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Pasión de Gavilanes Capítulo 140 Fuego Prohibido en la Piel

7049 palabras

Pasión de Gavilanes Capítulo 140 Fuego Prohibido en la Piel

La pantalla del tele brillaba en la penumbra de tu sala, el aire cargado con el olor a café recién hecho y el leve aroma de las velas de vainilla que habías encendido para ambientar la noche. Estabas recostada en el sofá mullido, las piernas cruzadas, sintiendo cómo el calor de la historia te subía por el cuerpo. Pasión de Gavilanes capítulo 140, justo el momento en que los amantes se entregan al deseo después de tanta lucha, tanta venganza contenida. Sus besos en la lluvia, el roce de sus cuerpos empapados, te tenían al borde. Tu piel picaba, un hormigueo traicionero entre las piernas que te hacía apretar los muslos.

Órale, qué chido sería vivir eso, neta, un amor así de intenso, pensó tu mente mientras el galán de la telenovela devoraba la boca de su mujer con hambre de lobo.

La puerta se abrió de golpe y entró Rodrigo, tu carnal, no, tu hombre, el que te volvía loca con solo una mirada. Venía del gimnasio, sudado, la camiseta pegada al pecho marcado, oliendo a hombre puro, a esfuerzo y testosterona. Sus ojos oscuros te escanearon de inmediato, deteniéndose en tus pechos que subían y bajaban rápido bajo la blusa ligera.

¿Qué onda, mi reina? ¿Ya estás viendo esa novela otra vez? —dijo con esa voz ronca que te derretía, quitándose la playera de un jalón, dejando ver su torso esculpido, el brillo del sudor como invitación.

Tú lo miraste, mordiéndote el labio, el corazón latiéndote como tambor en las costillas. —Sí, güey, Pasión de Gavilanes capítulo 140. Mira cómo se avientan, neta que me prende. —Le hiciste señas para que se acercara, y él lo hizo, sentándose a tu lado, su muslo duro rozando el tuyo, enviando chispas por tu piel.

Acto uno apenas empezaba, pero la tensión ya bullía. Su mano grande se posó en tu rodilla, subiendo despacio, trazando círculos con los dedos callosos que sabías tan bien. El olor de su sudor se mezcló con tu perfume floral, creando un cóctel embriagador. En la tele, los personajes gemían bajito, sus cuerpos chocando con urgencia, y tú sentiste eco en tu vientre.

¿Quieres que seamos como ellos? —murmuró Rodrigo al oído, su aliento caliente rozándote la oreja, erizándote la nuca. Asentiste, incapaz de hablar, mientras él te volteaba hacia él, sus labios capturando los tuyos en un beso que sabía a menta y deseo puro. Lenguas danzando, explorando, el sabor salado de su piel cuando le lamiste el cuello.

Te levantó en brazos como si no pesaras nada, tus piernas envolviéndolo por instinto, sintiendo su verga ya dura presionando contra tu entrepierna a través de la tela. —Te voy a comer viva, mi amor, —gruñó, caminando hacia la recámara, el suelo de madera crujiendo bajo sus pasos firmos.

La cama king size te recibió con sábanas frescas de algodón egipcio, el aroma a lavanda flotando. Te dejó caer suave, pero sus ojos ardían como brasas. Se arrodilló entre tus piernas, desabrochándote el short con dientes, besando cada centímetro de piel que liberaba. El roce de su barba incipiente te raspaba delicioso las ingles, haciendo que arquearas la espalda.

En el fondo, la tele seguía sonando, los gritos de pasión de Pasión de Gavilanes capítulo 140 como banda sonora perfecta. —Escucha eso, Rodrigo, así te quiero, como un gavilán cazando su presa, —jadeaste, tus manos enredándose en su pelo negro revuelto.

Él rio bajito, un sonido gutural que vibró contra tu clítoris cuando lo lamió por encima de las panties. —Pinche caliente, estás empapada ya, mi vida. Las deslizó a un lado, su lengua plana lamiendo de abajo arriba, saboreando tu miel dulce y salada. Gemiste alto, el sonido rebotando en las paredes, tus caderas moviéndose solas contra su boca experta. Olía a sexo, a ti, a él, el cuarto llenándose de ese perfume primitivo.

Acto dos se encendía. Tus uñas se clavaron en sus hombros anchos mientras él chupaba tu botón hinchado, dos dedos gruesos hundiéndose en ti, curvándose justo ahí, en ese punto que te hacía ver estrellas. ¡Ay, cabrón, no pares! pensaste, pero solo salió un alarido ahogado. El sudor perlaba tu frente, goteando entre tus senos que él masajeaba con la mano libre, pellizcando pezones duros como piedras.

Lo jalaste arriba, desesperada por sentirlo dentro. —Métemela ya, pendejo, no aguanto, —suplicaste con voz ronca, y él obedeció, quitándose el pantalón de un movimiento fluido. Su verga saltó libre, venosa, palpitante, la punta brillando con pre-semen. Te abrió las piernas más, frotándola contra tu rendija húmeda, torturándote con roces lentos.

Dime que me quieres como en la novela, —exigió, ojos clavados en los tuyos, y tú asentiste, perdida en el azul de sus pupilas dilatadas. —Sí, como en Pasión de Gavilanes, con toda el alma, fóllame duro.

Empujó de una, llenándote hasta el fondo, el estirón delicioso haciendo que gritaras su nombre. Sus caderas chocaban contra las tuyas, piel contra piel, un slap slap rítmico que se mezclaba con vuestros jadeos. Lo olías todo: su axila masculina cuando lo abrazaste, el almizcle de tu excitación, el leve dulzor de su boca cuando te besó de nuevo.

Cambiaron posiciones, tú encima ahora, cabalgándolo como amazona, tus tetas botando con cada rebote. Sus manos en tus nalgas, amasándolas, un dedo juguetón rozando tu ano, prometiendo más. Qué rico se siente, este wey me conoce perfecto, pensaste mientras acelerabas, el orgasmo construyéndose como ola gigante en tu bajo vientre.

Él se incorporó, sentándote en su regazo, cara a cara, sus brazos rodeándote fuerte. Mordisqueó tu hombro, dejando marca roja, mientras embestía desde abajo, golpeando profundo. Tus paredes lo apretaban, ordeñándolo, y sentiste sus bolas tensarse contra tu culo.

Vente conmigo, mi reina, —ordenó, y explotaste. El clímax te sacudió como terremoto, luces blancas detrás de tus párpados cerrados, un grito gutural saliendo de tu garganta mientras lo inundabas de jugos calientes. Él rugió, llenándote con chorros espesos, su cuerpo temblando bajo el tuyo.

Acto tres, el afterglow. Cayeron juntos, enredados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco. Su verga aún dentro, palpitando suave, el semen goteando entre tus muslos. Lo besaste lento, saboreando el salado de lágrimas de placer en tus mejillas.

Mejor que cualquier capítulo de esa novela, —murmuró él, acariciándote la espalda con ternura, su piel pegajosa contra la tuya.

Tú sonreíste, el corazón lleno, el cuerpo saciado pero ya soñando con la próxima. La tele seguía, pero ya no importaba; habíais creado vuestro propio Pasión de Gavilanes capítulo 140, puro fuego prohibido en la piel, eterno en vuestros recuerdos. El aroma a sexo perduraba, envolviéndoos como manta cálida, mientras os dormíais abrazados, listos para más pasiones al amanecer.

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