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Final Erótico de la Novela Abismo de Pasión

7969 palabras

Final Erótico de la Novela Abismo de Pasión

Lucía se recargaba en el balcón de la hacienda, con el sol del atardecer tiñendo de naranja las viñas que se extendían hasta el horizonte. El aire traía el aroma dulce de las uvas maduras y un toque salino del mar cercano, en esa costa de Veracruz que siempre la hacía sentir viva. Vestía un huipil ligero que se pegaba a sus curvas por la brisa juguetona, y en sus manos sostenía el último capítulo de Abismo de Pasión, la novela que había devorado durante semanas. Pero su mente no estaba en las páginas; estaba en Alejandro, su amante, el hombre que había despertado en ella un fuego que ni las tramas más intensas de telenovela podían igualar.

Alejandro salió del interior de la casa, su camisa blanca desabotonada dejando ver el pecho moreno y musculoso, forjado por años trabajando en los campos familiares. Sus ojos oscuros la buscaron de inmediato, y una sonrisa pícara se dibujó en su rostro. Órale, qué morra tan chula, pensó él, sintiendo cómo su pulso se aceleraba al verla allí, con el cabello negro suelto ondeando como bandera de deseo.

Mi reina, ¿todavía con esa novela? —dijo él acercándose, su voz grave resonando como un ronroneo que erizaba la piel de Lucía.

Ella giró, dejando el libro en la mesa de mimbre. Sus pechos subían y bajaban con anticipación, y el roce del tejido contra sus pezones endurecidos la hizo morderse el labio.

—Sí, carnal. Pero neta, este final de la novela Abismo de Pasión me dejó con un vacío. Los protagonistas se aman tanto, pero no lo consuman como se merecen. ¿Y si nosotros lo hacemos mejor? —Sus palabras eran un susurro cargado de promesas, mientras sus dedos trazaban el borde de su escote, invitándolo.

Alejandro sintió el calor subirle por el cuello. La tensión entre ellos había crecido durante días: miradas robadas en la cocina, roces accidentales que no lo eran, noches en que se oían gemidos ahogados a través de las paredes de la hacienda. Era su propio abismo, un pozo de pasión que los jalaba sin remedio.

Si la toco ahora, no hay vuelta atrás. Pero qué chingón sería caer juntos, pensó él, su verga ya endureciéndose bajo los jeans ajustados.

Lucía lo tomó de la mano y lo llevó adentro, al salón principal con sus muebles de caoba y cortinas de lino que filtraban la luz dorada. El suelo de loseta fría contrastaba con el calor que emanaba de sus cuerpos. Se pararon frente a un espejo antiguo, donde sus reflejos se fundían como en un sueño erótico.

—Míranos, Alejandro. Somos el final de la novela Abismo de Pasión, pero en carne y hueso. Sin villanos, sin mentiras. Solo tú y yo, chingándonos como animales en celo —murmuró ella, presionando su culo redondo contra su entrepierna.

Él gruñó, un sonido gutural que vibró en el pecho de Lucía. Sus manos grandes subieron por sus caderas, levantando el huipil hasta dejarla en ropa interior de encaje rojo. El olor de su piel, mezcla de jazmín y sudor fresco, lo invadió, embriagándolo más que cualquier tequila.

Acto primero de su pasión: los besos. Lucía giró y aplastó sus labios contra los de él, lenguas danzando en un duelo húmedo y salvaje. Saboreó la sal de su boca, el leve dulzor de la fruta que había comido antes. Sus manos exploraron: ella metió las uñas en su espalda, él amasó sus nalgas con fuerza, separándolas para sentir el calor que emanaba de su panocha ya mojada.

—Ay, wey, qué rico besas —jadeó ella, rompiendo el beso para lamer su cuello, mordisqueando la piel salada.

Se tumbaron en el sofá amplio, el cuero crujiendo bajo su peso. Alejandro quitó su camisa, revelando abdominales que Lucía trazó con la lengua, bajando hasta el botón de sus jeans. El sonido de la cremallera bajando fue como un trueno en la quietud, y el aroma almizclado de su excitación la golpeó como una ola.

