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Las 24 Horas de la Pasion de Cristo Libro PDF Prohibido

6869 palabras

Las 24 Horas de la Pasion de Cristo Libro PDF Prohibido

Era Jueves Santo en la Ciudad de México y el calor de abril se colaba por las ventanas de mi depa en la Roma. Tú, sentada en el sillón de terciopelo rojo, con una copa de mezcal en la mano, sentías esa inquietud que siempre te invade en Semana Santa. No eras de misa ni procesiones, pero algo en el aire cargado de incienso y murmullos te ponía la piel de gallina. Neta, ¿por qué carajos me da por lo espiritual justo ahora? pensaste, mientras abrías la laptop.

Buscaste en Google "libro las 24 horas de la pasion de cristo pdf", pensando que leer sobre el sufrimiento de Jesús te daría paz. El archivo bajó rapidito, y al abrirlo, las palabras te golpearon como un latigazo. No era solo dolor y redención; las descripciones eran tan vívidas que olías el sudor salado de los cuerpos, escuchabas los gemidos ahogados en la noche, sentías el roce áspero de la cruz contra la piel. Tu respiración se aceleró, un calor traicionero se encendió entre tus piernas.

¿Qué pedo? Esto no es un libro piadoso, es como si alguien hubiera inyectado pasión carnal en cada página.

El teléfono vibró. Era Alejandro, tu amante de ojos negros y manos firmes, el wey que te hacía temblar con solo una mirada. "Ven, cabrón", le mandaste un WhatsApp con el PDF adjunto. "Lee esto y vente ya". Media hora después, su camioneta se estacionó abajo. Subió las escaleras de dos en dos, oliendo a colonia fresca y tabaco, con la camisa entreabierta dejando ver el vello oscuro de su pecho.

—Órale, nena, ¿qué es esta madre? —dijo, besándote el cuello mientras te abrazaba por la cintura. Su aliento cálido te erizó la nuca, y el sabor de su boca, mezcla de café y deseo, te hizo morderte el labio.

—Es el libro las 24 horas de la pasion de cristo pdf que bajé, pero me prendió fuego —confesaste, presionando tu cuerpo contra el suyo. Sentiste su verga endureciéndose contra tu vientre, dura como promesa—. Hagámoslo real. Veinticuatro horas de nuestra propia pasión, desde ahora hasta el amanecer del Viernes Santo. Consensuado, intenso, tuyo y mío.

Él sonrió, pícaro, y te levantó en brazos como si no pesaras nada. —Chido, mi reina. Empecemos con la Última Cena.

En la cocina, extendiste un mantel blanco sobre la mesa de granito. Preparaste pan de muerto con chocolate caliente, pero lo volviste sensual: untaste el pan con miel y lo lamiste despacio frente a él. Tus dedos resbalaban pegajosos, y él los chupó uno a uno, succionando con esa boca que sabías tan bien. El aire se llenó del aroma dulce de la miel y el cacao, mezclado con el leve sudor que ya perlaba vuestras frentes. Tocaste su entrepierna por encima del pantalón, sintiendo el pulso acelerado de su miembro. —Más despacio, amor —murmuró, pero su voz ronca traicionaba su urgencia.

La tensión crecía como una tormenta. Pasaron a la sala, donde encendiste velas que parpadeaban sombras en las paredes. Alejandro te desvistió con deliberada lentitud, sus dedos callosos rozando tus pezones hasta endurecerlos como piedras preciosas. Qué chingón se siente su piel contra la mía, pensaste, mientras el roce de su barba incipiente te raspaba el hombro. Olías su aroma masculino, ese mix de jabón y excitación que te volvía loca.

—Ahora la traición —susurró, atándote las muñecas con una bufanda de seda roja, suave pero firme. No era dolor, era anticipación. Te besó el interior de los muslos, su lengua trazando círculos cada vez más cerca de tu centro húmedo. Gemiste, el sonido rebotando en las paredes como un eco pecaminoso. Él se arrodilló, devorándote con la boca, lamiendo tu clítoris con maestría. El sabor salado de tu arousal lo enloquecía; lo sentías jadear contra tu carne, vibraciones que te hacían arquear la espalda.

Esto es mejor que cualquier oración, neta que sí.

Las horas se deslizaban. A median medianoche, en la cama king size con sábanas de algodón egipcio, escaló la intensidad. Te desató y te volteó boca abajo, sus manos amasando tus nalgas. —El azote de la flagelación —dijo juguetón, y su palma aterrizó suave al principio, un clap que resonó y envió ondas de placer a tu coño palpitante. Cada golpe era seguido de una caricia, un beso, confirmando: "¿Está bien, mi vida?". "¡Sí, pendejo, más fuerte!", exigías, empoderada en tu entrega.

El sudor chorreaba por vuestros cuerpos, goteando como lágrimas sagradas. Olías el almizcle de vuestras pieles fusionadas, escuchabas los slap slap de carne contra carne. Introdujo dos dedos en ti, curvándolos para tocar ese punto que te hacía ver estrellas, mientras su pulgar jugaba con tu ano, tentador pero respetuoso. Tu orgasmo llegó como un latigazo, contracciones que te sacudían entera, gritando su nombre mientras él lamía tus jugos.

Pero no pararon. Descansaron envueltos, corazones latiendo al unísono, hablando en susurros. —Esto trasciende lo del libro —dijo él, trazando círculos en tu vientre—. Es nuestra pasión, carnal y del alma. Tú asentiste, besando su pecho salado, saboreando el futuro.

Al alba del Viernes Santo, la coronación de espinas se transformó en él poniéndote una diadema de jazmines frescos, pétalos suaves contra tu frente febril. Te montó entonces, su verga gruesa abriéndote centímetro a centímetro. Sentiste cada vena pulsando dentro, llenándote hasta el fondo. Cabalgaste sobre él, pechos rebotando, uñas clavándose en su espalda. El ritmo se aceleró, cama crujiendo como madera vieja, gemidos convirtiéndose en rugidos. Olías las flores marchitas, el sexo denso, tocabas su culo firme impulsándote más profundo.

—La crucifixión —jadeó, volteándote para penetrarte por detrás, una mano en tu clítoris, la otra en tu garganta con presión justa, consensual. El placer se acumulaba, una espiral interminable. Tus paredes lo apretaban, ordeñándolo, hasta que explotó dentro de ti, chorros calientes que te llevaron al abismo. Gritaste, el mundo disolviéndose en blanco, pulsos retumbando en oídos, músculos temblando en éxtasis prolongado.

Colapsaron juntos, exhaustos, piel pegajosa y sonrisas bobaliconas. El sol se colaba por las cortinas, tiñendo todo de oro. Alejandro te acunó, besando tu sien. —Veinticuatro horas de pura pasión, mi Cristo personal.

Tú reíste bajito, el cuerpo aún vibrando.

El libro fue solo el chispazo, pero esto... esto fue resurrección.
En el afterglow, con su semen goteando lento entre tus muslos y el aroma de amor impregnando el aire, supiste que la verdadera redención estaba en entregarse así, sin culpas, solo placer mutuo y conexión profunda. Las campanas de alguna iglesia lejana tocaron, pero ya no importaban. Habíais creado vuestro propio evangelio.

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