Pasion Capitulo 4 Llamas Eternas
La noche en Polanco estaba cargada de ese calor pegajoso que hace que la piel se sienta viva, como si el aire mismo te acariciara con promesas. Ana caminaba por la avenida Presidente Masaryk, con el corazón latiéndole a mil por hora. Llevaba un vestido negro ajustado que se pegaba a sus curvas como una segunda piel, y cada paso hacía que sus tacones resonaran contra el pavimento, un clic-clac que anunciaba su llegada. Hacía semanas que no veía a Marco, ese wey que la volvía loca con solo una mirada. Su viaje de negocios a Monterrey la había dejado con un vacío que solo él podía llenar.
Entró al bar del hotel, un lugar chido con luces tenues y jazz suave flotando en el ambiente. El olor a tequila reposado y cigarros caros la envolvió de inmediato, mezclado con el perfume dulce de las flores tropicales en los jarrones. Lo vio de inmediato, sentado en la barra, con su camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar ese pecho moreno que ella adoraba lamer. Sus ojos se encontraron, y fue como si el mundo se detuviera.
Órale, Ana, contrólate. No le vayas a saltar encima aquí mismo, pensó ella, mientras una sonrisa pícara se le escapaba.
—Mi reina, murmuró él al abrazarla, su voz grave como un ronroneo que le erizó la piel del cuello. Sus manos grandes se posaron en su cintura, apretándola contra su cuerpo duro. Ana inhaló su aroma, esa mezcla de colonia cara y hombre sudado que la ponía en on fire. Se sentaron, pidieron unos margaritas con sal gruesa, y charlaron de todo y nada: del pinche tráfico de la ciudad, de la comida en el norte que no se comparaba con unos buenos tacos al pastor. Pero debajo de las palabras, la tensión crecía como una tormenta. Cada roce accidental de sus rodillas bajo la mesa enviaba chispas por su espina dorsal.
Marco la miró fijo, sus ojos oscuros devorándola. —Te extrañé, carnal. Estas semanas sin ti fueron un desmadre. —Ella rio bajito, sintiendo el calor subirle por el pecho. Qué rico se siente esto, pensó, mientras su mano se deslizaba por su muslo, subiendo despacito bajo la mesa. El bar parecía desvanecerse; solo existían ellos dos, el pulso acelerado de sus corazones y el deseo que ardía como chile habanero.
Salieron del bar tomados de la mano, el aire nocturno fresco contrastando con el fuego interno. Subieron al elevador del hotel, y apenas se cerraron las puertas, Marco la empujó contra la pared. Sus labios se estrellaron en los de ella, un beso hambriento, con lengua explorando cada rincón de su boca. Saboreaba a sal y tequila, y el gemido que escapó de su garganta fue música para sus oídos. Esto es pasion capitulo 4, pensó Ana, recordando cómo habían empezado esto hace meses: un encuentro casual que se convirtió en esta adicción mutua.
En la habitación, suite con vista a la ciudad iluminada, Marco la desvistió con calma, como si quisiera saborear cada segundo. El vestido cayó al suelo con un susurro de tela, dejando su cuerpo expuesto al aire acondicionado que erizaba sus pezones. Él se arrodilló, besando su ombligo, bajando por su vientre plano hasta llegar a ese lugar húmedo que palpitaba por él. —Estás cañón, Ana —gruñó, su aliento caliente contra su piel. Ella enredó los dedos en su cabello negro, tirando suave mientras él lamía despacio, saboreándola como si fuera el mejor postre del mundo. El sabor salado de su excitación lo volvía loco, y los sonidos húmedos de su lengua contra ella llenaban la habitación, mezclados con sus jadeos.
No pares, wey, me estás matando de gusto, suplicaba en su mente, mientras las olas de placer la recorrían. Marco levantó la vista, sus labios brillosos, y sonrió esa sonrisa traviesa que la desarmaba. La cargó hasta la cama king size, con sábanas de algodón egipcio que olían a lavanda fresca. Se quitó la camisa, revelando músculos definidos por horas en el gym, y ella no pudo resistir: lo jaló hacia sí, lamiendo su pecho, mordisqueando sus pezones duros. El sabor salado de su sudor era adictivo, y el olor almizclado de su arousal la mareaba.
