Mi Ultimo Dia La Pasion de Cristo
Desperté con el sol colándose por las cortinas de la suite en Puerto Vallarta, el olor a mar salado mezclándose con el aroma dulce de tu piel, Sofia. Eras tú, mi Sofia, la morena de ojos cafés que me había robado el aliento desde el primer día que nos topamos en esa fiesta en la Zona Romantica. Hoy era mi ultimo dia la pasion de cristo, como lo había bautizado en mi cabeza la noche anterior, porque sabía que esta sería una jornada de éxtasis puro, antes de que el avión me llevara lejos de México, de ti, rumbo a un pinche trabajo en Estados Unidos. Neta, no quería irme, pero la vida aprieta.
Te giraste en la cama king size, tus tetas perfectas rozando mi pecho desnudo, y abriste los ojos con esa sonrisa pícara que me ponía la verga dura al instante. "Órale, Cristo", murmuraste con voz ronca de sueño, usando mi apodo que todos me decían por mi nombre y por lo intenso que era en la cama, "¿ya estás despierto pensando en mí?" Tus dedos bajaron por mi abdomen, jugueteando con el elástico de mis bóxers. Sentí el calor de tu palma cerca de mi entrepierna, y mi pulso se aceleró como tambor en carnaval.
Pensé: Esta chava me va a matar de placer antes de que suba al avión. Mi ultimo dia la pasion de cristo, simón, va a ser legendario.
Nos besamos lento al principio, saboreando el café imaginario en nuestras lenguas, pero pronto la cosa se calentó. Te subí encima, tus muslos firmes apretando mis caderas, y gemiste bajito cuando mi boca encontró tu cuello, oliendo a coco de tu crema del día anterior. "No te vayas todavía, carnal", susurraste, mordiéndome el lóbulo de la oreja. Ese roce de dientes envió chispas por mi espina, y mis manos amasaron tu culo redondo, suave como mango maduro.
Bajamos a desayunar en la terraza del hotel, con vista al Pacífico rompiendo en olas espumosas. Pedimos chilaquiles verdes con huevo y unos mimosas bien fríos. Tú ibas en bikini rojo diminuto bajo un pareo transparente, y cada vez que te inclinabas, se te veía el piercing en el ombligo brillando. La gente nos miraba, pero nos valía; estábamos en nuestro mundo. "Mira cómo me ves, pendejo", reíste juguetona cuando pillé mi mirada fija en tus chichis. Tomaste mi mano bajo la mesa y la pusiste en tu muslo interno, donde la piel ardía. El deseo crecía como marea alta.
Después caminamos por la playa, arena tibia entre los dedos de los pies, el sol calentándonos la piel hasta que sudamos. Te cargué al mar, salpicando agua salada que sabía a océano puro cuando te besé. Tus piernas se enredaron en mi cintura, y sentí tu panocha mojada presionando mi short. "Ya quiero cogerte aquí mismo", te dije al oído, mi voz ronca contra el ruido de las gaviotas. Reíste, pero tus ojos decían simón, hazlo. La tensión era palpable, como cuerda de guitarra a punto de romperse.
Regresamos al hotel jadeando, el viento trayendo olor a fritanga de los vendedores ambulantes. En el elevador, no aguantamos: te acorralé contra la pared, besándote con hambre, mi lengua explorando tu boca mientras mis dedos se colaban bajo tu pareo, encontrando tu clítoris hinchado. Gemiste fuerte, "¡Ay, Cristo, qué rico!", y el ding del elevador nos sacó del trance. Corrimos a la habitación, riendo como güeys locos.
Acto dos de nuestra pasión: te arranqué el bikini, exponiendo tu cuerpo desnudo, curvas perfectas bajo la luz filtrada. Te tumbé en la cama, besando cada centímetro: desde tus labios hinchados, pasando por tus pezones duros como piedras de obsidiana, que chupé hasta hacerte arquear la espalda. Olías a sexo inminente, ese almizcle femenino que me volvía loco. Bajé más, lamiendo tu vientre, tu piercing salado en la lengua, hasta llegar a tu concha depilada, labios rosados brillando de jugos.
"Come me toda, mi amor", suplicaste, jalándome el pelo. Metí la lengua profundo, saboreando tu miel dulce y salada, mientras mis dedos frotaban tu clítoris en círculos rápidos. Tus caderas se movían solas, gimiendo "¡Sí, así, no pares, cabrón!" Sentía tus muslos temblando contra mis orejas, el calor de tu interior palpitando. Te corrí así, una, dos veces, tus gritos rebotando en las paredes como olas furiosas.
Mi ultimo dia la pasion de cristo, pensé mientras te veía deshacerte, esto es el paraíso terrenal, no el cielo de los curas.
Me volteaste como luchadora, experta en mi cuerpo. Sacaste mi verga tiesa, venosa y palpitante, y la mamaste con devoción: lengua girando en la cabeza, succionando hasta la garganta profunda. Sentí el vacío cálido de tu boca, saliva chorreando, tus ojos fijos en los míos pidiendo más. "Estás bien grande hoy, wey", dijiste entre lamidas, y me hiciste gemir como nunca. Casi me vengo, pero te detuve; quería estar dentro de ti.
Te puse en cuatro, admirando tu culo alzado, invitador. Escupí en mi mano, lubriqué mi pija, y te penetré despacio al principio, sintiendo cada pliegue de tu vagina apretándome como guante caliente. "¡Más duro, Cristo!", exigiste, y embestí fuerte, piel contra piel sonando chap chap chap, sudor goteando, mezclándose con tus jugos que corrían por mis bolas. Agarré tus tetas rebotando, pellizcando pezones, mientras tú te tocabas el clítoris. El cuarto olía a sexo crudo, a cuerpos en llamas.
Cambiamos: te subí encima, cabalgándome como amazona, tus caderas girando, verga entrando y saliendo profunda. Veía tus chichis bailar, tu cara de puro gozo, mordiéndote el labio. "Te amo, Sofia, neta te amo", confesé entre jadeos, y tú respondiste acelerando, "Yo más, fóllame hasta que no pueda caminar". La intensidad subía, mis huevos apretados listos para explotar.
El clímax llegó como tormenta: te volteé misionero, piernas en mis hombros, penetrando hasta el fondo. Nuestros ojos clavados, almas conectadas. "¡Me vengo!", gritaste primero, tu concha contrayéndose ordeñándome, y yo seguí, chorros calientes llenándote, gruñendo tu nombre. Colapsamos, pegados, pulsos latiendo al unísono, respiraciones entrecortadas. El afterglow fue eterno: besos suaves, caricias perezosas, tu cabeza en mi pecho oyendo mi corazón calmarse.
Nos duchamos juntos, agua caliente lavando el sudor, jabón de vainilla en tu piel resbalando por mis manos. Salimos a comer tacos de mariscos en el malecón, riendo de tonterías, pero con el peso del adiós en el aire. En el aeropuerto, te abracé fuerte, oliendo tu pelo una última vez. "Vuelve pronto, mi Cristo", dijiste con lágrimas, y yo prometí: "Esta pasión no acaba aquí".
En el avión, mirando las nubes, recordé cada roce, cada gemido. Mi ultimo dia la pasion de cristo había sido perfecto, un recuerdo que me calentaría noches enteras. Sofia, mi pasión eterna, allá en México, esperando mi regreso.