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La Pasion de Nuestro Senor Jesucristo Desatada

6483 palabras

La Pasion de Nuestro Senor Jesucristo Desatada

Tú llegas al atrio de la iglesia en el corazón de tu pueblo en Jalisco, el sol de la tarde derramándose como miel caliente sobre las piedras antiguas. El aire huele a copal quemándose y a flores de cempasúchil que adornan el altar para los ensayos de la Pasión. Eres María Magdalena en esta obra de Semana Santa, una chava de veinticinco años con curvas que el hábito no puede esconder del todo, y sientes el cosquilleo de la anticipación cada vez que piensas en él: el güey que hace de Jesús, alto, moreno, con ojos que prometen pecados imperdonables.

El padre anuncia el inicio del ensayo, y tú te colocas en tu lugar, el vestido blanco rozando tu piel sudada por el calor bochornoso. Él entra, su túnica ceñida marcando los músculos de su pecho, y cuando sus ojos te encuentran, es como si un rayo te recorriera la espina dorsal. Chin güey, qué pendejo tan rico, piensas mientras él se acerca para la escena del ungüento.

—María, unge mis pies —dice en voz baja, su acento tapatío ronco y juguetón, solo para ti.

Tus manos tiemblan al verter el aceite imaginario, pero en lugar de eso, rozas sus tobillos con las yemas de los dedos, sintiendo el calor de su piel a través de la tela. Huele a jabón fresco mezclado con sudor masculino, un aroma que te hace mojar las bragas sin remedio. Él suspira, un sonido gutural que vibra en tu vientre, y tú levantas la vista, mordiéndote el labio.

Después del ensayo, todos se van dispersando, pero tú te quedas rezagada en el salón parroquial, sacando tu celular. Anoche bajaste la pasion de nuestro señor jesucristo pdf para estudiar las líneas, pero mientras lo abres, tus pensamientos divagan. Lees sobre el sufrimiento, la traición, pero en tu mente se transforma: su cuerpo atado, no a una cruz, sino a tus deseos.

¿Y si esta pasión no es de dolor, sino de puro placer?
Cierras el archivo, el corazón latiéndote como tambor de banda.

De repente, la puerta cruje. Es él, con la túnica a medio quitar, el pecho desnudo brillando bajo la luz mortecina.

—Ey, Magdalena, ¿todavía aquí? —pregunta, sonriendo con esa dentadura perfecta.

—Sí, güey, repasando la pasión —respondes, la voz temblorosa—. La pasion de nuestro señor jesucristo pdf me tiene loca.

Él se acerca, sentándose a tu lado en la banca dura. Su muslo roza el tuyo, y sientes el calor irradiando como fogata. Hablan de la obra, de cómo el pueblo se emociona con las representaciones, pero el aire se carga de electricidad. Sus dedos juguetean con el borde de tu hábito, trazando círculos en tu rodilla.

—Sabes, en la Pasión hay tanto sufrimiento... pero también entrega total —murmura, su aliento caliente en tu oreja.

Tú giras la cara, y sus labios capturan los tuyos en un beso que sabe a menta y a promesa prohibida. Es suave al principio, lenguas danzando tentativamente, pero pronto se vuelve feroz. Tus manos suben por su espalda, clavando uñas en la carne firme, mientras él te empuja contra la pared, el yeso fresco contrastando con su cuerpo ardiente.

Acto dos: la escalada. Salen a hurtadillas del salón, el viento nocturno trayendo olores de tierra mojada y jacarandas. Se meten en una salita detrás del altar, un lugar olvidado con velas apagadas y polvo de incienso. Él te arranca el hábito con urgencia consentida, tus pechos saltando libres, pezones endurecidos por el roce del aire.

Qué chingona estás, nena —gruñe, bajando la boca a un seno, chupando con hambre que te hace arquear la espalda. Sientes su lengua áspera, el tirón delicioso en tu clítoris sin que te toque aún. Tus dedos se enredan en su pelo negro, tirando, guiándolo.

Él se arrodilla, como en la escena de los pies, pero ahora es tu turno de ser adorada. Levanta tu falda, inhala profundo tu aroma almizclado de excitación. —Hueles a pecado puro —dice, y su lengua lame tu interior, saboreando el néctar que chorrea. Gimes alto, el sonido rebotando en las paredes sagradas, tus caderas moviéndose al ritmo de su boca experta. Virgen de Guadalupe, qué rico come este pendejo, piensas, las piernas temblando.

Pero no quieres solo recibir. Lo empujas al suelo, sobre una alfombra raída, y le bajas los pantalones. Su verga salta erecta, gruesa, venosa, con una gota perlada en la punta que lames despacio, saboreando la sal salada y masculina. Él gime tu nombre —no Magdalena, sino el tuyo real—, las caderas embistiéndote la boca. Chupas con ganas, la garganta acomodándose, bolas en tu mano apretando suave.

La tensión crece, interna y externa. Dudas un segundo:

¿Y si nos cachan? ¿Y si esto es demasiado blasfemo?
Pero él te lee la mente, sus ojos fieros: —Esto es nuestra pasión, consensual, nuestra. Déjate llevar, mi reina.

Te subes encima, frotando tu panocha húmeda contra su polla dura. Deslizas despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo te estira, llena, el placer quemando desde adentro. Cabalgas lento al inicio, pechos rebotando, sus manos amasando tu culo. El slap de piel contra piel, jadeos entrecortados, olor a sexo crudo mezclándose con el incienso residual.

Aceleran, tú clavando uñas en su pecho, él embistiendo desde abajo con fuerza controlada. Sientes el orgasmo construyéndose, una ola en tu vientre, pulsos en tu clítoris. —¡Córrete conmigo, cabrón! —gritas, y explotas, paredes contrayéndose alrededor de él, chorros de placer mojando todo. Él ruge, llenándote con chorros calientes, profundo, eterno.

Acto final: el afterglow. Colapsan juntos, sudorosos, entrelazados en el suelo fresco. Su corazón late contra tu oreja, un tambor que se calma. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El aire se enfría, trayendo paz.

—Eso fue mejor que cualquier pdf de pasión —ríes, trazando círculos en su piel.

—La verdadera Pasión es esta, entre adultos que se desean —responde él, besando tu frente.

Se visten despacio, risas cómplices, promesas de más ensayos privados. Sales a la noche estrellada, el pueblo dormido, pero tú sientes renacida, empoderada por este secreto compartido. La Pasión de Nuestro Señor Jesucristo cobra nuevo sentido: no solo sufrimiento, sino éxtasis consensual, pasión que libera el alma y el cuerpo. Y mientras caminas a casa, el eco de su gemido aún vibra en ti, un recordatorio delicioso de lo que vendrá.

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