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Pasion Prohibida Capitulo 53 El Susurro de la Piel

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Pasion Prohibida Capitulo 53 El Susurro de la Piel

La noche en Polanco se sentía como un velo de seda negra, con las luces de los restaurantes elegantes parpadeando como estrellas caídas. Yo, Ana, caminaba por la avenida con el corazón latiéndome como tambor de mariachi en fiesta. Hacía semanas que no veía a Rodrigo, mi pasion prohibida, el carnal de mi cuñado. Éramos familia por matrimonio, pero eso no importaba cuando su mirada me desnudaba en las reuniones. Esta era nuestra oportunidad, capitulo 53 de nuestra historia secreta, escondida entre mentiras piadosas y promesas susurradas.

Entré al hotel boutique, el aroma a jazmín y vainilla del lobby me envolvió como un abrazo cálido. Subí al elevador, mis tacones resonando clic-clac contra el mármol. En el espejo, me vi: vestido rojo ceñido que marcaba mis curvas, labios pintados de fuego, el pelo suelto cayendo en ondas salvajes.

¿Y si alguien nos ve? ¿Y si mi marido se entera?
pensé, pero el pulso en mi entrepierna ya latía con anticipación. La puerta de la suite se abrió y ahí estaba él, Rodrigo, con camisa blanca desabotonada lo justo para mostrar su pecho moreno y musculoso, sonrisa de pendejo encantador.

—Ven acá, nena —me dijo con esa voz ronca que me derretía como chocolate en el sol de Guadalajara.

Lo abracé fuerte, su olor a colonia cara y hombre sudado me invadió las fosas nasales. Sus manos grandes bajaron por mi espalda, apretando mi culo con posesión. Nuestros labios se encontraron en un beso hambriento, lenguas danzando como en un tango prohibido. Sentí su erección presionando contra mi vientre, dura como vara de fresno, y un gemido se me escapó.

—Te extrañé tanto, Ana. Neta, cada noche sueño con cogerte —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible.

Acto uno de nuestra noche: el reencuentro. Nos desvestimos despacio en la sala de la suite, con vista al skyline de la ciudad. Él me quitó el vestido, sus dedos rozando mis pezones ya erectos, enviando chispas de placer por mi espina. Yo le arranqué la camisa, lamiendo su pecho salado, probando el sudor fresco de su excitación. Caímos en el sofá de piel suave, él encima de mí, besando cada centímetro: orejas, clavículas, el valle entre mis senos. El aire se llenó del sonido de nuestras respiraciones agitadas y el leve crujir del cuero bajo nuestros cuerpos.

Pero la tension crecía.

Esto es pecado, pero qué rico pecado
, me dije mientras él bajaba por mi vientre, besando la piel temblorosa. Sus manos separaron mis muslos, exponiendo mi sexo húmedo y palpitante. Olía a deseo puro, a miel caliente. Introdujo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, en mi punto G, haciendo que arquease la espalda y gritara su nombre.

—¡Órale, Rodrigo! No pares, cabrón —le supliqué, mis uñas clavándose en sus hombros anchos.

Él rio bajito, ese sonido gutural que me volvía loca. Su lengua reemplazó los dedos, lamiendo mi clítoris con maestría, chupando suave al principio, luego con hambre voraz. Sentí el calor subir desde mi centro, oleadas de placer que me hacían jadear, el sabor de mi propia excitación en su boca cuando me besó después. Le devolví el favor, arrodillándome ante él. Su verga gruesa y venosa saltó libre, palpitante. La tomé en mi mano, sintiendo el calor y la dureza aterciopelada, luego en mi boca, saboreando la sal de su precum, mamándola profunda hasta que gimió como lobo en celo.

El medio tiempo llegó con la escalada imparable. Nos movimos a la cama king size, sábanas de hilo egipcio frías contra nuestra piel ardiente. Rodrigo me puso a cuatro patas, admirando mi culo redondo. Slap, su mano cayó suave, enviando un escozor delicioso. Entró en mí de una estocada, llenándome por completo. El estiramiento fue exquisito, su grosor rozando cada pared sensible. Empezó lento, embistiendo profundo, el sonido húmedo de carne contra carne llenando la habitación, mezclado con nuestros ¡Ay, sí! ¡Más duro!.

Yo empujaba hacia atrás, cabalgando su polla como amazona en rodeo. Sudor perlando su frente, goteando sobre mi espalda, su aroma almizclado envolviéndonos. Cambiamos posiciones: yo encima, montándolo con furia, mis tetas rebotando, sus manos amasándolas, pellizcando pezones hasta el dolor placentero.

Esto es mi pasion prohibida, capitulo 53 de éxtasis robado
, pensé mientras el orgasmo se acercaba como tormenta en el desierto sonorense.

La intensidad creció. Él me volteó, misionero profundo, nuestros ojos clavados. Sentía su corazón tronando contra el mío, pulsos sincronizados. Sus embestidas se volvieron salvajes, el colchón crujiendo en protesta, mis piernas envolviéndolo como enredaderas. El olor a sexo impregnaba el aire, espeso y embriagador. Grité primero, mi coño contrayéndose en espasmos alrededor de su verga, jugos calientes empapando las sábanas. Él se vino segundos después, gruñendo, llenándome con chorros calientes que sentí brotar dentro, su cuerpo temblando sobre el mío.

El final, el afterglow perfecto. Nos quedamos unidos, jadeantes, su peso reconfortante. Besos suaves ahora, lenguas perezosas. El sudor secándose en nuestra piel, enfriándose en la brisa del aire acondicionado. Rodrigo se salió despacio, un hilo de semen conectándonos aún. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón calmarse, inhalando su esencia masculina mezclada con la mía.

—Eres lo mejor que me ha pasado, Ana. Aunque sea prohibido, neta que vales cada riesgo —me dijo, acariciando mi pelo.

Yo sonreí, trazando círculos en su abdomen marcado.

Capitulo 53 cerrado con broche de oro, pero sé que habrá más. Esta pasion prohibida no se apaga
. Miramos las luces de la ciudad por la ventana, sabiendo que pronto volveríamos a nuestras vidas dobles: yo con mi marido, él con su hermana, mi cuñada. Pero en este momento, éramos libres, saciados, envueltos en el aroma persistente de nuestro amor ilícito.

Nos duchamos juntos después, agua caliente cascando sobre cuerpos laxos, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos. Sus manos me lavaron con ternura, dedos explorando una vez más, pero sin prisa. Salimos envueltos en albornoz, pedimos room service: tacos de arrachera y tequilas reposados. Comimos en la cama, riendo de tonterías, como si no fuéramos adúlteros, solo amantes eternos.

Al amanecer, nos despedimos con un beso largo, prometiendo el próximo capitulo. Bajé del hotel con piernas flojas, el recuerdo de su semen aún tibio dentro de mí, un secreto delicioso. La pasion prohibida, capitulo 53, había sido legendaria: fuego, sudor, gemidos y un clímax que me dejó temblando de puro gozo.

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