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Pasiones en la Vida

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Pasiones en la Vida

La música retumbaba en la casa de mi carnal en Polanco, con ese ritmo de cumbia rebajada que te hace mover las caderas sin querer. El aire estaba cargado de olor a tacos al pastor asándose en la terraza y mezcal ahumado que flotaba como una promesa pecaminosa. Yo, Ana, con mi vestido negro ceñido que marcaba cada curva, me sentía viva, neta, como si la noche me estuviera susurrando al oído. Las pasiones en la vida siempre llegan cuando menos las esperas, pensé mientras tomaba un sorbo de mi chela helada, el vidrio sudando contra mi palma caliente.

Allí estaba él, Marco, recargado en la barra improvisada, con una camisa blanca desabotonada que dejaba ver el vello oscuro en su pecho moreno. Sus ojos cafés me clavaron cuando pasé cerca, y su sonrisa pícara me erizó la piel. Órale, qué chulo, murmuré para mí, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo al sur. Se acercó con un trago en la mano, oliendo a colonia fresca mezclada con sudor varonil.

—¿Qué onda, güey? ¿Ya te conquistó la noche? —me dijo con esa voz grave que vibraba en mi pecho.

Reí, juguetona, rozando su brazo con los dedos. —Neta, pero falta algo... o alguien —le guiñé el ojo, y su mirada se oscureció, como si ya imaginara mis piernas alrededor de su cintura.

La tensión empezó ahí, sutil, como el calor que sube antes de la tormenta. Bailamos pegaditos, su mano en mi cintura baja, apretando justo donde duele de placer. Sentía su aliento caliente en mi cuello, el roce de su barba incipiente contra mi piel sensible. Esto es lo que necesitaba, pensé, mientras mi cuerpo respondía con un pulso acelerado entre las piernas. Hablamos pendejadas, de la vida en la CDMX, de cómo el pinche tráfico te quita las ganas de todo menos de follar bien rico.

De pronto, su boca rozó mi oreja. —Ven, quiero mostrarte algo arriba —susurró, y yo, sin pensarlo dos veces, lo seguí por las escaleras chirriantes, el bullicio de la fiesta quedando atrás como un eco lejano.

Entramos a un cuarto oscuro, iluminado solo por la luz de la luna que se colaba por la ventana. Cerró la puerta con llave, y el clic fue como un disparo de deseo. Me empujó contra la pared, suave pero firme, sus labios capturando los míos en un beso que sabía a tequila y urgencia. Gemí bajito, mi lengua danzando con la suya, explorando, probando el salado de su piel cuando bajé a su cuello. Sus manos subieron por mis muslos, levantando el vestido, dedos ásperos rozando mi tanga ya húmeda.

Qué rico se siente esto, pensé, mientras él me mordisqueaba el lóbulo de la oreja, enviando chispas por mi espina. —Marco, cabrón, no pares —le rogué, arañando su espalda bajo la camisa. Se la quitó de un jalón, revelando músculos tensos por el gym, piel bronceada que olía a hombre puro. Lo empujé a la cama king size, trepándome encima, mis tetas rozando su pecho mientras lo besaba con hambre.

La habitación se llenó de nuestros jadeos, el colchón crujiendo bajo nuestro peso. Le desabroché el pantalón, liberando su verga dura, gruesa, palpitante en mi mano. La apreté, sintiendo las venas hinchadas, el calor que emanaba como lava. Él gruñó, profundo, animal, y me volteó boca arriba, quitándome el vestido de un tirón. Mis pezones se endurecieron al aire fresco, y él los lamió, chupó, mordió suave, haciendo que arqueara la espalda con un grito ahogado.

—Eres una diosa, Ana —dijo, bajando besos por mi vientre, hasta llegar a mi coño empapado. Su lengua se hundió ahí, lamiendo mi clítoris con maestría, sorbiendo mis jugos como si fueran el mejor mezcal. Madre mía, qué chingón, pensé, mis caderas moviéndose solas contra su boca, el placer subiendo en olas que me nublaban la vista. Oía mis propios gemidos, roncos, desesperados, mezclados con el lamido húmedo y sus gruñidos de placer.

Lo jalé del pelo, queriendo más, siempre más. — métemela ya, pendejo —le ordené, y él obedeció, posicionándose entre mis piernas abiertas. La punta de su verga rozó mi entrada, lubricada, lista, y empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, llenándome hasta el fondo. Gemimos al unísono, el sudor perlando nuestras pieles, el olor a sexo crudo impregnando el aire.

Empezó a moverse, lento al principio, profundo, sus embestidas golpeando ese punto dentro de mí que me volvía loca. Agarré las sábanas, mordiéndome el labio, mientras él aceleraba, su pelvis chocando contra mi clítoris con cada thrust. Las pasiones en la vida son esto, pensé en un flash, puro fuego, conexión carnal que te hace olvidar el mundo. Sus manos en mis caderas, marcándome, guiándome, nuestros cuerpos sincronizados en un ritmo frenético.

—Más fuerte, Marco, ¡chinga más duro! —grité, y él lo hizo, poseyéndome con fuerza consentida, empoderada. Volteamos, yo encima ahora, cabalgándolo como amazona, mis tetas rebotando, su mirada clavada en mí, adorándome. Sentía su verga hincharse más, mis paredes contrayéndose alrededor, el orgasmo construyéndose como un volcán.

El clímax llegó brutal, mi cuerpo convulsionando, un grito largo escapando de mi garganta mientras ondas de placer me atravesaban, jugos chorreando por sus bolas. Él se tensó debajo de mí, gruñendo mi nombre, corriéndose dentro con chorros calientes que me llenaron, prolongando mi éxtasis. Colapsamos, jadeantes, pieles pegajosas de sudor y semen, el corazón latiéndonos como tambores.

Minutos después, recostados, su brazo alrededor de mi cintura, el silencio roto solo por nuestra respiración calmándose. Acaricié su pecho, sintiendo los latidos bajar, el olor a nosotros dos mezclado con la brisa nocturna entrando por la ventana.

—Neta, eso fue lo mejor de la noche —dijo él, besándome la frente.

Sonreí, satisfecha, empoderada. Así son las pasiones en la vida, pensé, intensas, fugaces, pero dejan huella en el alma y la piel. La fiesta seguía abajo, pero nosotros habíamos encontrado nuestro propio paraíso, al menos por esa noche.

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