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EnQueAñoSalióLaPasiónDeGavilanesEnTuPiel

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EnQueAñoSalióLaPasiónDeGavilanesEnTuPiel

El sol de Guadalajara se colaba por las cortinas de encaje de la habitación del hotel boutique en el corazón de la ciudad, tiñendo todo de un naranja cálido y juguetón. Marisol se recargó en la cabecera de la cama king size, con las piernas cruzadas y una copa de tequila reposado en la mano. Su vestido negro ajustado aún le ceñía las curvas, aunque ya se había quitado los tacones que la habían hecho sentir como reina toda la noche. Frente a ella, Alejandro, con su camisa blanca desabotonada hasta el pecho, la miraba con esos ojos cafés intensos que prometían travesuras.

"Órale, Marisol, no mames, ¿todavía piensas en esa novela?" dijo él, riendo bajito mientras se acercaba gateando por la cama como un jaguar juguetón. El aroma de su colonia, mezclado con el sudor ligero de la fiesta, le llegó a ella como una caricia olfativa, despertando mariposas en su vientre.

Marisol sonrió, mordiéndose el labio inferior. Habían coincidido en la boda de un amigo común, bailando cumbias y rancheras hasta que el DJ cambió a reggaetón. La química había sido instantánea: roces casuales, miradas que duraban segundos de más, y ahora aquí, solos en esta suite con vista al skyline iluminado. "Sí, wey, neta que me encanta Pasión de Gavilanes. Siempre me ha puesto caliente esa pasión de los hermanos Reyes", confesó ella, su voz ronca por el tequila y el deseo naciente.

Alejandro se detuvo a centímetros de su rostro, su aliento cálido rozándole la piel del cuello. "¿Y sabes qué? Yo también la vi de morrillo. Pero cuéntame, ¿en qué año salió la novela Pasión de Gavilanes? Así, de una vez, para ponernos en mood", preguntó él, su mano grande deslizándose por el muslo de ella, subiendo despacio la tela del vestido. El tacto era eléctrico, como si sus dedos dejaran chispas en la piel sensible.

Ella jadeó suavemente, recordando de repente: "En el 2003, pendejo. Salió en el 2003 y nos volvió locos a todos con tanto fuego". La pregunta había sido tonta, pero en ese momento se sentía como un afrodisíaco, un puente entre lo cotidiano y lo prohibido. Sus labios se encontraron en un beso lento, exploratorio, saboreando el tequila en la lengua del otro. El sonido de sus respiraciones aceleradas llenaba la habitación, mezclado con el lejano bullicio de la calle.

Acto primero: la chispa. Marisol sintió cómo el beso se profundizaba, las lenguas danzando con urgencia. Alejandro la recostó con gentileza, su cuerpo pesado y musculoso cubriéndola como una manta viva. "Eres una diosa, mami", murmuró contra su oreja, mordisqueándola lo justo para erizarle la piel. Ella arqueó la espalda, presionando sus pechos contra el torso de él, sintiendo los latidos de su corazón galopando al ritmo del suyo.

El vestido se deslizó hacia arriba, revelando las ligas de sus medias de encaje negro. Alejandro gruñó de aprobación, sus manos expertas desabrochando el cierre con un zip que sonó como una promesa. La piel de Marisol ardía bajo sus palmas ásperas, callosas por el trabajo en la construcción de hoteles de lujo. "Te quiero sentir toda, sin nada", le dijo, y ella asintió, levantando los brazos para que la despojara de la prenda.

Desnuda salvo por la lencería, Marisol lo miró con ojos entrecerrados. El aire acondicionado susurraba fresco contra su piel caliente, contrastando con el calor que emanaba del cuerpo de él. Lo jaló por la camisa, arrancándosela con impaciencia, revelando un pecho velludo y definido que oliía a hombre puro, a deseo crudo.

¿Por qué carajos esta noche se siente tan perfecta? Como si el universo nos hubiera juntado para quemarnos juntos, pensó ella, mientras sus uñas arañaban suavemente su espalda.

