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Marco Antonio Solís y Pasión Vega en Éxtasis Nocturno

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Marco Antonio Solís y Pasión Vega en Éxtasis Nocturno

La cantina en el corazón de Guadalajara bullía de vida esa noche de viernes. El olor a tortillas recién hechas se mezclaba con el aroma fuerte del tequila añejo y el sudor de los cuerpos que se movían al ritmo de la música ranchera. Tú estabas sentada en la barra, con un mezcal en la mano, sintiendo cómo la voz grave y melosa de Marco Antonio Solís llenaba el lugar con "Si No Te Hubieras Ido". Cada nota te erizaba la piel, recordándote amores pasados que ardían como brasas. Qué chido sería encontrar a alguien que despierte esta pasión dormida, pensabas, mientras el líquido ámbar bajaba por tu garganta, calentándote el pecho.

De repente, un hombre alto y moreno se acercó, con una sonrisa pícara que iluminaba sus ojos oscuros. Vestía camisa ajustada que marcaba sus pectorales firmes y jeans que abrazaban sus caderas. "Órale, preciosa, ¿te gusta Marco Antonio Solís? Esa rola siempre me pone sentimental, pero con una mujer como tú, se vuelve puro fuego. ¿Has oído a Pasión Vega? Su voz es como un susurro que te quema por dentro". Su voz era ronca, con ese acento tapatío que te hacía cosquillas en el estómago. Te miró fijo, y sentiste un cosquilleo entre las piernas, como si el aire se hubiera cargado de electricidad.

Este wey es guapo de verdad, con esa mirada que promete travesuras. ¿Y si me dejo llevar? Hace meses que no siento un hombre así de cerca.

Asentiste, riendo bajito. "Sí, carnal, Marco Antonio Solís y Pasión Vega son los reyes de la pasión. Sus canciones me hacen soñar despierta". Pidió otra ronda, y mientras charlaban, sus rodillas se rozaban bajo la barra. El calor de su piel traspasaba la tela, y el olor de su colonia fresca, mezclada con un toque masculino, te mareaba. Hablaban de rancheras, de amores intensos, y cada roce accidental hacía que tu pulso se acelerara. "Bailamos", te dijo al fin, extendiendo la mano. No pudiste negarte.

En la pista improvisada, sus manos fuertes se posaron en tu cintura, atrayéndote contra su pecho duro. El ritmo lento de otra balada de Marco Antonio Solís los mecía, y sentiste su verga semierecta presionando contra tu vientre. ¡No mames, qué grande se siente! Su aliento caliente en tu cuello olía a tequila y deseo, mientras sus dedos trazaban círculos suaves en tu espalda baja. "Eres una tentación, mami", murmuró, rozando tus labios con los suyos en un beso tentativo. Respondiste con hambre, tu lengua explorando la suya, saboreando el salado dulce de su boca. El mundo se redujo a ese contacto, al latido compartido, al roce de sus caderas que te hacía mojar las bragas.

La tensión crecía con cada giro. Sus manos bajaron a tus nalgas, apretándolas con firmeza posesiva pero tierna. "Vamos a algún lado más privado", jadeó contra tu oreja, y tú, con el corazón galopando, asentiste. Salieron tomados de la mano, el aire fresco de la noche contrastando con el fuego interno. Caminaron hasta un motel cercano, de esos con luces neón y habitaciones discretas. El recepcionista ni los miró dos veces. Dentro, la cama king size los esperaba, con sábanas blancas que prometían desorden.

Se besaron con urgencia contra la puerta, quitándose la ropa entre risas y gemidos. Su camisa voló, revelando un torso esculpido, con vello oscuro que bajaba hasta su abdomen marcado. Tú desabrochaste tus jeans, dejando que cayeran, quedando en tanga negra que apenas cubría tu panocha húmeda. Él gruñó de aprobación, arrodillándose para besar tu ombligo, bajando lento por tu vientre. El olor de tu excitación flotaba en el aire, almizclado y dulce. "Qué rica hueles, chula", dijo, lamiendo la piel sensible de tus muslos internos. Tus rodillas temblaron cuando su lengua rozó el borde de la tela.

