Abismo de Pasion Capitulo 149
La noche en Guadalajara caía como un manto caliente y pegajoso, con ese aroma a jazmín y tierra húmeda que solo se siente después de una lluvia ligera. Yo, Rosa, estaba recostada en la cama king size de mi suite en la villa, con las sábanas de algodón egipcio rozando mi piel desnuda. El ventilador del techo giraba perezoso, mandando corrientes de aire fresco que erizaban mis pezones. Hacía semanas que no veía a Alejandro, mi amor secreto, el hombre que me hacía caer en el abismo de pasion una y otra vez. Este era nuestro capitulo 149, como lo llamábamos en broma, porque cada encuentro se sentía como el siguiente tomo de una novela prohibida, llena de fuego y susurros.
Escuché el motor de su camioneta Mustang rugir en la entrada privada. Mi corazón latió fuerte, como tamborazo zacatecano en fiesta. Me levanté de un salto, mis pies descalzos pisando el piso de mármol fresco. Me miré en el espejo de cuerpo entero: mi cabello negro suelto cayendo en ondas hasta la cintura, mis curvas mexicanas al natural, sin nada que las cubriera. Neta, Rosa, estás para comerte viva, me dije, pasando las manos por mis senos llenos, sintiendo el calor subir desde mi vientre.
La puerta se abrió con un clic suave. Ahí estaba él, Alejandro, con su camisa guayabera desabotonada hasta el pecho, mostrando ese vello oscuro que tanto me gustaba lamer. Sus ojos cafés me devoraron de arriba abajo, y una sonrisa pícara se dibujó en su cara morena. ¡Órale, carnala! ¿Me extrañaste? dijo con esa voz ronca que me ponía la piel de gallina.
—Más que a unas enchiladas suizas en domingo —le contesté, acercándome con caderas balanceándose. El olor de su colonia, esa mezcla de sándalo y limón mexicano, me invadió las fosas nasales, haciendo que mi boca se hiciera agua.
Nos abrazamos fuerte, su cuerpo duro contra el mío suave. Sentí su verga ya semi-dura presionando mi muslo, y un gemido se me escapó. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretando mis nalgas con esa posesión juguetona que me volvía loca.
Eres un pendejo por tardar tanto, pero qué rico hueles, cabrón, pensé mientras lo besaba, nuestras lenguas enredándose como serpientes en celo. Saboreé el tequila en su boca, dulce y ardiente, y el leve salado de su sudor fresco.
Acto uno: la chispa. Nos separamos solo para que él se quitara la camisa, revelando sus abdominales marcados por horas en el gym y partidos de fut en el club. Yo lo empujé al sillón de cuero, sentándome a horcajadas sobre él. Mis tetas rozaban su pecho, y él las tomó con avidez, chupando un pezón mientras gemía mami. El sonido de su succión, húmedo y obsceno, llenaba la habitación, mezclado con mi respiración agitada. Mis caderas se movían solas, frotándome contra la protuberancia de sus jeans. Ya estoy mojadísima, neta, sentía el calor líquido entre mis piernas, oliendo a deseo puro.
—Quítate eso, wey —le ordené, jalando su cinturón. Él rio bajito, ese sonido grave que vibraba en mi clítoris. Sus jeans cayeron, y su verga saltó libre, gruesa y venosa, con la cabeza brillante de pre-semen. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso acelerado bajo la piel aterciopelada. Caliente como tamal recién salido del vapor.
Nos mudamos a la cama, donde el aire se cargó de promesas. Él me recostó con gentileza, besando mi cuello, mordisqueando la oreja. Te voy a hacer gritar mi nombre toda la noche, murmuró. Yo arqueé la espalda, mis uñas clavándose en sus hombros musculosos. Sus dedos exploraron mi panocha, separando los labios hinchados, encontrando mi clítoris palpitante. Un dedo, dos, entraron despacio, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas. El sonido era delicioso: chapoteos suaves, mis jugos lubricando todo.
Acto dos: la escalada. La tensión crecía como tormenta en el volcán. Yo quería más, lo volteé y me puse encima, mi boca bajando por su torso. Lamí sus pezones duros, mordí suave su vientre plano, hasta llegar a su verga. La engullí entera, sintiendo cómo se hinchaba en mi garganta. Él gruñó, ¡Chin chong, qué mamada tan chingona!, sus caderas empujando. Sabía a hombre puro, salado y almizclado, con ese toque de sudor que me enloquecía. Lo chupé con hambre, mis labios estirados, lengua girando alrededor de la cabeza sensible.
No aguanto más, Rosa, ven acá, jadeó él, jalándome arriba. Me posicioné, frotando mi entrada húmeda contra su punta. Bajé despacio, centímetro a centímetro, sintiendo cómo me llenaba, estirándome deliciosamente. ¡Ay, Diosito! Tan grueso, tan perfecto. Empecé a cabalgar, lento al principio, mis senos rebotando con cada movimiento. Él los atrapaba, pellizcando pezones, enviando descargas eléctricas directo a mi centro.
El ritmo aumentó. Sudor perlando nuestras pieles, oliendo a sexo crudo y pasión desbocada. Sus manos en mis caderas guiaban, profundizando cada embestida. Yo giraba, apretando mis paredes internas alrededor de él, oyendo sus gemidos roncos: ¡Sí, mija, apriétame así! Eres mi reina del abismo. El slap-slap de carne contra carne, mis jugos chorreando por sus bolas, el colchón crujiendo bajo nosotros. Mi clítoris rozaba su pubis, acumulando placer en espiral.
Inner struggle: por un segundo, dudé. ¿Y si alguien nos descubre? Somos amantes, no esposos, pero qué chingados, esto es nuestro. Sacudí la cabeza, enfocándome en el fuego. Él lo notó, volteándome de lado para mirarme a los ojos. Te amo, Rosa, en este abismo de pasion capitulo 149 y todos los que sigan. Sus palabras me derritieron, y lo besé feroz, piernas enredadas.
Cambié de posición, de rodillas, él detrás. Sus manos abrieron mis nalgas, escupiendo saliva para lubricar. Entró de nuevo, profundo, golpeando mi cervix con placer punzante. Una mano bajó a mi clítoris, frotando círculos rápidos. ¡Ven, córrete conmigo! ordenó. El orgasmo me golpeó como volcán erupcionando: olas de éxtasis desde el útero, piernas temblando, grito ahogado en la almohada. Sentí su verga palpitar, chorros calientes llenándome, su semen mezclándose con mis jugos, goteando por mis muslos.
Acto tres: el resplandor. Colapsamos, jadeantes, cuerpos pegajosos. Él me abrazó por detrás, su pecho contra mi espalda, besando mi nuca húmeda. El aire olía a sexo satisfecho, semen y sudor dulce. Mi piel hormigueaba, pulsos calmándose poco a poco. Qué chido fue este capitulo, susurró, riendo suave.
Nos quedamos así, escuchando el zumbido del ventilador y nuestros corazones sincronizados. Reflexioné en silencio: Alejandro no era solo un polvo; era mi ancla en este mundo loco de Guadalajara, con sus fiestas eternas y secretos bien guardados.
En el abismo de pasion, no hay fondo, solo más deseo. Y yo quiero hundirme para siempre. Él me apretó más, como leyendo mis pensamientos.
La luna testigo se asomaba por la ventana, iluminando nuestras siluetas entrelazadas. Mañana volvería la rutina, pero esta noche, en nuestro capitulo 149, éramos dioses del placer. Satisfechos, completos, listos para el próximo abismo.