En el medio del abismo, la escalada. Lucía se arrodilló, liberando su verga gruesa y venosa, palpitante como un corazón expuesto. Qué pendejo soy por esperar tanto, se dijo Alejandro, mientras ella la envolvía con la mano, masturbándolo lento, sintiendo cada vena bajo la piel aterciopelada. La baba de su boca la humedeció, y la succionó con hambre, el glande chocando contra su paladar, el sabor salado preeyaculatorio inundándola.

Chúpamela más hondo, mi amor —suplicó él, enredando los dedos en su melena.

Ella obedeció, gimiendo vibraciones que lo volvieron loco. Pero no quería acabar así. La levantó, quitándole las bragas con un tirón juguetón. Su panocha depilada brillaba de jugos, el clítoris hinchado como una perla rosada. Alejandro se hincó, inhalando su esencia íntima, ese olor terroso y dulce que lo hacía babear. Su lengua la invadió, lamiendo pliegues, chupando el botón con succiones rítmicas. Lucía arqueó la espalda, sus uñas clavándose en sus hombros, el sonido de sus gemidos rebotando en las paredes.

¡No pares, cabrón! ¡Me vengo! —gritó, su cuerpo convulsionando, chorros calientes empapando la cara de él.

Esto es el paraíso, neta. Su sabor en mi lengua, su temblor en mis manos... no hay abismo más profundo, reflexionó Alejandro, lamiéndose los labios.

La tensión psicológica ardía: Lucía recordaba las traiciones de la novela, pero aquí no había nada más que confianza. Él es mío, y yo suya. Que se joda el mundo. Lo empujó al sofá, montándolo a horcajadas. Su verga rozó la entrada de su coño, lubricado y ansioso. Bajó despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirarla, llenarla hasta el fondo. El roce de sus paredes contra él era eléctrico, pulsos compartidos en un ritmo ancestral.

—Muévete, pendeja rica, cabalga como reina —la animó él, palmeando su culo con un chasquido que resonó.

Ella lo hizo, rebotando con fuerza, pechos saltando libres. El sudor les unía, piel resbaladiza, el slap-slap de carne contra carne mezclándose con jadeos y maldiciones cariñosas. Alejandro la sujetó por la cintura, embistiéndola desde abajo, su glande golpeando el cervix en ángulos perfectos. El olor del sexo impregnaba el aire, espeso y adictivo.

Cambiaron posiciones: él la puso a cuatro patas frente al espejo, para que vieran su unión. Lucía vio su rostro en éxtasis, mejillas sonrojadas, ojos vidriosos. Alejandro la penetró de nuevo, profundo y brutal pero consentido, sus bolas chocando contra su clítoris. Una mano le pellizcaba los pezones, la otra frotaba el botón hinchado.

¡Más fuerte, mi rey! ¡Rompe este abismo de pasión! —suplicó ella, empujando hacia atrás.

La intensidad creció, corazones galopando al unísono, respiraciones entrecortadas. Alejandro sintió las contracciones de su coño ordeñándolo, y se dejó ir, gruñendo como bestia mientras eyaculaba chorros calientes dentro de ella, llenándola hasta desbordar. Lucía explotó segundos después, un orgasmo que la dejó temblando, lágrimas de placer rodando por sus mejillas.

En el final, el afterglow. Colapsaron juntos, cuerpos entrelazados en el sofá, piel pegajosa de sudor y fluidos. El sol se había puesto, dejando la habitación en penumbras suaves, solo iluminada por velas que Alejandro encendió después. Él la besó en la frente, inhalando su cabello húmedo.

—Esto fue mejor que cualquier final de la novela Abismo de Pasión, ¿verdad? —dijo él, riendo bajito.

Lucía sonrió, trazando círculos en su pecho con el dedo. Es nuestro final, y apenas empieza.

Se quedaron así, escuchando el viento en las viñas, el latido calmado del otro. No había arrepentimientos, solo una paz profunda, empoderados en su entrega mutua. La hacienda guardaba su secreto, un capítulo erótico escrito en gemidos y caricias, eterno como el mar que rugía a lo lejos.

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