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Imágenes de Amor Pasión y Deseo (1)

6391 palabras

Imágenes de Amor Pasión y Deseo

Estás sentada en el sillón de tu depa en Polanco, con las luces bajas y el aire cargado de ese olor a jazmín que siempre flota desde el balcón. Miguel, tu carnal de tantos años, se acerca con su teléfono en la mano, esa sonrisa pícara que te hace derretir. Neta, este pendejo siempre sabe cómo encender la chispa, piensas mientras él se acomoda a tu lado, su muslo rozando el tuyo, cálido y firme bajo los jeans gastados.

"Mira esto, nena", te dice con voz ronca, pasando el dedo por la pantalla. Son imágenes de amor y pasión y deseo, fotos que él tomó en nuestras últimas vacaciones en Tulum. Ahí estás tú, tumbada en la arena blanca, el sol besando tu piel morena, el bikini apenas conteniendo tus curvas. En una, tus ojos miran directo a la cámara, llenos de promesas, con el mar de fondo rugiendo suave. Sientes un cosquilleo en el estómago al ver cómo tu cuerpo se arquea en esa pose, invitadora, como si el deseo ya estuviera brotando de tus poros.

¿Cómo carajos hace este wey para capturar así mi alma? Cada imagen grita que lo quiero, que lo necesito adentro ya mismo.

El aire se espesa. Su aliento huele a tequila reposado, dulce y ahumado, mientras se inclina más cerca. Tus pezones se endurecen bajo la blusa ligera, rozando la tela como un secreto impaciente. Él desliza un dedo por tu brazo, dejando una estela de fuego. "¿Te acuerdas de esa noche?", murmura, y su voz vibra en tu pecho como un tambor bajo.

Recuerdas. La ola rompiendo en la playa, el salitre pegándose a la piel sudada. Sus manos explorando, el sabor salado de su cuello cuando lo besaste hasta dejarle moretones. El deseo crecía lento, como la marea, hasta que no pudiste más y lo jalaste al catre de la cabaña. Ahora, esas imágenes avivan el fuego. Tu mano sube por su pierna, sintiendo el bulto que se despierta, duro y palpitante bajo la tela.

Acto primero termina ahí, con la tensión latiendo. Él apaga el teléfono y te besa, suave al principio, labios carnosos probando los tuyos, lengua tímida rozando. Sabes a mango fresco de la cena, él a menta y algo salvaje. Tus dedos se enredan en su pelo negro, tirando un poco, y él gime bajito, un sonido que te moja entre las piernas.

La noche avanza al centro del deseo. Se levantan, tropezando hacia la recámara, risas ahogadas entre besos. La cama king size los recibe, sábanas de algodón egipcio frescas contra tu espalda desnuda cuando él te quita la blusa. Sus ojos devoran tu cuerpo, las tetas llenas subiendo y bajando con cada respiro acelerado. "Estás cañona, chula", dice, y su acento chilango lo hace sonar como poesía sucia.

Te recuestas, piernas abiertas apenas, sintiendo el aire fresco lamer tu piel húmeda. Él se arrodilla entre tus muslos, besando el interior, lento, torturante. Cada roce de sus labios manda chispas por tu espina. Huele a tu excitación, almizclado y dulce, mezclado con su colonia de sándalo. Tu clítoris palpita, hinchado, rogando. Órale, no pares, cabrón, gritas en tu mente mientras él lame, lengua plana y caliente, saboreando tus jugos como si fueran el mejor mezcal.

Siento su aliento caliente, su nariz rozando mi monte de Venus, y neta, el mundo se reduce a esto: su boca devorándome, mis caderas empujando contra su cara.

La intensidad sube. Tus uñas se clavan en sus hombros anchos, dejando medias lunas rojas. Él gime contra ti, vibraciones que te hacen arquearte. "¡Más, Miguel, no mames!" jadeas, voz quebrada. Él obedece, dedos uniéndose a la fiesta, dos adentro, curvándose justo ahí, en ese punto que te hace ver estrellas. El sonido es obsceno: chupadas húmedas, tus gemidos roncos, la cama crujiendo bajo el peso de vuestros cuerpos enredados.

Pero no es solo físico. En su mirada ves el amor, profundo como el Pacífico. "Te amo, pinche loca mía", susurra entre lamidas, y eso te rompe. Lágrimas de placer pican en tus ojos. El conflicto interno late: años de rutina, trabajos estresantes en la CDMX, pero esto, estas imágenes revividas, reavivan el lazo. Lo jalas arriba, besándolo con furia, probando tu propio sabor en su lengua.

Ahora él se desnuda, verga saltando libre, gruesa y venosa, goteando precúm que brilla bajo la luz de la luna filtrada por las cortinas. La tocas, piel aterciopelada sobre acero, y él gruñe, caderas empujando en tu puño. "Chúpamela, reina", pide, y tú lo haces, arrodillada ahora, boca envolviéndolo. Sabe a sal y hombre, llenándote la garganta. Tus mejillas se hunden, lengua girando en la cabeza sensible, mientras él te agarra el pelo, guiando sin forzar.

La tensión crece como tormenta. Lo empalas en ti, montándolo despacio al principio. Su grosor te estira deliciosamente, cada centímetro un éxtasis. Sientes cada vena pulsando, el choque de pelvises húmedo y rítmico. Sudor perla vuestras pieles, oliendo a sexo puro, almizcle y pasión. Tus tetas rebotan, él las agarra, pellizcando pezones hasta que gritas.

"¡Más rápido, nena! ¡Chíngame duro!" ruge, y tú obedeces, caderas girando, moliendo. El cuarto llena de sonidos: carne contra carne, jadeos entrecortados, la cabecera golpeando la pared. Tus paredes lo aprietan, ordeñándolo, mientras el orgasmo se acumula, una ola gigante.

El clímax explota. Te vienes primero, un grito gutural, cuerpo convulsionando, jugos chorreando por sus bolas. Él sigue unos segundos, "¡Me vengo, carajo!", y sientes el chorro caliente inundándote, pulso tras pulso. Colapsan juntos, cuerpos temblando, respiraciones sincronizadas.

El afterglow es paz. Yacen enredados, su cabeza en tu pecho, oyendo tu corazón galopante calmarse. El olor a sexo impregna el aire, sábanas revueltas testigos mudos. "Esas imágenes... neta capturan lo nuestro", murmura él, dedo trazando patrones en tu vientre.

Piensas en las fotos, en cómo el amor y la pasión y el deseo no son solo momentos congelados, sino el hilo que nos une. Mañana tomaremos más, crearemos nuevas imágenes para avivar el fuego eterno.

Te besa la frente, suave, y cierras los ojos, satisfecha, empoderada en este amor consensual que os hace invencibles. La noche envuelve todo en ternura, promesa de más.

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