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El Precio Dulce de la Fruta de la Pasión

7305 palabras

El Precio Dulce de la Fruta de la Pasión

El sol de mediodía caía a plomo sobre el Mercado de Coyoacán, tiñendo el aire de un calor pegajoso que se pegaba a la piel como miel derretida. Yo, Ana, con mi falda ligera ondeando al ritmo de mis pasos, me abrí paso entre los puestos rebosantes de colores y olores. El aroma de tamales humeantes se mezclaba con el dulzor de las piñas maduras y el picor de los chiles tostados. Pero lo que me detuvo fue un puesto al fondo, donde un tipo alto, de piel morena y brazos musculosos, apilaba cestas de fruta de la pasión. Sus frutos morados, arrugados y jugosos, prometían un interior explosivo de sabor ácido y dulce.

Órale, güey, ¿cuál es el fruta de la pasión precio? —le pregunté con una sonrisa pícara, inclinándome sobre el mostrador para que oliera mi perfume de jazmín mezclado con el sudor fresco de mi cuello.

Él levantó la vista, y sus ojos negros me recorrieron de arriba abajo como si yo fuera la verdadera fruta prohibida. Se llamaba Marco, lo supe después, pero en ese momento solo era el chulo del mercado con una camiseta ajustada que marcaba cada músculo de su pecho.

«Neta, este wey está cañón», pensé, sintiendo un cosquilleo en el estómago que bajaba directo entre mis piernas.
Sonrió, mostrando dientes blancos y perfectos.

—Para ti, preciosa, la fruta de la pasión precio es especial: cinco pesos la pieza. Pero si te llevo un racimo, te hago descuento... y te enseño a abrirla bien.

Su voz grave vibró en mi piel, y el roce accidental de sus dedos al pasarme una fruta me erizó los vellos de los brazos. La piel rugosa de la pasión fruit era áspera al tacto, pero imaginé lo suave que sería romperla y dejar que el jugo chorreara. Compré el racimo, nuestras manos se demoraron un segundo de más, y el calor entre nosotros ya ardía como un comal al fuego.

La tensión creció mientras charlábamos. Él me contó de su vida en Xochimilco, de remar trajineras al amanecer, y yo le hablé de mis días como diseñadora freelance, soñando con escapar de la rutina citadina. Cada palabra era un pretexto para acercarnos: su risa ronca cuando le dije que era un pendejo por no subir el precio a las turistas gringas, mi roce intencional al probar la primera fruta. La rebané con las uñas, y el jugo negro y semilloso explotó en mi lengua: ácido como un beso robado, dulce como promesas susurradas. Slurp, el sonido de mi sorbo lo hizo tragar saliva.

¡Ay, wey! Esta fruta está de poca madre. ¿Todas saben así de ricas?

Marco se acercó más, su aliento cálido oliendo a café y menta.

«Quiere más que vender fruta, lo neta siento en su mirada que me desnuda», reflexioné, mi pulso acelerando como tambores de una fiesta en la colonia.
El mercado bullía a nuestro alrededor: vendedores gritando ofertas, el clink-clink de monedas, risas de niños persiguiéndose, pero nosotros éramos un mundo aparte. Me ofreció una chinita fría de su hielera, y al tomarla, su pulgar rozó mi palma, enviando chispas por mi espina dorsal.

—Ven, te muestro el puesto de atrás —dijo, guiñándome un ojo—. Ahí guardo las mejores, las que no salen a la luz.

Lo seguí a un cuartito improvisado detrás de las cortinas de lona, donde el aire era más denso, cargado de humedad y el olor terroso de las frutas maduras apiladas. La luz filtrada por las rendijas pintaba rayas doradas en su piel sudorosa. Cerró la cortina, y el mundo exterior se apagó. Solo quedamos nosotros, respirando el mismo oxígeno espeso.

Empecé el juego: partí otra fruta de la pasión y unté el jugo en mis labios, lamiéndolo despacio. Él gimió bajito, un sonido gutural que me mojó al instante. Touch: sus manos en mi cintura, firmes pero tiernas, atrayéndome. Olía a jabón de sándalo y esfuerzo masculino, un afrodisíaco puro. Nuestros cuerpos se pegaron, mi falda subiendo por mis muslos mientras él me besaba el cuello, saboreando el rastro salado de mi sudor.

Estás rica como tu fruta, murmuró, su voz ronca contra mi oreja.

Mi mente giraba en espiral:

«Esto es loco, pero qué chido se siente su verga dura presionando contra mí. Neta, lo quiero ya».
Le quité la camiseta, mis uñas arañando su pecho velludo, sintiendo los latidos de su corazón como un huitzil atrapado. Él desató mi blusa, exponiendo mis senos al aire cálido; mis pezones se endurecieron al instante bajo su mirada hambrienta. Los lamió, succionando con una delicadeza que me hizo arquear la espalda, un gemido escapando de mi garganta como vapor de un elote en olla.

La escalada fue gradual, deliciosa. Sus dedos bajaron por mi vientre, colándose bajo la falda, encontrando mi panocha ya empapada. Glug-glug, el sonido húmedo de sus caricias me volvía loca. Yo lo masturbé por encima del pantalón, sintiendo su verga gruesa palpitar, caliente como un carbón. Nos besamos con furia, lenguas enredadas como semillas de la pasión fruit, saboreando el ácido compartido.

Te quiero dentro, Marco, chíngame ya —jadeé, mi voz temblorosa de necesidad.

Me levantó sobre una mesa de madera áspera, que crujió bajo mi peso. Bajó mis bragas con los dientes, oliendo mi aroma almizclado de excitación. Su lengua exploró mis pliegues, lamiendo lento, círculos que me hacían retorcer. Lap-lap, el sonido obsceno se mezclaba con mis ayyys ahogados. Mi clímax se acercó como una trajinera en canal: olas de placer building up, hasta que exploté, mi jugo chorreando como pulpa de fruta madura.

Él se puso de pie, liberando su miembro erecto, venoso y reluciente. Lo guié dentro de mí, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo llenarme. Plap-plap-plap, el ritmo de sus embestidas contra mi carne, sudor goteando, pieles chocando en un baile frenético. Sus manos amasaban mis nalgas, mis uñas clavadas en su espalda. El olor de sexo crudo, frutas pisoteadas y deseo nos envolvía como niebla.

¡Más fuerte, wey! ¡Dame todo! —grité, mis paredes contrayéndose alrededor de él.

Marco aceleró, gruñendo como un tigre en celo, su aliento caliente en mi boca. El clímax nos golpeó juntos: yo convulsionando, él derramándose dentro en chorros calientes, un rugido gutural sellando nuestra unión. Colapsamos, jadeantes, cuerpos entrelazados en un charco de jugos y sudor.

El afterglow fue puro éxtasis. Yacimos allí, el mercado zumbando afuera como un sueño lejano. Él me acarició el cabello, besando mi frente.

«Neta, este wey no es solo un vendedor. Hay algo más, un fuego que no se apaga fácil».
Compartimos otra fruta de la pasión, el jugo chorreando por nuestras barbillas mientras reíamos bajito.

—El verdadero fruta de la pasión precio eres tú —dijo él, guiñando.

Salí del mercado con las piernas flojas, el racimo en la mano y el corazón latiendo fuerte. El sol seguía alto, pero yo brillaba por dentro, saboreando el recuerdo de su tacto, su sabor, esa pasión que no tiene precio. Y supe que volvería, no por la fruta, sino por él.

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