Se tumbaron, cuerpos entrelazados, piel contra piel resbalosa por el sudor. Marco exploraba cada curva con manos expertas: apretaba sus nalgas firmes, pellizcaba suave sus senos plenos, haciendo que ella arqueara la espalda. —Dime qué quieres, mi amor —susurró al oído, su voz ronca enviando vibraciones por todo su cuerpo. —Te quiero dentro, ya —gimió ella, guiando su mano endurecida hacia su entrada húmeda. Él se posicionó, frotándose contra ella, lubricándola con sus jugos, prolongando la tortura deliciosa. El roce era eléctrico, cada movimiento haciendo que sus pulsos se aceleraran al unísono.
Entró despacio, centímetro a centímetro, llenándola por completo. Ana gritó de placer, sintiendo cómo la estiraba, cómo tocaba ese punto profundo que la hacía ver estrellas. Qué chingón se siente, pensó, mientras él empezaba a moverse, un ritmo lento al principio, como olas del Pacífico rompiendo en la playa. El sonido de carne contra carne, plaf-plaf, se mezclaba con sus respiraciones agitadas y gemidos guturales. Sudor goteaba de su frente al pecho de ella, salado al lamerlo. Olía a sexo puro, a deseo desatado, con toques de su perfume y el suyo.
La tensión subía, sus cuerpos sincronizados en una danza ancestral. Marco aceleró, embistiéndola con fuerza, sus caderas chocando contra las de ella. Ana clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas que mañana dolerían rico.
Más fuerte, pendejo, hazme tuya, rogaba internamente, y él obedecía, como si leyera su mente. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo como amazona, sus senos rebotando con cada salto. Él los tomaba, amasándolos, pellizcando pezones que enviaban descargas directas a su clítoris hinchado. La vista de su rostro extasiado, ojos entrecerrados, la ponía al borde.
El clímax se acercaba como un tren de carga. Ana sintió el nudo en su vientre apretarse, sus músculos internos contrayéndose alrededor de él. —¡Me vengo! —gritó, y el orgasmo la sacudió como terremoto, olas de placer puro explotando desde su centro hacia cada nervio. Marco la siguió segundos después, gruñendo su nombre mientras se vaciaba dentro de ella, pulsos calientes llenándola. Colapsaron juntos, jadeantes, cuerpos temblorosos envueltos en el olor almizclado del sexo y el sudor.
En el afterglow, se quedaron abrazados, el corazón de él latiendo contra su oreja como tambor. La ciudad brillaba afuera, pero dentro solo había paz. Marco besó su frente, suave. —Esto fue increíble, como el capitulo 4 de nuestra pasion. No puedo esperar al 5. —Ana sonrió, trazando círculos en su pecho con la uña. Sí, wey, esto es lo que necesitaba, pensó, sintiendo una calidez profunda que iba más allá del cuerpo. Se durmieron así, enredados, con la promesa de más noches como esta, en este México de pasiones eternas.
Despertaron con el sol filtrándose por las cortinas, cuerpos pegajosos pero satisfechos. Ana se estiró, sintiendo el delicioso dolor entre las piernas, recordatorio de la noche anterior. Marco preparó café de olla en la máquina del hotel, con ese aroma canela y piloncillo que gritaba hogar. Se lo tomaron en la terraza, hablando de planes: una escapada a Puerto Vallarta, tal vez, o solo más noches como esta en la ciudad. No había prisas, solo la certeza de que su conexión era real, profunda, empoderadora.
Al despedirse en la puerta, con un beso lento que prometía continuación, Ana sintió que flotaba. Caminó hacia su carro, el sol calentando su piel, y sonrió para sí. Pasion capitulo 4 había sido perfecto, un capítulo que sellaba su lazo. Y el siguiente... ay, el siguiente sería épico.