Musica de Johann Sebastian Bach Pasion Segun San Mateo en Cuerpos Entrelazados
Estaba sentada en la sala del Palacio de Bellas Artes, el aire cargado de ese olor a madera pulida y velas de cera que siempre me ponía la piel de gallina. La CDMX bullía afuera, pero adentro todo era quietud sagrada, como si el mundo se hubiera detenido para esta noche. Mi carnal, Javier, me tomaba la mano, sus dedos ásperos de tanto trabajar en la construcción, pero con esa ternura que me derretía. Chingado, qué guapo se ve con esa camisa blanca, pensé, mientras el director levantaba la batuta.
De pronto, los coros estallaron: música de Johann Sebastian Bach, Pasión según San Mateo. Las voces graves de los bajos retumbaban en mi pecho como un latido ajeno, los violines sollozaban agudos que me erizaban los vellos de los brazos. Olía a perfume caro de las señoras de enfrente, mezclado con el sudor leve de Javier a mi lado. Sentí su aliento caliente en mi oreja cuando se inclinó: "Nena, esta rola me pone". Reí bajito, mordiéndome el labio, porque yo ya traía la calentura desde que salimos de la casa en Polanco.
La pasión de Cristo narrada en notas, pero en mi cabeza se transformaba en otra pasión, la nuestra. Los tenores cantaban de traición y sufrimiento, y yo imaginaba las manos de Javier traicionando mi blusa, deslizándose por mi espalda. Mi piel ardía bajo el vestido negro ajustado, el roce de la tela contra mis pezones ya duros como piedritas.
¿Por qué esta música me moja tanto? Es como si Bach supiera de mis pecados, me dije, apretando las piernas. Javier notó mi movimiento, su pulgar acariciando mi palma en círculos lentos, prometiendo más.
El primer acto terminó con un coro ensordecedor, aplausos que me sacaron del trance. En el intermedio, nos escabullimos al pasillo, lejos de las luces. Javier me arrinconó contra una columna fría, su boca devorando la mía. Sabía a tequila del trago antes de entrar, dulce y picante. Sus manos subieron por mis muslos, rozando el encaje de mis calzones. "Estás empapada, mi amor", murmuró, y yo gemí bajito, el corazón latiéndome en la garganta. Pero volvimos a nuestros asientos, la tensión como un resorte apretado.
La segunda parte empezó más intensa, los recitativos de Jesús clavándome en el asiento. Javier deslizó su mano por mi rodilla, subiendo despacio, centímetro a centímetro, mientras los oboes lloraban. Sentí sus dedos rozar mi entrepierna, presionando suave sobre la tela húmeda. Me vale madres el concierto, pensé, pero no lo detuve. Al contrario, abrí un poco las piernas, invitándolo. El aroma de mi propia excitación se mezclaba con el incienso imaginario de la música, mi respiración entrecortada ahogada por los coros.
Salimos antes del final, incapaces de aguantar. En el coche, rumbo al depa en la Roma, puse el Spotify con la música de Johann Sebastian Bach, Pasión según San Mateo sonando bajito. Javier manejaba con una mano, la otra en mi pecho, pellizcando el pezón por encima del vestido. " Eres una pinche diosa", dijo, y yo me reí, arqueándome contra su palma. El tráfico de la noche capitalina nos rodeaba, luces de autos parpadeando como flashes, pero dentro del Vocho todo era fuego.
Llegamos al depa, la puerta se cerró con un golpe seco. Javier me levantó en brazos, mis piernas alrededor de su cintura, besándonos como animales. Olía a su colonia barata mezclada con sudor masculino, ese olor que me volvía loca. Me tiró en la cama king size, las sábanas frescas contra mi espalda ardiente. Se quitó la camisa, mostrando ese pecho moreno y musculoso de tanto cargar varillas. "Quítate todo, nena", ordenó juguetón, y yo obedecí, deslizando el vestido por mis caderas, quedando en calzones negros y nada más.
La música seguía, ahora los coros graves llenando la habitación, vibrando en las paredes. Javier se arrodilló entre mis piernas, besando mi ombligo, bajando lento. Sentí su barba raspando mis muslos internos, un cosquilleo delicioso. "Te voy a comer viva", prometió, y su lengua separó mis labios, lamiendo despacio, saboreando mi miel. Gemí fuerte, mis manos enredadas en su pelo negro, el sabor salado de mi propia piel cuando me chupé los dedos. Los violines sollozaban en el fondo, matching mi respiración agitada, el olor a sexo empezando a impregnar el aire.
Esto es mejor que cualquier iglesia, Bach bendiciendo mi concha, pensé, mientras él metía un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, ese punto que me hacía ver estrellas. Me retorcía, las caderas subiendo solas, persiguiendo su boca. "Más, cabrón, no pares", suplicó mi voz ronca, y él aceleró, chupando mi clítoris hinchado, el sonido húmedo mezclándose con la Pasión.
Lo jalé arriba, desesperada por sentirlo dentro. Javier se quitó los pantalones, su verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando ya. La tomé en la mano, piel caliente y suave como terciopelo sobre hierro, masturbándolo lento mientras él jadeaba. "Te necesito ya", dije, guiándolo a mi entrada. Entró de un empujón suave, llenándome hasta el fondo, ese estirón perfecto que duele rico. Empezamos a movernos, lento al principio, siguiendo el ritmo de la música: coros lentos, embestidas profundas.
Sus manos en mis tetas, amasándolas, pellizcando pezones que mandaban chispas directo a mi centro. Sudábamos, piel resbalosa chocando, el slap slap de carne contra carne ahogando los cantos. Olía a nosotros, almizcle puro, y el cuarto se llenaba de gemidos. Javier aceleró, sus ojos clavados en los míos, "Eres mía, toda mía". Yo clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas, el dolor avivando su fuego.
La música llegó al clímax, el coro final estallando en éxtasis, y nosotros con él. Sentí la ola subir, mi concha apretándolo como un puño, explotando en temblores que me dejaban muda. Javier gruñó, hundiéndose profundo, su leche caliente llenándome, pulsos y pulsos. Colapsamos, jadeando, la música fading out en aplausos grabados.
Después, enredados en las sábanas revueltas, su cabeza en mi pecho, el corazón latiéndole aún rápido contra mi piel. Besé su frente sudada, oliendo a sal y hombre. "La mejor Pasión de mi vida", murmuró, y yo sonreí, acariciando su pelo. Afuera, la ciudad seguía su ritmo loco, pero nosotros en nuestra burbuja, satisfechos, conectados más que nunca. Bach había tejido nuestra propia pasión según San Mateo, carnal y eterna.