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Pasiones Ocultas de las Hermanas Pasionistas de San Pablo de la Cruz

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Pasiones Ocultas de las Hermanas Pasionistas de San Pablo de la Cruz

En el corazón de un pueblito tranquilo en el Bajío mexicano, el convento de las Hermanas Pasionistas de San Pablo de la Cruz se erguía como un oasis de paz y devoción. Yo, Sor Elena, había tomado los hábitos hacía diez años, atraída por la promesa de una vida entregada al sufrimiento redentor de Cristo. Pero últimamente, algo ardía en mi interior que no podía apagar con oraciones ni ayunos. Era ella. Sor Lucía, mi compañera de celda, con su piel morena como el chocolate de Oaxaca y unos ojos negros que brillaban como estrellas en la noche de velorio.

Todo empezó una mañana de esas que el sol calienta la tierra hasta que huele a jazmín y tierra húmeda. Estábamos en el huerto, recogiendo tomates maduros que chorreaban jugo rojo entre mis dedos. Lucía se agachó a mi lado, su hábito rozando el mío, y de pronto sentí su aliento cálido en mi cuello cuando se estiró por un fruto lejano. Órale, qué calor hace hoy, ¿verdad, Elena? murmuró, y su voz era como miel derritiéndose en mi oído. Mi corazón dio un brinco, neta que sí, como si un rayo me hubiera caído en el pecho. Intenté concentrarme en la oración del rosario que siempre mascullaba en la cabeza, pero su aroma, ese mezcle de jabón de lavanda y sudor fresco de mujer, me invadió las fosas nasales.

¿Qué me pasa? Soy una hermana consagrada, no una pendeja cualquiera que se deja llevar por carnalidades.
Me dije, pero mi cuerpo no obedecía. Mis pezones se endurecieron bajo la tela áspera del hábito, rozando como fuego lento.

Los días siguientes fueron una tortura dulce. En la capilla, durante la misa, la veía de rodillas a mi lado, sus labios moviéndose en latinajos sagrados, y yo imaginaba esos labios en mi piel. El incienso flotaba pesado, mezclándose con el olor a cera de vela y el leve perfume de su cabello suelto bajo el velo. Por las noches, en nuestra celda angosta, el colchón crujía cuando se daba vuelta. Escuchaba su respiración profunda, como olas rompiendo en la playa de Mazatlán, y mi mano temblaba queriendo tocarla. Elena, reza, contrólate, me regañaba en silencio, pero el deseo crecía como maleza en el jardín descuidado.

Una noche de tormenta, el trueno retumbó como si Dios estuviera enojado con nosotras. La lluvia azotaba las tejas, y el viento ululaba como almas en pena. Lucía se despertó sobresaltada y se acurrucó contra mí en la cama estrecha. Tengo miedo, Elena. Abrázame, susurró, su cuerpo temblando. La abracé, sintiendo por primera vez la curva de sus senos contra los míos, firmes y calientes a través del camisón delgado. Su piel era suave como pétalos de rosa mojados, y olía a tormenta y a mujer deseosa. Mi pulso se aceleró, latiendo en mis sienes, en mi garganta, en ese lugar húmedo entre mis piernas que ya no podía ignorar.

Lucía, ¿estás bien? le pregunté, mi voz ronca como si hubiera fumado tabaco de contrabando. Ella levantó la cara, sus ojos brillando en la penumbra de la vela que habíamos encendido. No, Elena. No estoy bien. Llevo semanas sintiendo esto... por ti. Sus palabras fueron como un Ave María profano. Nuestras miradas se engancharon, y sin pensarlo, nuestros labios se encontraron. Fue un beso suave al principio, tentative, como probar el fruto prohibido del Edén. Pero luego explotó: lenguas danzando, húmedas y urgentes, saboreando el dulce de su saliva mezclado con el salado de lágrimas contenidas. Gemí bajito, ay, Diosito, mientras sus manos exploraban mi espalda, bajando hasta mis nalgas, apretándolas con una fuerza que me hizo arquearme.

Nos quitamos los camisones con prisa torpe, riéndonos nerviosas como chiquillas en fiesta. Su cuerpo desnudo era un milagro: pechos redondos con pezones oscuros y duros como chiles secos, vientre plano marcado por el corsé invisible del hábito diario, y entre sus muslos, un nido oscuro que brillaba húmedo. La besé por todo el cuello, lamiendo el sudor salado que perlaba su clavícula. Qué rica hueles, Lucía, como pan recién horneado con canela, le dije, inhalando profundo. Ella jadeó cuando mis dedos rozaron su concha, resbaladiza y caliente, como miel de maguey derramada.

Neta que esto es pecado, pero qué pecado tan chingón
, pensé, mientras ella me abría las piernas y su lengua trazaba senderos de fuego en mi piel.

La tensión había crecido tanto que ahora estallaba en oleadas. Me recostó en la cama, el colchón hundiéndose bajo nuestro peso, y se colocó sobre mí, frotando su monte contra el mío. El roce era eléctrico, piel contra piel, clítoris hinchados chocando como chispas en la noche. Más fuerte, mi amor, chíngame con tu cuerpo, le supliqué, mis uñas clavándose en sus caderas. Ella obedeció, moviéndose con ritmo de cadera mexicana, como en un son jarocho prohibido. El sonido de nuestras pieles húmedas chocando, slap slap slap, se mezclaba con la lluvia afuera y nuestros gemidos ahogados. Olía a sexo puro, a almizcle animal y jazmín aplastado. Mi interior ardía, contrayéndose alrededor de sus dedos que entraban y salían, curvándose para tocar ese punto que me hacía ver estrellas.

En mi mente, flashes de culpa y éxtasis: Las Hermanas Pasionistas de San Pablo de la Cruz no hacen esto, pero ¿y si la pasión verdadera es esta?. Lucía me miró a los ojos, su cara contorsionada en placer, Te quiero, Elena, neta que sí, y eso me rompió. El orgasmo llegó como un terremoto en la sierra, mi cuerpo convulsionando, chorros de placer escapando de mí, mojando las sábanas. Grité bajito, mordiendo su hombro para no alertar a las otras hermanas. Ella vino segundos después, temblando sobre mí, su concha palpitando contra mi muslo, un río caliente bajando por mi piel.

Nos quedamos así, enredadas, jadeando en la oscuridad. El aire estaba cargado de nuestro olor, sudor y jugos mezclados, como el aroma de tamales recién abiertos. La tormenta había pasado, dejando un silencio bendito. Lucía trazó círculos suaves en mi vientre con la yema del dedo. ¿Qué vamos a hacer ahora, mi vida? preguntó, su voz un susurro ronco. Yo la besé en la frente, oliendo su cabello húmedo. Seguiremos siendo Hermanas Pasionistas de San Pablo de la Cruz, pero ahora con una pasión verdadera que nos une más a Dios... o eso me digo para no volverme loca.

Al amanecer, nos vestimos en silencio, compartiendo miradas cómplices que decían todo. El sol entraba por la ventana, dorando su piel, y por primera vez en años, me sentí viva, completa. En la capilla, de rodillas ante el altar, recé no por perdón, sino por fuerza para seguir explorando este fuego sagrado. Porque en el fondo, sabía que esto no era el fin, sino el principio de noches robadas, toques furtivos en el huerto, besos en la sacristía. Nuestra devoción había mutado, pero era más intensa que nunca. Y mientras el órgano tocaba el himno matutino, mi mano rozó la suya bajo los bancos, un pulso compartido que prometía más tormentas de placer.

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