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Fútbol Mi Pasión Desbordada

7363 palabras

Fútbol Mi Pasión Desbordada

El estadio rugía como un volcán en erupción, el olor a cerveza derramada y sudor fresco impregnaba el aire caliente de la noche mexicana. Yo, Valeria, estaba en la grada norte, con la camiseta del América pegada al cuerpo por el bochorno, gritando hasta quedarme ronca. Fútbol mi pasión, siempre lo había sido desde chiquita, cuando mi carnal me llevaba a ver los partidos en la tele mientras comíamos tacos de suadero. Pero esa noche, en el Azteca, algo más se encendía en mí. Mis ojos no solo seguían el balón; se clavaban en él, en Marco, el delantero estrella que acababa de fichar el equipo. Alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo el uniforme azulcrema, cada regate suyo me hacía apretar las piernas sin darme cuenta.

El silbatazo final llegó con un golazo de chilena que nos mandó a todos al cielo. Salté, abracé a la morra de al lado, una fanática como yo, y el corazón me latía a mil. Bajé con la multitud hacia la salida, el eco de los cánticos todavía retumbando en mis oídos. Sudor salado me corría por el cuello, metiéndose entre mis pechos, y el roce de mi brasier me erizaba la piel. De repente, lo vi: Marco, rodeado de chavos pidiendo fotos, pero sus ojos se cruzaron con los míos. Sonrió, esa sonrisa pícara que prometía más que un autógrafo. Me quedé tiesa, sintiendo un calor que no era del clima.

¡Órale, güey! ¿Quieres una foto? gritó uno de sus carnales, pero él negó con la cabeza y se acercó directo a mí.

No mames, eres la fanática más guapa que vi hoy. ¿Cómo te llamas, reina?
Su voz era grave, como un ronroneo, y olía a hombre de cancha: tierra, sudor limpio y un toque de colonia barata que me mareaba.

Valeria, respondí, tartamudeando como pendeja. Él se rio, me tomó la mano y dijo que me invitaba unas chelas en el after del equipo. Neta, no lo pensé dos veces. El fútbol mi pasión, pero Marco... él era el gol que no esperaba.

Nos metimos en su camioneta negra, el motor rugiendo mientras salíamos del caos del estadio. La ciudad nocturna de México pasaba borrosa por las ventanas: luces de neón, puestos de elotes asados exhalando vapor dulce y picante. Él ponía música de Peso Pluma, el bajo vibrando en mi pecho, y su mano rozaba mi muslo "sin querer". Cada toque era electricidad, mi piel se ponía de gallina bajo el short vaquero. Hablábamos de fútbol: de sus jugadas, de cómo el balón se siente vivo entre los pies, resbaloso y firme. Yo le contaba cómo me mojaba —en serio, se me escapó decirlo así— viendo sus goles. Él giró la cabeza, ojos brillando.

¿Te mojas con el fut? Eso sí es pasión, carnala.

Llegamos a un depa chido en Polanco, no lujoso pero con vista al skyline y una terraza con alberca. Sus compas ya andaban en la fiesta: risas, botellas chocando, olor a mota flotando pero yo ni la toqué, solo una caguama fría que me refrescó la garganta seca. Marco me jaló a un rincón, su cuerpo pegado al mío contra la barandilla. El viento nocturno jugaba con mi pelo, trayendo el aroma de jazmines del jardín abajo. Sus labios rozaron mi oreja:

—Quiero saber qué más te apasiona, Vale.

Mi corazón tronaba más fuerte que el estadio. Lo miré, sus ojos cafés profundos como pozos, y le contesté con un beso. Su boca sabía a victoria, salada y dulce, lengua explorando con la misma precisión que usaba en la cancha. Manos grandes subieron por mi espalda, desabrochando el brasier con un chasquido experto. Gemí bajito, sintiendo mis pezones endurecerse al aire fresco.

