Diario de una Pasión Final
Querido diario de una pasión final, hoy es el día que tanto temí y anhelé. Luis regresa esta noche, después de meses de ausencia por ese pinche trabajo en Monterrey. Neta, mi cuerpo lo extraña como si fuera el último trago de mezcal en una fiesta interminable. Me miro en el espejo del baño, mi piel morena brilla bajo la luz tenue, los pezones ya duros solo de pensarlo. Me pongo ese vestido rojo ceñido que él adora, el que deja ver el contorno de mis curvas sin decir ni madres. El aroma de mi perfume, jazmín y vainilla, flota en el aire como una promesa pecaminosa.
La puerta suena a las ocho en punto. Abro y ahí está, alto, con esa sonrisa pícara que me deshace. "Órale, Ana, estás más rica que nunca", dice mientras me jala contra su pecho. Su olor a colonia fresca y sudor limpio me invade, y siento su verga ya semi-dura contra mi vientre. Nos besamos como fieras, lenguas enredadas, saboreando el tequila que traigo en la boca. Sus manos recorren mi espalda, bajan a mis nalgas y aprietan con fuerza juguetona. Este cabrón sabe cómo encenderme, pienso mientras mis chones se humedecen.
Hoy empieza lo que será mi diario de una pasión final. No más idas y venidas, esta noche lo despido como se merece: con fuego en las venas.
Lo arrastro al sillón de la sala, la ciudad late afuera por la ventana, luces de autos y el bullicio lejano de la Colonia Roma. Nos sentamos, él en medio, yo a horcajadas. Le desabrocho la camisa despacio, besando cada centímetro de su pecho velludo, oliendo su piel salada. "Te extrañé, mi amor, tu panocha me vuelve loco", murmura con voz ronca. Río bajito, pendejo encantador, y le muerdo un pezón, sintiendo cómo se endurece bajo mis labios. Mi mano baja a su pantalón, libero su verga gruesa, palpitante, ya goteando pre-semen que lame mis dedos. La acaricio lento, arriba y abajo, oyendo sus gemidos guturales que retumban en mi clítoris.
Pero no quiero apresurar. Esta es nuestra última noche, la tengo que saborear. Me levanto, bailo para él al ritmo de un corrido romántico que sale del Bluetooth, meneando las caderas, dejando que el vestido suba y revele mis muslos firmes. Sus ojos me devoran, las pupilas dilatadas como pozos negros. "Ven acá, nena, no me hagas sufrir". Me acerco gateando, le hago una mamada de campeonato: labios suaves al principio, lengua girando en la cabeza, luego chupando hondo hasta que tose de placer. El sabor salado me enloquece, su mano en mi pelo guiándome con ternura posesiva. Siento mi humedad correr por las piernas, el aire fresco rozando mi piel expuesta.
Acto seguido, me quita el vestido de un tirón, quedo en lencería negra, tetas al aire. Me tumba en el sillón, besa mi cuello, baja por el valle de mis senos, mordisquea los pezones hasta que grito bajito. Su boca es un volcán. Lame mi ombligo, llega a mis chones empapados. Los arranca y entierra la cara en mi panocha, lengua experta lamiendo el clítoris en círculos, chupando mis labios hinchados. Huele a sexo puro, a mi excitación almizclada. Meto dedos en su pelo, arqueo la espalda, "¡Sí, Luis, así, no pares, cabrón!". El orgasmo me sacude como terremoto, jugos saliendo a chorros, piernas temblando contra su cara barbuda.
Pero él no ha terminado. Me voltea boca abajo, nalgas en pompa. Siento sus dedos untados en mi crema natural, abriéndome, preparándome. "¿Quieres que te chupe el culo, mi reina?" Asiento, jadeante. Su lengua ahí, caliente y húmeda, me hace gemir como loca. Luego, su verga presiona mi entrada, entra despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento duele rico, placer punzante. Empieza a bombear, lento al principio, piel contra piel chocando con palmadas húmedas. El sudor nos cubre, gotea entre mis tetas, huele a nosotros, a pasión cruda mexicana.
En este diario de una pasión final, anoto cada embestida como un tatuaje en el alma. Su verga me parte en dos, pero es glorioso.
Acelera, manos en mis caderas, jalándome contra él. Cambio de posición: yo arriba, cabalgándolo como jinete en rodeo. Sus bolas rebotan contra mi culo, clítoris frotando su pubis. Veo su cara de éxtasis, músculos tensos, venas hinchadas en el cuello. Es mío esta noche, todo mío. Bajo y subo, tetas brincando, uñas clavadas en su pecho. Él pellizca mis pezones, "Córrete conmigo, Ana, neta que te amo". La tensión sube, mi vientre se contrae, grito su nombre mientras exploto de nuevo, paredes apretando su verga como puño. Él ruge, se vacía dentro, semen caliente inundándome, pulsos interminables.
Colapsamos, enredados, respiraciones agitadas sincronizadas. Su semen sale goteando de mí, mezclándose con mis jugos en el sillón. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El aire huele a sexo satisfecho, a sábanas revueltas aunque no llegamos a la cama. Me acurruco en su pecho, escucho su corazón galopando calmándose. "¿Por qué final, mi vida?", pregunta. Le explico con voz ronca: quiero más, él viaja demasiado, esta pasión merece un cierre épico para renacer o morir. Él asiente, entiende, me besa la frente.
Nos duchamos juntos, agua caliente cascando sobre cuerpos exhaustos. Jabón en sus manos recorre mis curvas, dedos juguetones en mi clítoris aún sensible. Reímos, qué chido es esto. Salimos envueltos en toallas, pedimos tacos de la esquina, comemos en la cama con salsa picosa que quema la lengua como recordatorio de nuestro fuego. Charla profunda: sueños, miedos, lo que fue y no será. Lágrimas mías, suaves, por la belleza del adiós.
Cierro este diario de una pasión final con gratitud. Luis se fue al amanecer, pero me llevo su esencia en cada poro. Fui dueña de mi placer, empoderada en su abrazo. Mañana, nueva vida, pero esta noche fue eterna.
Ahora, sola, siento el eco de su toque en mi piel, el fantasma de su verga en mi interior. Mi mano baja instintivamente, me masturbo lento recordándolo, orgasmo suave como despedida. Duermo plácida, sabiendo que amé con todo y solté sin rencor. Gracias, pasión final, por enseñarme a arder y renacer de las cenizas.