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Pasión Desnuda del Elenco de Abismo de Pasion

7325 palabras

Pasión Desnuda del Elenco de Abismo de Pasion

El sol de La Laguna se colaba por las ventanas del set de grabación, tiñendo todo de un dorado intenso que hacía brillar el maquillaje de las actrices. Yo, Marisol, acababa de entrar al elenco de la novela Abismo de Pasion, ese proyecto que prometía ser el hit del año con sus tramas de venganza, amores imposibles y pasiones que queman. Pero nada me preparó para el fuego real que encontré ahí, en los ojos de Gael, el galán principal. Alto, moreno, con esa mandíbula marcada y un cuerpo que parecía esculpido por los dioses prehispánicos. Cada vez que ensayábamos una escena de celos, su aliento cálido rozaba mi cuello y yo sentía un cosquilleo traicionero entre las piernas.

¿Por qué carajos me afecta tanto este wey? me preguntaba mientras me ajustaba el escote del vestido rojo que usaba para la escena del día. El director gritaba "¡Luz, cámara, acción!" y Gael me tomaba de la cintura, sus dedos firmes hundiéndose en mi piel como si ya supiera todos mis secretos. El aroma de su colonia, mezclado con sudor fresco, me invadía las fosas nasales, y yo tenía que morderme el labio para no gemir en vivo.

"¡Eres mía, aunque me odies!", decía él, con esa voz grave que retumbaba en mi pecho.
Neta, al corte, mis pezones estaban duros como piedras bajo la tela.

Después de la toma perfecta, el elenco se dispersó hacia los trailers. Yo me quedé rezagada, fingiendo revisar mi libreto, pero en realidad observándolo a él. Gael se quitó la camisa empapada, revelando un torso lampiño y musculoso, con gotas de sudor resbalando hacia el borde de sus jeans. Chingado, qué tentación, pensé, sintiendo un calor húmedo crecer en mi centro. Él me pilló mirándolo y sonrió con picardía, ese hoyuelo en la mejilla que lo hacía ver como un diablo disfrazado de ángel.

—Oye, Marisol, ¿vamos a repasar la escena del beso en mi trailer? El director dijo que necesita más intensidad —me dijo, con los ojos clavados en mis labios.

Mi corazón latió como tambor de mariachi. ¿Intensidad? Claro, carnal, como no. Asentí, tragando saliva, y lo seguí hasta su espacio privado, un remolque con aire acondicionado que olía a cuero nuevo y a su esencia masculina.

Adentro, el ambiente cambió. Cerró la puerta con un clic suave, y el mundo exterior se apagó. Se acercó despacio, su pecho subiendo y bajando con respiración pesada. —Neta, desde el primer día que te vi en el elenco de la novela Abismo de Pasion, supe que esto iba a pasar —murmuró, rozando mi brazo con las yemas de los dedos. Su tacto era eléctrico, enviando chispas directo a mi clítoris. Yo levanté la vista, perdida en sus pupilas oscuras, y susurré:

—Yo también, Gael. Me traes loca con solo verte moverte.

Sus labios cayeron sobre los míos como una tormenta. Fue un beso hambriento, lenguas danzando con sabor a menta y deseo puro. Sus manos exploraron mi espalda, bajando hasta mis nalgas, apretándolas con fuerza juguetona. "¡Ay, wey, qué rico!" gemí contra su boca, mientras él me levantaba contra la pared del trailer. Sentí su verga dura presionando mi monte de Venus a través de la tela, gruesa y palpitante, prometiendo placer infinito.

Me deslizó el vestido por los hombros, exponiendo mis tetas llenas, pezones erectos suplicando atención. Los lamió con devoción, chupando uno mientras pellizcaba el otro, enviando ondas de placer que me mojaban las panties. Olía a mi propia excitación, ese almizcle dulce que lo enloquecía. —Qué chingonas están, nena —gruñó, mordisqueando suave. Yo arqueé la espalda, clavando uñas en su nuca, el sonido de nuestros jadeos llenando el espacio confinado.

Lo empujé hacia el sofá, queriendo tomar control. Le desabroché los jeans, liberando su miembro erecto, venoso y grueso, con una gota de precum brillando en la punta. ¡Madre santa, qué pedazo de verga! Lo tomé en mi mano, sintiendo su calor y pulso acelerado, y lo masturbé lento, viendo cómo sus caderas se movían instintivas. Él gimió ronco,

"Sigue así, Marisol, me vas a hacer venir ya."
Pero no lo dejé; me arrodillé, oliendo su masculinidad pura, y lo lamí desde la base hasta la cabeza, saboreando salado y adictivo. Lo chupé profundo, garganta relajada, mientras él enredaba dedos en mi pelo, guiándome con ternura.

La tensión crecía como lava en volcán. Gael me levantó, quitándome las panties de un tirón. Mis labios vaginales hinchados brillaban de jugos, y él se arrodilló, inhalando mi aroma embriagador. —Hueles a paraíso, mi reina —dijo antes de hundir la lengua en mi panocha. Lamidas expertas en el clítoris, succionando mis labios, dedos curvándose dentro de mí tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Grité su nombre, piernas temblando, el sonido de su boca chupando mis fluidos obsceno y delicioso. ¡No pares, cabrón, estoy cerca! Pero él se detuvo, juguetón, y me tumbó en el sofá.

Se posicionó entre mis muslos, su verga rozando mi entrada húmeda. Nuestros ojos se encontraron, un pacto silencioso de deseo mutuo. —Te quiero dentro, Gael, ya —supliqué. Empujó lento, centímetro a centímetro, estirándome con placer ardiente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. Gemimos al unísono, piel contra piel sudada, el slap de cuerpos uniéndose rítmico.

Empezó a bombear, primero suave, saboreando cada embestida. Yo envolví piernas en su cintura, clavándolo más profundo. Qué rico se siente, neta, como si estuviéramos hechos el uno para el otro. Aceleró, caderas chocando con fuerza, mis tetas rebotando, sus bolas golpeando mi culo. Sudor nos unía, olor a sexo impregnando el aire. Él me besaba el cuello, mordiendo oreja, susurrando guarradas: "Tu panocha me aprieta tan chido, Marisol, voy a llenarte."

La intensidad escaló. Cambiamos posiciones; yo encima, cabalgándolo como amazona. Sus manos en mis caderas guiaban, mientras yo rebotaba, verga saliendo y entrando, clítoris frotándose en su pubis. El placer se acumulaba, un nudo apretado en mi vientre. Él se incorporó, chupando mis tetas, y eso me llevó al borde. —¡Me vengo, Gael! —grité, contrayéndome alrededor de él, olas de éxtasis sacudiéndome, jugos empapándonos.

Él gruñó salvaje, embistiendo unas veces más antes de explotar dentro, chorros calientes llenándome, su rostro contorsionado en placer puro. Colapsamos juntos, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos y satisfechos. Su verga aún palpitaba dentro, prolongando las réplicas.

Minutos después, nos acurrucamos en el sofá, piel tibia contra piel. El trailer olía a nosotros, a sexo consumado y promesas. —Esto no fue solo un ensayo, ¿verdad? —pregunté, trazando círculos en su pecho.

—Neta que no, mi amor. En el elenco de la novela Abismo de Pasion encontré mi verdadero abismo: tú —respondió, besándome la frente.

Salimos del trailer al atardecer, manos entrelazadas disimuladamente. El set bullía de vida, pero nuestro secreto ardía más fuerte. Sabía que esto era solo el principio, que cada escena grabada sería pretexto para más noches de pasión desenfrenada. Y qué chido, porque lo quiero todo con él.

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