El medio: la hoguera. Alejandro besó su camino descendente: cuello, clavícula, el valle entre sus senos. Cuando liberó sus pechos del brasier, el sonido de la tela rasgándose ligeramente la hizo gemir. Sus labios capturaron un pezón endurecido, chupándolo con succiones rítmicas que enviaban ondas de placer directo a su centro. "¡Ay, Dios, Ale! No pares, cabrón", suplicó ella, enredando los dedos en su cabello negro revuelto.

El sabor salado de su piel en la boca de él era adictivo. Bajó más, lamiendo su ombligo, hasta llegar al encaje húmedo de sus panties. Marisol separó las piernas por instinto, exponiéndose al aire fresco y a la mirada hambrienta de él. "Estás empapada por mí, ¿verdad, preciosa?" ronroneó, inhalando su aroma almizclado de excitación, como jazmín mezclado con miel.

Con dientes y lengua, quitó la prenda, y su boca la encontró al instante. El primer lametón fue largo, plano, saboreándola desde la entrada hasta el clítoris hinchado. Ella gritó, el placer agudo como un relámpago. "Sí, así, chúpame rico", jadeó, sus caderas moviéndose al ritmo de su lengua hábil. Los sonidos eran obscenos: lamidas húmedas, succiones, sus gemidos ahogados. El olor a sexo llenaba el aire, espeso y embriagador.

Alejandro se incorporó, quitándose los pantalones con prisa. Su verga erecta saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con necesidad. Marisol la tomó en mano, sintiendo el calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo la piel. "Te la voy a mamar hasta que ruegues", prometió, y lo hizo. Sus labios la envolvieron, la lengua girando alrededor del glande, saboreando el precum salado. Él gruñó, "¡Qué chingona boca tienes, Marisol!", sus caderas empujando suavemente.

Pero querían más. Ella se puso a cuatro patas, ofreciéndose. "Cógeme ya, no aguanto". Él se posicionó detrás, frotando la punta contra sus labios húmedos, lubricándolos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. El sonido de piel contra piel empezó suave, luego se volvió rítmico, plaf plaf plaf, eco en la habitación.

Siento cada vena, cada embestida llegando profundo. Es como si me llenara el alma también, pensó ella, mientras el sudor les perlaba la piel, goteando y mezclándose.

Él la jaló por las caderas, acelerando, sus bolas golpeando contra ella. Cambiaron posiciones: ella encima, cabalgándolo con furia, sus pechos rebotando, uñas clavadas en su pecho. El olor a sexo intenso, el sabor de sus besos salados, el tacto resbaloso de sus cuerpos unidos. La tensión crecía, espirales de placer enroscándose en sus entrañas.

"Me vengo, Ale, ¡me vengo!" gritó ella primero, su coño contrayéndose en espasmos alrededor de él, jugos calientes empapándolo. Él la siguió segundos después, rugiendo su nombre mientras se vaciaba dentro, chorros calientes llenándola.

El final: las brasas. Colapsaron juntos, jadeantes, enredados en sábanas revueltas que olían a ellos. Alejandro la besó en la frente, su mano acariciando perezosamente su espalda. "Eso fue mejor que cualquier telenovela, ¿no?" bromeó, y ella rio, aún temblando por las réplicas.

Marisol se acurrucó contra su pecho, escuchando su corazón volver a la normalidad. El skyline parpadeaba afuera, testigo mudo de su pasión. "Neta, wey. En qué año salió la novela Pasión de Gavilanes o no, lo nuestro es la verdadera pasión", murmuró, satisfecha, empoderada en su piel aún sensible.

Durmieron así, cuerpos entrelazados, con la promesa de más noches como esta. El tequila olvidado en la mesita, el recuerdo de 2003 ahora un chiste caliente entre amantes. Mañana sería otro día, pero esta noche, eran invencibles en su fuego compartido.

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