Pasión Capítulo 63 La Llama que Arde
Era una noche de esas que te hacen sentir viva en la CDMX, con el skyline de Reforma brillando como diamantes falsos bajo las luces neón. Yo, Ana, acababa de salir de una reunión en Polanco, vestida con ese vestido rojo ceñido que me hace sentir como diosa mexicana. Hacía calor, pero no del asfalto, sino de adentro. Ahí estaba él, Javier, mi ex de la uni, el wey que me dejó con el corazón hecho pedazos hace años, pero que ahora me miraba como si quisiera devorarme entera.
Órale, Ana, no seas pendeja, me dije mientras tomaba mi margarita en el bar del hotel. Pero sus ojos cafés, profundos como el tequila añejo, me atraparon. Se acercó, oliendo a colonia cara mezclada con ese sudor varonil que me pone loca. "Neta, Ana, estás más chula que nunca", murmuró, su voz ronca rozándome la oreja. Sentí un cosquilleo en la piel, como si miles de hormiguitas bailaran por mi espalda.
Nos pusimos a platicar de la vida, de cómo él ahora era chef en un restaurante fancy en Condesa, y yo escribía cuentos eróticos para mi blog. "Sabes, este encuentro se siente como Pasión Capítulo 63", le dije riendo, refiriéndome a esa telenovela vieja que veíamos de morros, donde la protagonista siempre terminaba enredada en sábanas de pasión desbocada. Él sonrió pícaro: "Pues hagamos nuestro propio capítulo, mi reina". El deseo crecía lento, como el fuego que enciende un carbón en la parrilla.
¿Y si esta vez no lo dejo ir? Mi cuerpo ya grita por él, por sentir sus manos grandes recorriéndome.
Salimos del bar tomados de la mano, el aire nocturno cargado de jazmín y escape de coches. Caminamos hasta su depa en la Roma, riendo de tonterías, pero la tensión era palpable. Cada roce de sus dedos en mi cintura mandaba chispas directas a mi entrepierna. Subimos en el elevador, solos, y no aguanté más: lo besé. Sus labios sabían a sal y limón, su lengua invadiendo mi boca con hambre acumulada. Gemí bajito, sintiendo su verga endureciéndose contra mi vientre.
Adentro, la luz tenue de las velas que él siempre prende pintaba sombras en las paredes blancas. Me quitó el vestido despacio, besando cada centímetro de piel que descubría. "Eres mi tentación, Ana", susurró, su aliento caliente en mis pechos. Sus manos, callosas de tanto amasar masa para tacos al pastor, me masajearon los senos, pellizcando los pezones hasta ponérmelos duros como piedras de obsidiana. Olía a su piel morena, a tierra fértil después de la lluvia, mezclado con mi aroma de excitación, ese almizcle dulce que sale cuando estás mojada de verdad.
Me tendí en la cama king size, las sábanas de algodón egipcio frescas contra mi espalda ardiente. Javier se desnudó, su cuerpo atlético brillando bajo la luz, músculos definidos de tanto gym y correr por Chapultepec. Su verga erecta, gruesa y venosa, apuntaba hacia mí como un arma cargada. Neta, qué pinga tan chingona, pensé, lamiéndome los labios. Me abrió las piernas con gentileza, besando mis muslos internos, mordisqueando hasta llegar a mi concha empapada.
Su lengua fue mágica, lamiendo mi clítoris en círculos lentos, chupando mis labios hinchados. "¡Ay, Javier, no pares, cabrón!", grité, arqueando la cadera. El sonido de su succión era obsceno, jugoso, mezclado con mis jadeos y el tráfico lejano de Insurgentes. Sentía el pulso acelerado en mi cuello, el corazón latiéndome en el pecho como tamborazo zacatecano. Introdujo dos dedos gruesos, curvándolos para tocar ese punto G que me hace ver estrellas. El orgasmo vino en olas, mi cuerpo temblando, chorros de placer mojando su barbilla.
Esto es puro fuego, como si mi alma ardiera en brasas. Pasión Capítulo 63 no miente: el deseo verdadero te consume.
Pero no paró. Me volteó boca abajo, besando mi nuca, mi espalda, hasta llegar a mis nalgas firmes. Me azotó suave, juguetón: "Estas nalguitas me vuelven loco, pendejita". Reí entre gemidos, empujando contra él. Su verga rozó mi entrada, caliente, resbalosa por mis jugos. "Dime que la quieres, Ana", pidió, su voz temblorosa de contención. "Sí, métemela toda, mi amor, hazme tuya", rogué, desesperada.
Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Era enorme, llenándome hasta el fondo, tocando lugares que nadie más alcanza. Empezó a bombear, lento al principio, cada embestida mandando ondas de placer por mi espina. El slap-slap de su pelvis contra mis nalgas resonaba en la habitación, sincronizado con nuestros gemidos. Sudábamos, el olor a sexo puro impregnando el aire, salado y animal.
Me giró de nuevo, cara a cara, para mirarnos a los ojos. Sus pupilas dilatadas, mi rostro contorsionado de éxtasis. "Te amo, Ana, siempre te he amado", confesó entre thrusts profundos. Aceleró, sus bolas golpeando mi perineo, mis uñas clavándose en su espalda tatuada con un águila realista. El clímax se acercaba, tensión en espiral, como cuerda de arco a punto de romperse. "¡Me vengo, Javier! ¡Chíngame más duro!", aullé.
Explotamos juntos, su verga palpitando dentro de mí, llenándome de semen caliente, espeso. Mi concha se contrajo en espasmos, ordeñándolo hasta la última gota. Colapsamos, jadeantes, cuerpos enredados, piel pegajosa de sudor. Besos suaves ahora, lenguas perezosas saboreando el aftertaste salado.
Después, en la calma, fumamos un cigarro en la terraza, viendo las luces de la ciudad. "Esto fue mejor que cualquier capítulo de Pasión Capítulo 63", dije, acurrucada en su pecho firme. Él rio: "Es nuestro capítulo, y hay más por venir, mi vida". Sentí paz, esa satisfacción profunda que solo da un polvo bien dado, con alma y cuerpo entregados.
Me quedé dormida oliendo su esencia, soñando con infinitas noches así. La llama de la pasión no se apaga; solo espera el siguiente soplo de viento para arder más fuerte.