Pasión Capítulo 34 Fuego en la Carne
Valeria sintió el pulso acelerado mientras subía en el elevador del penthouse en Polanco. La noche de Ciudad de México brillaba allá abajo, con sus luces neón parpadeando como promesas de placer. Hacía semanas que no veía a Diego, ese vato alto moreno con ojos que te desnudan con solo una mirada. Chingado, cómo lo extrañé, pensó, ajustándose el vestido negro ceñido que marcaba sus curvas como un guante. El aroma de su perfume, jazmín mezclado con vainilla, flotaba en el aire confinado, avivando su deseo.
La puerta se abrió con un clic suave y ahí estaba él, en playera ajustada que dejaba ver sus músculos torneados del gym, jeans que abrazaban sus caderas. ¡Hola, mi chula! dijo con esa sonrisa pícara, voz grave como ronca de tequila. La jaló hacia adentro, sus labios rozando los de ella en un beso que sabía a menta fresca y anhelo reprimido. El departamento olía a velas de sándalo y carne asada recién salida del horno, un toque casero que la hacía sentir en casa.
Se sentaron en la terraza con vista al skyline, una botella de mezcal artesanal entre ellos. Cuéntame de tu semana, reina, murmuró él, su mano grande acariciando su muslo por debajo de la mesa. Valeria rio bajito, el roce enviando chispas por su piel.
Esta noche es como el pasión capítulo 34 de nuestra historia, Diego. Cada vez más intenso, más nuestro, pensó ella, sin decirlo en voz alta. Hablaban de todo y nada: el pinche tráfico de la Reforma, un chiste sobre el jefe pendejo, pero el aire cargado de tensión sexual era palpable. Sus dedos jugaban con el borde de su vestido, subiendo centímetro a centímetro, hasta que ella jadeó suave.
Adentro, en el sofá de piel suave, las cosas escalaron. Diego la recostó con gentileza, sus ojos devorándola. Eres lo más chido que me ha pasado, Val, susurró, besando su cuello donde latía su pulso como tambor. Ella arqueó la espalda, sintiendo el calor de su aliento en la clavícula, el roce áspero de su barba incipiente raspando delicioso. Sus manos expertas desabrocharon el vestido, exponiendo sus senos plenos, pezones endurecidos por el fresco del aire y la excitación. Él los lamió con devoción, lengua caliente trazando círculos que la hicieron gemir. ¡Ay, cabrón, no pares! escapó de sus labios, voz ronca de necesidad.
Valeria lo empujó juguetona, invirtiendo posiciones. Ahora me toca a mí, vato. Sus uñas arañaron suave su pecho, bajando hasta el bulto evidente en sus jeans. Lo liberó con hambre, su verga gruesa saltando libre, venosa y palpitante. El olor almizclado de su arousal la invadió, embriagador como feromonas puras. La tomó en su boca, saboreando la sal de su piel, la textura sedosa bajo su lengua. Diego gruñó profundo, manos enredadas en su cabello negro ondulado. Qué rica mamada, mi amor, jadeó, caderas moviéndose instintivo pero controlado, siempre atento a sus señales.
La levantó en brazos como si no pesara nada, camino al cuarto iluminado tenue por luces LED rojas. La cama king size los esperaba, sábanas de algodón egipcio frescas al tacto. La depositó con cuidado, desnudándose rápido. Su cuerpo atlético brillaba con sudor ligero, músculos flexionándose. Valeria abrió las piernas, invitándolo, su coño húmedo reluciendo, labios hinchados de deseo. Vente, Diego, fóllame ya, rogó, voz temblorosa.
Él se posicionó, frotando la punta contra su entrada, lubricándola con sus jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola delicioso. Ambos gimieron al unísono, el sonido crudo rebotando en las paredes. Estás tan apretadita, chula, murmuró, embistiendo hondo pero pausado. Ella clavó uñas en su espalda, sintiendo cada vena, cada pulso de él dentro. El slap de piel contra piel, húmedo y rítmico, llenaba el aire junto a sus respiraciones entrecortadas. Olía a sexo puro: sudor salado, esencia íntima, mezcal en sus alientos.
La tensión crecía como ola imparable. Diego aceleró, ángulo perfecto rozando su clítoris interno. Valeria gritó placer, ¡Más duro, pendejo, dame todo! riendo entre jadeos. Él obedeció, manos en sus caderas guiando, labios capturando los suyos en beso feroz, lenguas danzando salvajes. Sus pechos rebotaban con cada estocada, pezones rozando su pecho velludo. El calor entre ellos era infernal, pieles pegajosas, corazonazos martilleando sincronizados.
Valeria sintió el orgasmo aproximándose, como fuego subiendo por su espina.
En este capítulo 34 de pasión, nos perdemos del todo, pensó fugaz, mientras sus paredes lo apretaban rítmico. Voy a venirme, amor, avisó, y él redobló, pulgar en su clítoris frotando experto. Explosó en éxtasis, visión nublándose, cuerpo convulsionando, chorros calientes empapándolos. Diego la siguió segundos después, gruñendo su nombre, llenándola con su leche caliente, pulsos interminables.
Colapsaron entrelazados, respiraciones calmándose gradual. El cuarto olía a satisfacción postcoital, dulce y terroso. Diego la besó la frente, Te amo, mi reina mexicana, voz suave ahora. Valeria sonrió, trazando patrones en su pecho húmedo. Y yo a ti, mi Diego chingón. Esto fue épico. Se quedaron así, piel con piel, el skyline testigo mudo de su unión. Mañana el mundo seguiría girando con su caos citadino, pero esta noche, en su burbuja de pasión, todo era perfecto. El eco de sus gemidos aún vibraba en el aire, promesa de más capítulos por venir.