Pasión Música Disco
El ritmo del disco me envolvió como un abrazo ardiente esa noche en el corazón de la Condesa. Las luces estroboscópicas parpadeaban al compás de la música disco, esa que te hace mover las caderas sin pensarlo dos veces. Olía a perfume caro mezclado con sudor fresco, a tequila recién servido y a esa promesa de algo prohibido pero tan chido. Yo, Ana, de veintiocho tacos, había llegado sola, con ganas de soltar el estrés de la chamba en la oficina. Neta, necesitaba esto, pensé mientras me abría paso entre la gente, mi vestido negro ajustado rozando mis muslos con cada paso.
La pista estaba a reventar. Bajé las escaleras sintiendo el bajón de los graves retumbar en mi pecho, como si mi corazón quisiera salirse. Ahí lo vi. Alto, moreno, con una sonrisa que iluminaba más que las luces neón. Vestía una camisa blanca desabotonada lo justo para dejar ver unos pectorales que gritaban órale, carnal. Nuestras miradas se cruzaron y ¡pum!, fue como si la pasión música disco nos hubiera unido de golpe. Él se acercó bailando, su cuerpo moviéndose con una fluidez que me erizó la piel.
—¿Qué onda, preciosa? —me dijo al oído, su aliento cálido oliendo a mentitas y ron. Su voz grave se coló por mis poros.
—Aquí rifándome, wey —le contesté juguetona, girando para que sintiera mi culo rozar su entrepierna. No era pendeja, sabía lo que provocaba.
Empezamos a bailar. Sus manos en mi cintura, firmes pero suaves, guiándome al ritmo. El sudor comenzaba a perlar su cuello, y yo no pude resistir lamerlo disimuladamente. Salado, delicioso.
Este pendejo me va a volver loca, pensé mientras su erección presionaba contra mí. La tensión crecía con cada giro, cada roce. La música nos mecía, y el calor entre nosotros era más intenso que las luces del techo.
La noche avanzaba, y el deseo se acumulaba como una tormenta. Salimos a la terraza del disco, donde el aire fresco de la noche mexicana nos golpeó. Ciudad de México brillaba abajo, autos pitando lejanos, el olor a elotes asados subiendo desde la calle. Nos besamos por primera vez ahí, sus labios carnosos devorando los míos, lengua explorando con hambre. Sabía a aventura, a sexo inminente.
—¿Vamos a otro lado? —preguntó, sus ojos oscuros brillando con la misma pasión que la música disco nos había encendido.
—Sí, pero no me sueltes —le respondí, mi mano bajando por su pecho hasta sentir su corazón latiendo desbocado.
Tomamos un taxi hasta su depa en Polanco, no muy lejos. En el camino, no paramos de tocarnos. Mis dedos en su paquete duro, él metiendo mano bajo mi vestido, rozando mi tanga húmeda. Ya estoy chorreando, neta, admití para mis adentros, el pulso acelerado como el bajo de una rola de eighties.
Al llegar, la puerta apenas se cerró y nos lanzamos uno sobre el otro. Su depa era moderno, luces tenues, olor a sábanas limpias y su colonia varonil. Me quitó el vestido de un tirón, admirando mis tetas firmes con pezones duros como piedras. Qué chula estás, murmuró, y yo me sentí poderosa, deseada.
Lo empujé al sofá, me arrodillé entre sus piernas. Desabroché su pantalón, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante. Olía a hombre excitado, a pre-semen salado. La tomé en mi boca, chupando despacio al principio, saboreando cada centímetro. Él gemía, ¡órale, qué rico!, sus manos en mi pelo guiándome sin forzar. Lamí sus huevos, succioné la cabeza hasta que supe que estaba al borde. Pero no, quería más.
Me levantó como si no pesara nada, me llevó a la cama. El colchón nos recibió suave, sábanas frescas contra mi piel ardiente. Se quitó todo, su cuerpo atlético brillando de sudor. Me abrió las piernas, besando mis muslos internos, el olor de mi coño mojado llenando el aire. Su lengua encontró mi clítoris, lamiendo con maestría, círculos perfectos que me hicieron arquear la espalda.
¡No pares, cabrón, me vas a hacer venir!Grité bajito, mis jugos cubriendo su cara.
El clímax me sacudió como un rayo, oleadas de placer recorriendo mi cuerpo, piernas temblando. Pero él no paró, metió dos dedos dentro de mí, curvándolos justo en ese punto que me vuelve loca. Estás tan apretadita, tan rica, dijo, y yo solo pude jadear.
Quería sentirlo todo. Lo volteé, montándome encima. Su verga entró en mí de una, llenándome por completo. El estiramiento delicioso, el roce contra mis paredes sensibles. Empecé a cabalgar, mis tetas botando al ritmo, sus manos amasándolas, pellizcando pezones. El sonido de piel contra piel, nuestros jadeos mezclados con el eco lejano de la ciudad. Sudor goteando, mezclándose, salado en mis labios cuando lo besé.
—Córrete conmigo, Ana —gruñó, sus caderas embistiéndome desde abajo con fuerza controlada.
La tensión subió como la música en el clímax de una rola disco. Mi coño se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, y explotamos juntos. Su leche caliente inundándome, mi orgasmo gritando en silencio, pulsos interminables de éxtasis. Colapsamos, cuerpos entrelazados, respiraciones agitadas calmándose poco a poco.
Después, en la afterglow, nos quedamos así, piel pegajosa, olores de sexo impregnando el cuarto. Él me acariciaba el pelo, yo trazaba círculos en su pecho. Esto fue más que un polvo, wey, pensé, sintiendo una conexión que iba más allá de la pasión música disco.
—¿Repetimos? —preguntó con picardía.
—Cuando quieras, pero la próxima traes más ritmo —le guiñé el ojo, riendo bajito.
Salí de ahí al amanecer, el sol tiñendo el cielo de rosa, con el cuerpo satisfecho y el alma ligera. La noche de pasión en la música disco había sido perfecta, un recuerdo que me haría sonreír cada vez que escuchara esos beats. Neta, la vida es para rifarla así.