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Videos de Pasión Desenfrenada

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Videos de Pasión Desenfrenada

Era una noche calurosa en el DF, de esas que te pegan el pelo a la nuca y te hacen sudar hasta el alma. Yo, Ana, acababa de llegar a mi depa en la Condesa, después de un pinche día eterno en la oficina. Me tiré en el sofá con una chela fría en la mano, el ventilador zumbando como loco arriba de mí. Neta, necesito algo que me prenda, pensé, mientras prendía la laptop. Busqué en la red, sin pensarlo mucho, y di con una página de videos de pasión. No eran del porno chafa de siempre, no; estos eran caseros, con morros bien buenos, sudando y gimiendo como si el mundo se acabara.

El primero que vi me dejó con la boca seca. Una chava morena, con curvas que mataban, montada en un vato musculoso, moviéndose despacio al principio, como saboreando cada roce. Se oía el slap slap de sus cuerpos chocando, el jadeo ronco de él, el ay, cabrón que ella soltaba entre dientes. Olía a mi propia excitación empezando a subir, ese aroma dulce y salado que te traiciona. Apagué las luces, subí el volumen, y me quité la blusa. Mis pezones se pusieron duros como piedras contra el aire tibio.

¿Por qué carajos no tengo a alguien así ahorita?
Me metí la mano en el calzón, tocándome suave, imaginando que era yo la de la pantalla.

Pero el destino es un pendejo chistoso. Sonó el timbre. Era Marco, mi carnal del gym, el que siempre anda coqueteando con esa sonrisa de te como con los ojos. Traía una botella de tequila en la mano. “Órale, Ana, neta que te vi llegar y dije, vamos a echarnos unas”, dijo con esa voz grave que me eriza la piel. Lo dejé pasar, todavía con el corazón latiendo fuerte por los videos. Nos sentamos en el sofá, sirviendo shots, riéndonos de pendejadas del trabajo. Pero yo no podía sacarme las imágenes de la cabeza. El calor entre mis piernas no se iba.

En el segundo acto de nuestra noche, el tequila empezó a soltar la lengua. “Wey, ¿has visto unos videos de pasión que andan circulando? De esos que te dejan loco”, le solté, medio en broma, pero con los ojos clavados en los suyos. Marco se rio, pero vi cómo se le oscurecían las pupilas. “Claro que sí, carnala. Me la ponen cañón”, contestó, acercándose un poco más. El olor de su colonia mezclada con sudor me envolvió, como un abrazo invisible. Sentí su muslo rozando el mío, esa fricción eléctrica que te hace apretar los dientes.

Gradualmente, la plática se puso picante. Le conté cómo uno de esos videos me había puesto tan caliente que casi me corro solo viéndolo. Él confesó que los veía pensando en mí, en cómo serían mis gemidos. ¿En serio? Mi pulso se aceleró, el corazón retumbando en el pecho como tamborazo en una fiesta. Me incliné, probando sus labios primero con la lengua, suave, como tentándolo. Sabían a tequila y a promesas. Él respondió con hambre, sus manos grandes subiendo por mi espalda, desabrochando mi brasier con un movimiento experto. Caímos al sofá, yo encima, sintiendo su verga dura presionando contra mi panocha a través de la tela.

La tensión crecía como tormenta en el desierto. Me quitó el calzón despacio, besando mi cuello, mordisqueando esa piel sensible que me hace arquear. “Eres una chingona, Ana”, murmuró, mientras sus dedos exploraban mis labios húmedos, resbalosos de deseo. Yo gemí bajito, el sonido saliendo ronco, como en esos videos. El aire se llenó de nuestro olor: sudor fresco, excitación almizclada, un toque de tequila derramado. Le bajé el pantalón, agarrando su verga gruesa, palpitante en mi mano. La piel suave sobre el acero duro, venas marcadas que latían al ritmo de su respiración agitada.

Nos movimos al piso, alfombra áspera contra mi espalda, pero qué chido se sentía. Él se arrodilló entre mis piernas, lamiendo mi clítoris con la lengua plana, chupando suave al principio, luego más fuerte, como si quisiera devorarme. ¡Pinche cielo! Mis caderas se alzaban solas, buscando más, el placer subiendo en olas que me nublaban la vista. Oía mis propios jadeos, altos y desesperados, mezclados con sus gruñidos de placer. “Sabrosa, neta que estás deliciosa”, dijo, metiendo dos dedos dentro de mí, curvándolos justo ahí, en ese punto que me hace ver estrellas.

Pero quería más. Lo empujé hacia atrás, montándolo como en el video que vi. Su verga entró en mí de un jalón, llenándome hasta el fondo, esa presión deliciosa que estira y quema un poquito. Empecé a moverme lento, sintiendo cada centímetro deslizándose adentro y afuera, mis jugos chorreando por sus bolas. El slap slap de carne contra carne llenaba la habitación, sudor goteando de mi frente a su pecho. Sus manos en mis nalgas, apretando, guiándome más rápido.

No pares, cabrón, así, justo así
, pensaba yo, mientras el orgasmo se armaba en mi vientre, tenso como cuerda de guitarra.

La intensidad subió. Cambiamos posiciones: él atrás, embistiéndome fuerte, su vientre chocando contra mi culo con un ritmo brutal. Sentía sus bolas golpeando mi clítoris, cada thrust mandando chispas por mi espina. Grité su nombre, “¡Marco, chingado, más!”, y él obedeció, una mano en mi pelo tirando suave, la otra frotando mi botón. El olor de sexo puro nos rodeaba, espeso, animal. Mi cuerpo temblaba, músculos contraídos, el clímax acercándose como tren desbocado.

Explotamos juntos. Yo primero, un grito gutural saliendo de mi garganta mientras mi panocha se apretaba alrededor de su verga, oleadas de placer sacudiéndome entera, piernas flojas, visión borrosa. Él gruñó profundo, corriéndose dentro de mí, caliente y espeso, pulsando una y otra vez. Nos quedamos pegados, jadeando, pieles resbalosas de sudor. El ventilador seguía zumbando, enfriando nuestro fuego despacio.

En el afterglow, nos arrastramos a la cama, envueltos en sábanas frescas. Marco me abrazó por atrás, su aliento cálido en mi oreja. “Mejor que cualquier video de pasión, ¿verdad?”, susurró. Reí bajito, satisfecha hasta los huesos. Neta, sí. Pensé en esos videos que nos prendieron, pero esto era real: el peso de su cuerpo, el latido compartido, el aroma de nosotros quedándose en la piel. Mañana veríamos más, tal vez grabaríamos los nuestros. Pero por ahora, solo paz, deseo saciado, y la promesa de más noches así.

La ciudad afuera bullía con sus luces y ruidos, pero en mi depa, todo era calma ardiente. Me dormí con una sonrisa, sabiendo que los videos de pasión habían sido solo el comienzo.

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