en tu pecho: ¡Ay, wey, qué rico!

Tus manos recorren su espalda, sintiendo los músculos tensarse bajo la blusa. La desabrochas despacio, botón por botón, revelando la piel dorada de sus pechos, coronados por pezones oscuros que se endurecen al aire. Los acaricias con las yemas, y ella arquea la espalda, presionando contra ti. El olor de su excitación sube, almizclado y dulce, mezclándose con el jazmín de su perfume. Te late mi cuerpo, ¿verdad, carnal? pregunta, con voz entrecortada.

La recuestas en el sofá, y tus labios bajan por su vientre, saboreando la sal de su ombligo. Ella se retuerce, sus uñas clavándose en tus hombros con un dolor placentero que encaja perfecto con esa etimología: sufrimiento exquisito. Le quitas los jeans, y sus bragas de encaje negro están húmedas, pegadas a su sexo hinchado. Las deslizas, inhalando profundo ese aroma íntimo que te marea de lujuria.

Neta, este wey me va a volver loca. Siento su aliento caliente ahí abajo, y ya estoy chorreando. Qué chingón es este juego de palabras y cuerpos.

Tu lengua la toca primero suave, lamiendo los pliegues resbalosos, probando su néctar agrio-dulce. Ella jadea, ¡Órale, no pares, pendejo!, riendo entre gemidos. Chupas su clítoris, hinchado y sensible, mientras tus dedos entran en ella, curvándose para rozar ese punto que la hace gritar. Su interior es caliente, apretado, palpitando alrededor de ti. Sientes sus paredes contraerse, el pulso acelerado como un tambor tlacualpani.

Pero no la dejas venir aún. Quieres alargar el sufrimiento, esa pasión etimológica. Te quitas la ropa, y ella te mira con ojos vidriosos, devorándote. Tu verga está dura como piedra, latiendo al ritmo de tu corazón desbocado. Ella la agarra, piel contra piel, el calor de su palma casi quema. La acaricia despacio, el pulgar en la punta húmeda, y gime al probarte con la lengua, saboreando el precum salado.

—Ven, métemela ya —suplica, abriendo las piernas. Te posicionas, la punta rozando su entrada resbaladiza. Entras lento, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te envuelve, apretándote como un guante de terciopelo húmedo. El sonido de vuestros cuerpos uniéndose es obsceno, húmedo, acompañado de sus ¡Sí, cabrón, así! y tus gruñidos roncos.

Empiezas a moverte, primero suave, saboreando cada embestida que hace rebotar sus pechos. El sudor nos cubre, goteando, mezclando nuestros olores en una nube espesa. Sus caderas suben al encuentro, clavándose en ti, el roce de su pubis contra tu pelvis enviando chispas. Aceleras, el sofá cruje bajo nosotros, el aire lleno de jadeos y carne chocando. Sientes sus uñas en tu espalda, el dolor agudo que aviva el fuego.

La volteas, de perrito, admirando su culo redondo, perfecto. Entras de nuevo, profundo, golpeando ese ángulo que la hace aullar. Tus bolas palmotean contra su clítoris, y ella tiembla, ¡Me vengo, wey, no pares! Su orgasmo la sacude, paredes apretándote como un vicio, ordeñándote. Ese sufrimiento compartido te lleva al borde.

Te sales, y ella se gira, arrodillándose. Su boca te engulle, chupando con avidez, lengua girando. Explotas en su garganta, chorros calientes que ella traga con gemidos, el exceso goteando por su barbilla. El mundo se reduce a ese pulso, al sabor de ella en tu piel, al eco de sus suspiros.

Caen exhaustos en el sofá, cuerpos entrelazados, piel pegajosa y cálida. El mezcal olvidado, el aire quieto salvo por respiraciones entrecortadas. Ella acaricia tu pecho, trazando círculos perezosos.

—Ves, pasión significado etimológico —murmura, besándote la sien—. Ese padecer que nos une, que nos hace sentir vivos.

Tú asientes, el corazón aún galopando, sabiendo que este fuego no se apaga fácil. Afuera, la ciudad murmura, pero aquí dentro, en este afterglow dulce, todo es paz ardiente, un eco de sufrimiento convertido en éxtasis eterno.

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