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Leyendas de Pasion Libro de Deseos Eternos

7026 palabras

Leyendas de Pasion Libro de Deseos Eternos

Entré a esa librería antigua en el corazón de Coyoacán, con el sol de la tarde filtrándose por las ventanas empañadas. El aire olía a papel viejo y a café recién molido de la tiendita de al lado. Mis dedos rozaron lomos polvorientos hasta que lo vi: Leyendas de Pasion Libro, un tomo encuadernado en cuero desgastado, con letras doradas que prometían secretos ardientes. Lo abrí y las páginas crujieron como un susurro prohibido, revelando relatos de amantes que desafiaban el tiempo con sus cuerpos entrelazados.

¿Y si esta noche alguien me hace sentir eso? pensé, mientras un cosquilleo subía por mi espina dorsal. Mi nombre es Ana, tengo treinta años y vivo para esos momentos en que el deseo se enciende como una fogata en la playa. Ese día, el libro ya me tenía atrapada con su primera leyenda: una mujer que seducía a un vaquero bajo la luna llena del desierto sonorense.

De pronto, una voz grave me sacó de mi trance. “Ese libro es puro fuego, ¿verdad? Leyendas de pasion que te queman por dentro.” Giré y ahí estaba él, Javier, alto, con ojos cafés como el mezcal añejo y una sonrisa pícara que olía a aventura. Llevaba una camisa de lino blanca, arremangada, dejando ver antebrazos fuertes y bronceados por el sol mexicano.

“Neta, lo acabo de encontrar. ¿Lo conoces?” le pregunté, sintiendo cómo mi piel se erizaba bajo su mirada. Hablamos un rato, riéndonos de las leyendas más locas, como la de la hacendada que convertía a sus capataces en esclavos de placer. Su risa era ronca, vibrante, y cada vez que se acercaba, inhalaba su aroma: jabón fresco mezclado con un toque de tabaco y algo salvaje, masculino.

El deseo empezó como una chispa. Órale, este carnal sabe lo que provoca, me dije. Me invitó un café en la plaza, y mientras caminábamos, su mano rozó la mía accidentalmente. O no tan accidental. El pulso se me aceleró, el corazón latiendo fuerte contra las costillas.

La tarde se convirtió en noche sin que nos diéramos cuenta. Terminamos en su departamento en la Roma, un lugar chido con paredes de adobe pintadas de colores cálidos y velas que parpadeaban como estrellas. Sacó una botella de tequila reposado y el libro. “Leámoslo juntos, a ver si nos prende la mecha.”

Nos sentamos en el sofá de piel suave, tan cerca que sentía el calor de su muslo contra el mío. Abrió el libro en una página al azar: la leyenda de la curandera que curaba con besos y caricias en las cuevas de Oaxaca. Su voz leyéndola era hipnótica, grave, haciendo que cada palabra se sintiera como una caricia en mi piel. Pinche Javier, me está volviendo loca, pensé, mientras mis pezones se endurecían bajo la blusa ligera.

El tequila bajaba dulce y ardiente por mi garganta, soltando mis inhibiciones. Nuestras miradas se cruzaron, cargadas de promesas. “¿Quieres que hagamos nuestra propia leyenda?” murmuró, su aliento cálido en mi oreja. Asentí, el cuerpo temblando de anticipación. Sus labios rozaron los míos primero, suaves, probando, y luego con hambre. Sabían a tequila y a deseo puro, su lengua danzando con la mía en un ritmo que me hacía jadear.

Las manos de Javier eran mágicas. Subieron por mis brazos, dejando un rastro de fuego, y desabotonaron mi blusa con dedos pacientes pero firmes. Sentí el aire fresco en mi piel desnuda, mis senos libres, y él los miró como si fueran tesoros. “Qué chingones, Ana. Perfectos.” Sus labios bajaron a mi cuello, mordisqueando suave, mientras sus manos masajeaban mis pechos, pellizcando los pezones hasta que gemí bajito. El sonido de mi propia voz me sorprendió, ronca y necesitada.

Lo empujé al sofá y me subí a horcajadas sobre él, sintiendo su verga dura presionando contra mi entrepierna a través de la tela. Neta, está listo para mí. Desabroché su pantalón, liberándola: gruesa, venosa, palpitante. La tomé en mi mano, suave como terciopelo sobre acero, y él gruñó de placer. El olor de su excitación llenaba el aire, almizclado y embriagador.

Nos desnudamos mutuamente con urgencia juguetona, riendo cuando la ropa se enredaba. Su cuerpo era un mapa de músculos definidos, piel morena salpicada de vello oscuro que bajaba hasta su miembro erecto. Yo me sentía poderosa, deseada, mientras él besaba cada centímetro de mi vientre, bajando hasta mi monte de Venus. “Déjame probarte, mi reina.”

Cuando su lengua tocó mi clítoris, el mundo explotó en chispas. Lamía con maestría, círculos lentos y succiones que me hacían arquear la espalda. El sabor salado de mi humedad en su boca, mis jugos corriendo por sus labios. ¡Qué rico, cabrón! No pares. Mis caderas se movían solas, follándole la cara, mientras mis manos tiraban de su cabello. El orgasmo vino como una ola del Pacífico, tembloroso y ensordecedor, dejando mi cuerpo convulsionando.

Pero no era suficiente. Lo quería dentro. “Chíngame ya, Javier. Hazme tuya.” Él sonrió, ese pendejo guapo, y me volteó boca abajo en el sofá, mi culo en pompa. Sentí la punta de su verga rozando mis labios húmedos, untándose en mis jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. ¡Madre mía, qué llenita me siento! El grosor lo hacía perfecto, rozando cada nervio sensible.

Empezó a bombear, primero lento, profundo, con embestidas que me hacían jadear y arañar las almohadas. El sonido de piel contra piel, chapoteante por mi excitación, llenaba la habitación. Sudor perlando su pecho, goteando sobre mi espalda. Olía a sexo puro, a nosotros dos fundidos. Aceleró, sus manos en mis caderas, jalándome contra él. “¡Qué panocha tan rica, Ana! Tan apretada y mojada para mí.”

Yo respondía con gemidos, empujando hacia atrás, cabalgando su polla como en las leyendas del libro. El clímax se acercaba de nuevo, tenso, como un resorte a punto de saltar. Él gruñó, “Me vengo, mi amor. Juntos.” Y explotamos: mi coño contrayéndose alrededor de él, ordeñándolo, mientras su leche caliente me inundaba en chorros calientes. El placer era cegador, olas y olas hasta que colapsamos, jadeantes, pegajosos.

En el afterglow, yacíamos enredados, su cabeza en mi pecho, escuchando mi corazón calmarse. El libro abierto a nuestro lado, como testigo silencioso. Leyendas de pasion que se hicieron reales, pensé, acariciando su cabello húmedo. Olía a nosotros, a sudor y semen y felicidad.

“Esto fue mejor que cualquier leyenda, ¿no?” dijo él, besando mi piel salada.

“Neta, Javier. Y quién sabe, tal vez escribamos la nuestra en ese libro.” Reímos suaves, el cuerpo lánguido y satisfecho. Afuera, la ciudad nocturna susurraba promesas, pero en ese momento, solo existíamos nosotros, envueltos en el eco de nuestro placer compartido. El deseo no se apaga; solo espera la próxima página.

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