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Pasion Por Mexico En Carne Viva

6440 palabras

Pasion Por Mexico En Carne Viva

Tú bajas del avión en Cancún y el aire caliente te envuelve como un abrazo pegajoso, cargado de sal marina y flores tropicales. El sol besa tu piel morena mientras arrastras tu maleta hacia el taxi, sintiendo ya esa pasión por México que te ha traído aquí, un fuego que late en tu pecho desde que eras chava y veías fotos de playas infinitas. No eres turista cualquiera; eres Ana, una mexicana de veintiocho que vive en Estados Unidos pero que regresa a su tierra por un mes de vacaciones, lista para reconectar con sus raíces de la manera más carnal posible.

El chofer, un tipo cuarentón con bigote espeso, te guiña el ojo por el retrovisor.

"¿Primera vez en la Riviera, mija? Aquí el calor no solo es del sol, ¿eh?"
Tú ríes, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Neta, México siempre me despierta algo salvaje, piensas, mientras el paisaje pasa: palmeras altas, arena blanca y el mar Caribe turquesa que brilla como joya robada.

Llegas al hotel en Playa del Carmen, un paraíso boutique con piscina infinita y cabañas frente al mar. Te cambias a un bikini rojo que resalta tus curvas generosas, pechos firmes y caderas anchas que han hecho girar cabezas toda tu vida. Sales a la playa, el sol del mediodía calienta tu piel aceitada, y el sonido de las olas rompiendo te relaja los músculos. Pides un coco fresco en la palapa bar, y ahí lo ves: Diego, el mesero, alto, moreno, con músculos definidos de tanto cargar bandejas y surfear. Sus ojos negros te recorren sin disimulo, y su sonrisa blanca destella. Órale, qué chingón, murmuras para ti.

Él se acerca, trayendo tu bebida con un movimiento fluido.

"Para la reina de la playa. ¿Qué te trae por acá, carnala?"
Su voz grave vibra en tu piel, oliendo a mar y a sudor limpio. Hablan: tú le cuentas de tu vida en gringolandia, él de su amor por las olas y las noches locas en la Quinta Avenida. Hay química inmediata, esa tensión eléctrica que hace que tus pezones se endurezcan bajo la tela fina. Quiero sentirlo ya, piensas, pero dejas que el juego fluya. Le das propina generosa, rozas su mano, y él te invita a una fiesta esa noche en la playa.
"No te pierdas, Ana. México te va a morder el alma."

La noche cae como manto negro salpicado de estrellas. Te pones un vestido ligero de tirantes, sin bra, que deja ver el contorno de tus senos con cada brisa. Caminas por la arena tibia, el ritmo de la cumbia rebajada retumba desde altavoces improvisados. Fogata crepitante ilumina cuerpos bailando, olor a pescado asado y tequila ahumado impregna el aire. Diego te espera con dos shots de reposado.

"¡Por la pasión por México, que nos quema por dentro!"
Chocan vasos, el líquido quema tu garganta, y el mundo se tiñe de dorado.

Bailan pegados, su cuerpo duro contra el tuyo, manos en tu cintura mientras tus caderas giran al son del bajo. Sientes su verga semierecta presionando tu vientre, y un jadeo escapa de tus labios. Qué rico se siente esto, neta. Sus labios rozan tu oreja:

"Eres fuego, Ana. Me estás volviendo loco."
Tú respondes mordiendo su lóbulo, susurrando
"Muéstrame entonces qué tan caliente es México contigo."
La tensión crece; besos robados detrás de la fogata, lenguas enredadas con sabor a tequila y sal, manos explorando bajo el vestido. Tus bragas se humedecen, el pulso entre tus piernas late fuerte.

Él te lleva a su cabaña cercana, una choza rústica con hamaca y cama king frente al mar abierto. La puerta se cierra con clic suave, y la luna filtra luz plateada. Se desnudan lento, reverentes: tú deslizas el vestido, revelando senos pesados con pezones oscuros erectos; él se quita la camisa, mostrando abdomen marcado y vello negro que baja a su verga gruesa, venosa, ya tiesa como palo. Quiero devorarlo, piensas, el olor de su piel masculina te marea de deseo.

Diego te empuja suave a la cama, sus labios recorren tu cuello, chupando suave hasta dejarte marcas rojas. Gimes cuando su boca captura un pezón, lengua girando, dientes rozando. Tus manos enredan en su pelo negro, tirando. Baja más, besos húmedos por tu vientre, inhalando tu aroma almizclado de excitación.

"Qué panocha tan rica, Ana. Hueles a paraíso."
Separa tus muslos con manos callosas, lengua plana lamiendo tu clítoris hinchado. Sientes cada roce como rayo: chupadas lentas, dedos curvándose dentro de ti, tocando ese punto que te hace arquear la espalda. El sonido de su succión obscena mezcla con tus gemidos, ¡chinga, no pares! Tus jugos lo cubren, caderas moviéndose contra su cara barbuda.

Pero no quieres solo recibir. Lo volteas, cabalgando su pecho, besando su torso salado. Tu boca envuelve su verga: cabezona morada palpitando, sabor salado y venoso. La chupas profundo, garganta relajada, manos masajeando bolas pesadas. Él gruñe,

"¡Puta madre, qué buena mamada, güey!"
juguetón, pero su voz ronca de placer. Lo montas entonces, guiando su pija a tu entrada resbalosa. Bajas lento, centímetro a centímetro, sintiendo el estiramiento delicioso, venas frotando tus paredes internas. Esto es México en mi carne, pura pasión viva.

Cabalgas con furia, senos rebotando, sudor perlando vuestros cuerpos. Él te agarra las nalgas, azotando suave,

"¡Muévete así, mi reina! ¡Qué chingona eres!"
Cambian: él arriba, embistiendo profundo, pelvis chocando con palmadas húmedas. Tus uñas marcan su espalda, piernas envueltas en su cintura. El clímax se acerca: tensión en tu bajo vientre, pulso acelerado, jadeos sincronizados. Ven conmigo, piensas, y explotas: contracciones milking su verga, grito ahogado contra su hombro, olas de placer cegador. Él se corre segundos después, chorros calientes llenándote, gruñendo tu nombre.

Caen exhaustos, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor y fluidos. El mar susurra afuera, brisa fresca secando el calor. Diego te besa la frente,

"Eso fue la verdadera pasión por México, Ana. Te quedas más días, ¿verdad?"
Tú sonríes, mano en su pecho latiendo fuerte. Sí, aquí encontré mi fuego. Duermen así, con la promesa de más noches ardientes, México latiendo en sus venas compartidas.

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