La tensión crecía como un partido empatado en el minuto 90. Nos escabullimos a su cuarto, puerta cerrándose con un clic que sonó a promesa. La habitación olía a él: sábanas revueltas, trofeos de fútbol en el buró brillando bajo la luz tenue. Me quitó la camiseta despacio, besando cada centímetro de piel expuesta. Su aliento caliente en mi cuello, dientes rozando suave. Yo le arañé la espalda, sintiendo los músculos tensos bajo mis uñas, el calor de su piel morena contra la mía pálida.

Esto es más que fut mi pasión, esto es fuego puro, pensé mientras él me tumbaba en la cama, colchón hundiéndose bajo nuestro peso.

Sus manos bajaron a mi short, desabotónalo con dedos temblorosos —sí, él también ardía—. Mi panocha ya estaba empapada, el roce de su palma me hizo arquear la espalda. —Qué chingona estás, Vale, murmuró, voz ronca. Bajó la cabeza, lengua trazando caminos húmedos por mi vientre, hasta llegar ahí. El primer lametón fue un rayo: sabor salado mío mezclado con su saliva, chupando mi clítoris como si fuera el balón en un tiro libre. Gemí fuerte, manos enredadas en su pelo negro, caderas moviéndose solas. Él gruñía, vibraciones subiendo por mi cuerpo, olor a sexo llenando el aire.

Pero no quería solo recibir. Lo empujé, volteándolo boca arriba. Su verga saltó libre del bóxer, gruesa, venosa, palpitando con la punta brillosa de precum. La tomé en la mano, piel suave sobre dureza de acero, y la lamí desde la base hasta arriba, saboreando su esencia salada y almizclada. Él jadeó, güey hecho polvo, caderas empujando. —

Fóllame ya, Marco, no mames
, le rogué, montándome encima.

Lo guié dentro de mí, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. El llenado fue perfecto, como encajar el balón en la portería. Empecé a moverme, lento al principio, sintiendo cada roce interno, paredes apretándolo. Él agarró mis nalgas, guiándome más rápido, piel chocando con palmadas húmedas. Sudor nos cubría, resbaloso, olor a cuerpos en llamas. Mis tetas rebotaban, él las chupaba, mordisqueando pezones que dolían de placer.

La intensidad subía: pensamientos revueltos, esto es el clímax del partido, piernas temblando, su verga golpeando profundo. Cambiamos posiciones, él encima, misionero feroz, ojos clavados en los míos. —Eres mi MVP, Vale, jadeaba, embistiéndome con ritmo de goleador. Yo envolví piernas en su cintura, uñas en su culo, urgiéndolo más hondo. El orgasmo me agarró de sorpresa primero: olas calientes desde el clítoris, contrayéndome alrededor de él, grito ahogado en su hombro. Él siguió, gruñendo, hasta que se tensó, llenándome con chorros calientes, palpitando dentro.

Colapsamos, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos. El aire olía a semen, sudor y paz. Él me besó la frente, suave ahora, mano acariciando mi pelo. —

Fútbol mi pasión, pero tú... tú eres adictiva
, susurró.

Nos quedamos así, enredados, escuchando el pulso del otro calmarse. Afuera, la ciudad seguía su jale, pero en ese cuarto, el mundo era solo nosotros. Reflexioné en silencio: el fut siempre había sido mi escape, mi fuego interno, pero con Marco descubrí que la pasión verdadera se comparte, se suda, se goza. Mañana sería otro partido, pero esta noche, el marcador era nuestro.

Al amanecer, luz filtrándose por las cortinas, me despertó con besos perezosos. Café negro humeante en la cocina, olor a chilaquiles que preparó su carnala —no, él mismo, sorprendiendo—. Reímos de la noche, planeando vernos en el próximo juego. Salí con las piernas flojas, sonrisa boba, sabiendo que fútbol mi pasión acababa de ganar un nuevo nivel.

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