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Pasión por la Pizza

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Pasión por la Pizza

Era una noche de esas en que el hambre te ataca sin piedad, carnal. Vivía en un departamentito chido en la Condesa, con vista a las luces de la Ciudad de México que parpadeaban como si supieran mis antojos. Yo, Ana, una morra de veintiocho pirulos que labora en una agencia de publicidad, tenía una pasión por la pizza que rayaba en lo obsesivo. No cualquier pizza, eh, la de esa pizzería italiana que está por la Roma, con masa crujiente, queso derretido que se estira como miel y pepperoni picante que te hace sudar. Ordené una grande de la especial, extra queso, y mientras esperaba, me puse mi piyama cortita, esa de algodón suave que me rozaba las nalgas al caminar.

El timbre sonó y mi pulso se aceleró. Abrí la puerta y ahí estaba él: el repartidor más guapo que había visto en mi vida. Alto, moreno, con brazos tatuados que asomaban por la playera ajustada del uniforme, y una sonrisa pícara que me dejó con la boca seca. Olía a pizza caliente mezclada con su colonia fresca, como madera y cítricos. Órale, qué tipo, pensé, mientras firmaba el ticket con mano temblorosa.

¿Y si lo invito a pasar? Solo un ratito, para darle propina en persona. Neta, esa pasión por la pizza me está poniendo caliente.

—Pásale, carnal —le dije, con voz juguetona—. La pizza está hirviendo, déjala en la mesa y te invito una chela fría para que no regreses sudando.

Él dudó un segundo, pero sus ojos cafés me recorrieron de arriba abajo, deteniéndose en mis tetas que se marcaban bajo la blusa delgada. —Bueno, güey, pero nomás un toque, que traigo más entregas —respondió con acento chilango puro, de esos que suenan roncos y sexys.

Se llamaba Marco. Entró y el calor de la caja de pizza llenó el aire con ese aroma irresistible: tomate maduro, orégano fresco, ajo tostado. Lo puse en la mesa de la cocina, abierta a la sala, y saqué dos caguamas del refri. El vidrio sudaba gotitas frías que me erizaron la piel al tocarlo. Nos sentamos en la barra alta, nuestras rodillas rozándose accidentalmente —o no tan accidental—. Mordí un pedazo de pizza, el queso se estiró largo y goteoso, caliente en mi lengua, salado y cremoso. Gemí bajito sin querer.

—Neta, tienes pasión por la pizza, ¿verdad? —dijo él, riendo, mientras se limpiaba la boca con el dorso de la mano, fuerte y velluda—. Se te nota en la cara, como si fuera el mejor sexo del mundo.

Me sonrojé, pero le seguí la corriente. —Pues sí, pendejo, para mí la pizza es puro vicio. ¿Y tú? ¿Qué tanto traes de pasión por entregarlas?

Su mirada se oscureció, intensa. El sonido de la ciudad entraba por la ventana entreabierta: cláxones lejanos, risas de borrachos en la calle. Pero ahí, en mi cocina, solo existíamos nosotros, el vapor de la pizza subiendo en espirales y el calor que crecía entre mis muslos. Charlando, supe que era repartidor para pagarse la uni de arquitectura, que le gustaba el rock en español y que odiaba las propinas chuecas. Yo le conté de mis días estresantes, de jefes mamones y deadlines que me dejaban hecha mierda.

De pronto, su mano rozó la mía al alcanzar otro pedazo. Electricidad pura. No la quité. En cambio, la dejé ahí, sintiendo el calor de su palma áspera contra mi piel suave. Chíngame, Ana, ¿qué estás haciendo? Esto va a escalar cañón, me dije, pero el deseo ya me nublaba el cerebro.

La plática se volvió coqueta. —Sabes, tus labios con ese queso... me dan ganas de probarlos —murmuró, acercándose. Su aliento olía a cerveza y pepperoni, delicioso.

—Prueba, entonces —lo reté, lamiéndome los labios despacio.

