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Mazda Pasion del Valle Servicio Ardiente

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Mazda Pasion del Valle Servicio Ardiente

El sol del mediodía en el Valle de Chalco pegaba como plomo derretido mientras manejaba mi Mazda 3 por la carretera polvorienta. El pinche check engine se había encendido de la nada y no quería arriesgarme a que se apagara en medio de la nada. Busqué en el celular y di con Mazda Pasion del Valle Servicio, un taller chido que prometía atención rápida y personalizada. Aparqué frente al local, un galpón amplio con letreros rojos chillones y el olor a aceite quemado flotando en el aire caliente.

—Buenas tardes, ¿en qué le ayudo, jefa? —me dijo un tipo alto, moreno, con brazos tatuados y una sonrisa que iluminaba más que el sol. Se llamaba Javier, según su overol manchado de grasa, y olía a sudor limpio mezclado con esa esencia masculina que te hace apretar las piernas sin querer.

Le expliqué lo de la luz del tablero mientras él revisaba el motor con manos expertas. Yo me quedé ahí parada, embobada por cómo sus músculos se tensaban bajo la tela ajustada, el sonido metálico de sus herramientas chocando rítmicamente, y el calor que subía desde el asfalto hasta mi piel arrebolada.

¿Qué me pasa? Solo vine por un servicio, no por esto
, pensé, pero mi cuerpo ya traicionaba, con un cosquilleo traicionero entre las piernas.

—Va a tardar como una horita, ¿quiere esperarse en la oficina? Hay refresco frío —me ofreció, limpiándose el sudor de la frente con el dorso de la mano. Asentí, sintiendo su mirada recorrer mi blusa escotada y shorts vaqueros que se pegaban a mis muslos por el bochorno.

En la oficina, un cuartito con aire acondicionado ronroneante, ventilador zumbando y posters de Mazdas relucientes en las paredes, nos sentamos frente a frente. Me dio un chesco helado que bebí despacio, el líquido burbujeante bajando por mi garganta seca, goteando un poco sobre mi pecho. Él no quitaba los ojos.

—¿Vienes mucho por acá? Este taller es el mejor de Mazda Pasion del Valle Servicio, neta —dijo, recargándose en la silla, sus piernas musculosas abiertas de forma casual.

—Es la primera vez, pero si el servicio es tan bueno como el mecánico, vuelvo seguro —respondí juguetona, sorprendida de mi propia audacia. El aire se cargó de electricidad, como antes de una tormenta en el valle. Hablamos de todo: del tráfico infernal de Chalco, de lo perrón que era manejar un Mazda, de cómo el calor nos ponía de malas. Sus ojos cafés profundos me devoraban, y yo sentía mi centro humedecerse, el roce de mis panties contra mi piel sensible.

El tiempo voló. Salí a checar el carro, él ajustando el último tornillo bajo el cofre abierto. Me acerqué por detrás, oliendo su aroma intenso a hombre trabajando, y puse una mano en su espalda baja.

Órale, jefa, ¿ya se anima? —rió bajito, girándose con esa sonrisa pícara.

—Tal vez sí —susurré, y sin más, sus labios capturaron los míos. Fue un beso hambriento, con sabor a refresco y sal de sudor, sus manos grandes enmarcando mi cara, luego bajando a mis caderas. El taller estaba vacío, clientes se habían ido, solo el zumbido de un radio lejano con cumbia rebajada.

Me empujó suave contra el carro, mi espalda chocando con el metal tibio aún del sol. Sus besos bajaron por mi cuello, mordisqueando la piel sensible, mientras yo metía las manos por debajo de su overol, sintiendo la dureza de su pecho velludo, los latidos acelerados de su corazón.

Neta, esto es lo que necesitaba, un servicio completo
, gemí en mi mente.

—Te quiero aquí mismo —murmuró ronco contra mi oreja, su aliento caliente erizándome la piel—. ¿Estás de acuerdo, mamacita?

Sí, pendejo, dame todo —respondí, jalando de su cremallera. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La apreté, sintiendo su calor satinado, el olor almizclado de su excitación mezclándose con el de la gasolina.

Me levantó sobre el cofre del Mazda, abriendo mis piernas con urgencia consentida. Bajó mis shorts y panties de un tirón, exponiendo mi coño ya empapado, hinchado de deseo. Su lengua experta lamió despacio, saboreándome como si fuera el mejor tequila del mundo, chupando mi clítoris con succiones que me hicieron arquear la espalda. El sonido húmedo de su boca devorándome, mis gemidos ecoando en el galpón vacío, el tacto áspero de sus callos en mis muslos... todo era puro fuego.

Estás rica, wey, tan mojada por mí —gruñó, metiendo dos dedos gruesos dentro, curvándolos justo donde dolía de placer. Me retorcía, mis uñas clavándose en sus hombros, el sudor perlando nuestros cuerpos, goteando entre mis pechos que él liberó de la blusa, mamando mis pezones duros como piedras.

Lo jalé arriba, guiando su polla a mi entrada. Entró de un embestida lenta, llenándome hasta el fondo, estirándome deliciosamente. Ay, cabrón, era perfecto, grueso y largo, golpeando mi punto G con cada thrust poderoso. Nos movíamos al unísono, el carro meciéndose bajo nosotros, crujiendo metálicamente, el slap-slap de piel contra piel resonando como tambores.

—Más fuerte, Javier, rómpeme —supliqué, envolviendo mis piernas alrededor de su cintura, sintiendo sus bolas peludas golpear mi culo. Él aceleró, gruñendo como animal, sus manos amasando mis nalgas, un dedo rozando mi ano juguetón. El orgasmo me golpeó como rayo, mi coño contrayéndose alrededor de él en espasmos violentos, jugos chorreando por mis muslos, grito ahogado en su boca.

No paró, siguió bombeando hasta que él también explotó, llenándome con chorros calientes y espesos, su cuerpo temblando sobre el mío, gemidos roncos en mi cuello. Nos quedamos así, jadeantes, pegados por sudor y fluidos, el olor a sexo crudo impregnando el aire, mezclado con el eterno aroma a taller.

Después, él me ayudó a bajar, limpiándonos con trapos suaves que olían a limón. Me besó tierno, ojos brillando.

—El mejor servicio de Mazda Pasion del Valle Servicio, ¿verdad?

Reí, ajustándome la ropa, piernas flojas pero alma satisfecha. —Neta, el más chingón. Vuelvo pronto por más.

Arrancé el motor ronroneante, ahora perfecto, con el cuerpo vibrando aún por el clímax. El valle se extendía ante mí, pero yo llevaba mi propio fuego interior, recordando cada roce, cada sabor, cada pulso compartido. Qué servicio tan pasional, pensé, sonriendo al espejo retrovisor mientras me perdía en el tráfico.

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