¡Ay, wey, me vas a volver loca! Cada lamida es como una descarga eléctrica directo al clítoris.

Te tumbó en la cama con gentileza, quitándote la tanga despacio. Sus ojos devoraban tu desnudez: pechos firmes con pezones erectos, panochita depilada brillando de jugos. "Eres perfecta", susurró, antes de hundir la cara entre tus piernas. Su lengua experta lamió tu clítoris hinchado, chupando suave al principio, luego con más hambre. Gemiste alto, arqueando la espalda, sintiendo el roce áspero de su barba en tus labios mayores. El sabor salado de tus fluidos lo volvía loco; introdujo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto que te hacía ver estrellas. "¡Más, pendejito, no pares!", suplicaste, clavando las uñas en su cabeza. El sonido húmedo de su boca devorándote llenaba la habitación, mezclado con tus jadeos y el zumbido del ventilador.

Pero querías más. Lo empujaste hacia arriba, besando su pecho sudoroso, saboreando la sal de su piel. Bajaste la mano a su verga, dura como piedra, venosa y gruesa, con la cabeza roja goteando precum. "Qué chingona está", dijiste juguetona, masturbándolo lento mientras lamías el glande. Él gimió ronco, enredando dedos en tu pelo. "Chúpamela, ricura". Obedeciste, tragándotela hasta la garganta, sintiendo cómo palpitaba contra tu lengua. El gusto salado te excitaba más, y alternabas succiones profundas con lamidas en los huevos pesados. Sus caderas se movían instintivas, follando tu boca con cuidado, pero la intensidad crecía.

No aguantaron más. Te recostó boca arriba, abriendo tus piernas con manos temblorosas de deseo. "Te voy a coger rico, ¿sí, amor?". "Sí, métemela toda", respondiste, guiándolo. La punta rozó tu entrada empapada, deslizándose adentro centímetro a centímetro. ¡Madre mía, me llena tanto! Llenó tu panocha hasta el fondo, estirándote deliciosamente. Empezó a bombear lento, cada embestida rozando tu G-spot, haciendo que tus paredes internas se contrajeran. El slap-slap de piel contra piel resonaba, junto al chirrido de la cama. Sudor perló sus cuerpos, goteando entre tus chichis mientras él los mamaba, mordisqueando pezones.

Cambiaron posiciones; te pusiste encima, cabalgándolo como reina. Tus caderas giraban, frotando el clítoris contra su pubis piloso. Él apretaba tus nalgas, guiando el ritmo. "¡Qué nalgas tan firmes, mami! Cógeme más duro". Aceleraste, sintiendo el orgasmo acercarse como ola gigante. El olor a sexo impregnaba todo: almizcle, sudor, fluidos mezclados. Tus gemidos se volvieron gritos: "¡Me vengo, wey, no pares!". El clímax te sacudió, panocha apretando su verga en espasmos, jugos chorreando por sus bolas. Él rugió, volteándote para follarte en misionero salvaje, embistiendo profundo hasta vaciarse dentro, chorros calientes inundándote.

Jadeantes, colapsaron entrelazados. Su semen tibio goteaba de ti, mezclándose con tus jugos en las sábanas revueltas. Besos suaves post-orgasmo, caricias perezosas. Puso la radio bajito, y sonó otra de Marco Antonio Solís, evocando la pasión de Pasión Vega. "Esto fue como sus canciones, puro éxtasis", murmuró él, acariciando tu mejilla. Tú sonreíste, sintiendo el corazón lleno, el cuerpo saciado.

Quién diría que una noche en la cantina, con Marco Antonio Solís y Pasión Vega de fondo, me daría el mejor polvo de mi vida. Quiero más de esto, más de él.

Se quedaron así hasta el amanecer, cuerpos pegajosos, almas conectadas en esa resaca dulce de placer compartido. La ciudad despertaba afuera, pero en esa habitación, el fuego de la noche ardía eterno.

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