Su boca cayó sobre la mía como un hambre acumulada. Beso suave al principio, explorando, lenguas danzando con sabor a pizza y saliva caliente. Sus manos subieron por mis muslos, bajo la piyama, apretando mi carne con fuerza juguetona. Gemí en su boca, sintiendo mi concha humedecerse al instante. Lo jalé de la playera, quitándosela de un tirón. Su pecho era puro músculo, sudoroso, con vello oscuro que me raspó las yemas al tocarlo. Olía a hombre, a esfuerzo de la noche, mezclado con el ajo de la pizza.

Lo empujé contra la barra, besando su cuello salado, mordisqueando la piel tensa. Él gruñó, bajito y ronco: —Mamacita, me traes loco. ¿Segura que quieres esto?

—Más segura que de mi pasión por la pizza —le contesté, riendo, mientras le desabrochaba el cinturón.

Acto seguido, nos movimos a lo bestia. Lo senté en la silla y me subí a horcajadas, frotándome contra su verga dura que ya asomaba por los bóxers. El roce era fuego: tela áspera contra mi panocha mojada, palpitante. Sus manos amasaron mis tetas, pellizcando pezones erectos hasta que jadeé. Bajé la mano, libré su polla gruesa, venosa, caliente como la pizza recién salida del horno. La apreté, masturbándolo lento, sintiendo el pulso acelerado bajo mi palma. Pre-semen lubricoso en la punta, salado cuando lo probé con la lengua.

—Chúpamela, güey —suplicó, voz quebrada.

Me arrodillé, el piso frío contra mis rodillas, y la tragué entera. Sabor a piel limpia y excitación masculina, su gemido resonando en la cocina. Chupé con hambre, lengua girando en la cabeza sensible, bolas pesadas en mi mano. Él se arqueó, dedos enredados en mi pelo, jalando suave.

Esto es mejor que cualquier pizza, neta. Su verga en mi boca, dura como piedra, me hace sentir poderosa, cachonda sin límites.

Pero quería más. Me puse de pie, me quité la piyama de un jalón, quedando en pelotas frente a él. Mi cuerpo brillaba bajo la luz tenue: curvas suaves, piel morena erizada, concha depilada reluciente de jugos. Lo jalé al piso, alfombra mullida bajo nosotros. Él se tendió, yo me monté encima, guiando su verga a mi entrada. Despacio, centímetro a centímetro, me llenó. Estirada, ardiente, perfecta. Empecé a cabalgar, tetas rebotando, sudor goteando entre nosotros. Sonidos húmedos de carne contra carne, slap-slap rítmico, sus gruñidos y mis aullidos mezclándose con el zumbido del refri.

—¡Ay, cabrón, qué rico! —grité, clavando uñas en su pecho.

Cambiamos posiciones: él encima, misionero feroz. Piernas en sus hombros, penetrando profundo, golpeando mi clítoris con cada embestida. Olía a sexo puro: almizcle de mi excitación, su sudor salado, restos de pizza en el aire. Besos mordidas, lenguas enredadas. Sentí el orgasmo subir como ola, tensándome toda. —¡Me vengo, Marco, chíngame más!

Exploté, concha contrayéndose alrededor de su verga, jugos chorreando. Él siguió, unos empujones más, y se corrió dentro, caliente y espeso, gruñendo mi nombre. Colapsamos, jadeantes, piel pegajosa, corazones latiendo al unísono.

Después, recostados en la alfombra, comimos pizza fría, riendo como pendejos. Su cabeza en mi panza, dedos trazando círculos en mi muslo. —Tu pasión por la pizza me salvó la noche —dijo, besándome el ombligo.

—Y tú la mía, repartidor estrella —respondí, sabiendo que esto no acababa aquí. La ciudad seguía viva afuera, pero en mi mundo, el sabor a pizza y semen se mezclaba en un afterglow perfecto, prometiendo más entregas calientes.

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