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Diario de una Pasión Escena de Amor

6517 palabras

Diario de una Pasión Escena de Amor

15 de octubre

Hoy neta que no aguanto más esta hambre que me carcome por dentro. Todo empezó hace un mes en esa peda en la Condesa, donde conocí a Marco. Ese wey con su sonrisa pícara y esos ojos cafés que te clavan como si ya supieran todos tus secretos. Desde esa noche, no dejo de pensar en él. Su olor a colonia fresca mezclada con el sudor de la pista de baile me persigue en sueños. Y ahora, por fin, viene a mi depa en Polanco. El corazón me late a mil, como tamborazo zacatecano en las venas.

Me miro en el espejo del baño, el vapor del agua caliente aún empañando el vidrio. Me puse ese vestido negro ajustado que resalta mis curvas, el que hace que mis chichis se vean perfectas.

¿Y si no le gusto? No mames, Ana, eres una chingona, él te busca como loco.
Sacudo la cabeza, rocío un poco de perfume en el cuello, ese jazmín dulce que invita a morder. Abajo, el bullicio de la avenida: cláxones, risas de los transeúntes, el aroma tentador de tacos al pastor flotando desde la esquina. Todo vibra con la vida de la ciudad, pero aquí arriba, en mi mundo, solo existe la espera.

El timbre suena y mi piel se eriza. Abro la puerta y ahí está, con una botella de mezcal en la mano y esa camiseta blanca que deja ver los músculos de sus brazos. "¡Hola, preciosa!", dice con voz ronca, y me jala para un beso que sabe a tequila y promesas. Sus labios carnosos presionan los míos, su lengua explorando con urgencia, mientras sus manos bajan por mi espalda hasta apretar mi culo. Chingado, qué bien se siente su calor contra mí.

La tensión crece

Nos sentamos en el sofá de cuero negro, el mezcal corre por nuestras gargantas quemando dulce. Hablamos de pendejadas: del tráfico infernal, de esa banda que vimos en vivo la semana pasada, pero nuestros ojos dicen otra cosa. Sus dedos rozan mi muslo desnudo, subiendo despacio, y yo siento un cosquilleo eléctrico que me moja entre las piernas.

Quiere esto tanto como yo, lo veo en cómo se le acelera la respiración, en cómo su verga ya marca en los jeans.

"¿Sabes qué, Ana? Desde que te vi, neta que no pienso en nada más", murmura, su aliento caliente en mi oreja. Lo empujo suave contra el respaldo y me monto a horcajadas sobre él, sintiendo su dureza presionando mi panocha a través de la tela. Nuestros besos se vuelven salvajes, mordidas en el cuello que dejan marcas rojas, sus manos amasando mis tetas por encima del vestido. El sonido de nuestras respiraciones jadeantes llena la habitación, mezclado con el zumbido lejano de la ciudad.

Me quita el vestido con impaciencia, exponiendo mi piel al aire fresco del acondicionado. Sus ojos devoran mis pezones duros, y baja la boca para chuparlos, lamiendo con la lengua plana, succionando hasta que gimo alto. ¡Ay, cabrón! Sabe exactamente cómo volverme loca. Mis uñas se clavan en su espalda, oliendo su sudor masculino, ese aroma almizclado que me enloquece. Le desabrocho los jeans y libero su verga gruesa, palpitante, con una gota de precum brillando en la punta. La acaricio despacio, sintiendo las venas hinchadas bajo mi palma, y él gruñe como animal.

Lo empujo al piso, alfombra suave bajo mis rodillas. Me arrodillo y lo miro a los ojos mientras acerco la boca. Su sabor salado explota en mi lengua cuando lo engullo, chupando la cabeza, bajando hasta la garganta. Él agarra mi cabello, guiándome, pero yo controlo el ritmo, lamiendo las bolas, mordisqueando suave. "¡Qué chingona eres, Ana!", jadea, sus caderas empujando. El cuarto huele a sexo ya, a nuestra excitación húmeda y cruda.

El clímax se acerca

No aguanto más. Me levanto, me quito las tangas empapadas y me monto en él. Su verga entra en mí de un solo empujón, llenándome hasta el fondo, estirándome delicioso. Puta madre, qué grande se siente. Cabalgo lento al principio, sintiendo cada centímetro rozando mis paredes internas, mi clítoris frotando contra su pubis. Sus manos en mis caderas, guiándome, pero yo marco el paso, subiendo y bajando, mis tetas rebotando con cada embestida.

El sudor nos cubre, piel resbalosa chocando con piel, plaf plaf rítmico como tambores. Acelero, mis gemidos se vuelven gritos: "¡Más duro, wey! ¡Dame todo!". Él se incorpora, me voltea contra el sofá y me penetra por atrás, una mano en mi clítoris frotando círculos rápidos, la otra jalando mi cabello. Siento su aliento en mi nuca, sus dientes en mi hombro.

Esto es puro fuego, una pasión que quema y regenera. Cada thrust me lleva al borde.
El olor de mi propia excitación, dulce y almizclado, impregna el aire. Mi corazón truena, pulsos latiendo en mis oídos.

Me corro primero, un orgasmo que me sacude entera, contracciones apretando su verga, jugos chorreando por mis muslos. Grito su nombre, el mundo se disuelve en placer blanco. Él no para, embiste más fuerte, gruñendo hasta que explota dentro de mí, chorros calientes llenándome, su cuerpo temblando contra el mío. Nos quedamos así, pegados, respiraciones entrecortadas calmándose poco a poco.

El afterglow

Caemos al suelo exhaustos, su cabeza en mi pecho, mi mano acariciando su cabello revuelto. El mezcal olvidado en la mesa, el cuarto en penumbras con las luces de la ciudad filtrándose por las cortinas. Su piel sabe a sal cuando lo beso en la frente. "Eso fue la neta, Ana. Una escena de amor de esas que no se olvidan", susurra, y yo sonrío, sintiendo su verga aún semi-dura contra mi pierna.

En este diario de una pasión, hoy escribo la escena de amor más intensa de mi vida. Marco no es solo un polvo; es el wey que despierta algo profundo en mí, un deseo que va más allá de la carne. ¿Será el principio de algo chido? O solo una noche épica. Sea lo que sea, valió cada segundo.
Me acurruco contra él, el calor de su cuerpo envolviéndome como manta. Afuera, la noche mexicana sigue su ritmo: risas, música de mariachi lejano, vida palpitante. Dentro, solo paz y satisfacción.

Marco se duerme primero, su ronquido suave como arrullo. Yo sigo despierta, reviviendo cada toque, cada sabor. Mañana será otro día, pero esta entrada en mi diario quedará grabada para siempre. Diario de una pasión escena de amor, así titularía esta página si fuera un libro. Y qué chingón libro sería.

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