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Espléndida Pasión Julia Quinn (1)

7114 palabras

Espléndida Pasión Julia Quinn

Julia caminaba por las calles empedradas del centro de Guadalajara, con el sol de la tarde besando su piel morena. El aroma a tacos al pastor flotaba en el aire, mezclado con el dulzor de las flores de bugambilia que trepaban por las paredes coloniales. Llevaba un vestido ligero de algodón que se pegaba un poco a sus curvas por el calor, y en su mente bullía una frase que había leído esa mañana: espléndida pasión. Julia Quinn, su autora favorita, siempre la hacía soñar con amores intensos, de esos que te quitan el aliento. Pero Julia, a sus veintiocho años, una diseñadora gráfica independiente, llevaba meses sin sentir nada parecido. ¿Cuándo fue la última vez que un hombre me hizo temblar?, se preguntaba mientras entraba en su cafetería favorita, El Rincón del Lobo.

Allí estaba él, Alejandro, sentado en la mesa del fondo con un libro en las manos. Alto, con hombros anchos bajo una camisa de lino blanca que dejaba entrever el vello oscuro de su pecho. Sus ojos color café la atraparon al instante cuando levantó la vista. Julia sintió un cosquilleo en el estómago, como mariposas chingonas revoloteando. Pidió su café de olla, negro y humeante, con ese olor a canela que le recordaba a las tardes en casa de su abuela en Jalisco. Se sentó cerca, fingiendo leer su teléfono, pero su mirada se desviaba hacia él una y otra vez.

¿Y si me acerco? No seas pendeja, Julia, dile algo. Es guapo, pero no muerde... o tal vez sí, y eso sería chido.

Alejandro notó su interés y sonrió, esa sonrisa pícara que hace que las rodillas flaqueen. —Hola, ¿también vienes a escapar del calor? —dijo con voz grave, como un ronroneo. Julia se sonrojó, pero respondió con naturalidad: —Sí, güey, este sol está bravo. ¿Qué lees? Él le mostró la portada: una novela romántica. —Algo de pasiones intensas. ¿Tú? Ella sacó su libro de Julia Quinn, y así empezó todo. Hablaron de amores literarios, de cómo esas historias avivan el fuego interior. La tensión crecía con cada risa compartida, cada roce accidental de sus manos al pasar el azúcar.

Al atardecer, Alejandro la invitó a su departamento en Providencia, un loft moderno con vistas a la ciudad y balcón lleno de macetas de hierbas frescas. —Ven, te preparo unos tequilas con limón y chile. Para celebrar esta charla tan chida. Julia aceptó, el corazón latiéndole fuerte. El ascensor olía a madera pulida y a su colonia, un aroma masculino, terroso, con notas de sándalo que la mareaba de deseo. Dentro del departamento, la luz tenue de las lámparas creaba sombras suaves sobre los muebles de cuero. Él le sirvió el trago, sus dedos rozando los de ella deliberadamente esta vez.

Esto es como en los libros de Julia Quinn, pero real. Mi espléndida pasión está despertando, carajo.

Se sentaron en el sofá, las piernas tocándose. Hablaron de todo: de sus trabajos, de viajes por la costa michoacana, de sueños locos. Pero el aire se cargaba de electricidad. Alejandro se acercó, su aliento cálido en su cuello. —Julia, desde que te vi, no puedo dejar de pensar en besarte. Ella lo miró, los ojos brillantes. —Pues hazlo, wey. No seas menso. Sus labios se encontraron en un beso lento, profundo. Sabían a tequila y a limón fresco, con un picor que avivaba el fuego. Las lenguas danzaron, explorando, mientras sus manos recorrían espaldas y cinturas. Julia sintió su verga endureciéndose contra su muslo, dura y prometedora, y un calor húmedo se extendió entre sus piernas.

La segunda copa los llevó al balcón. La brisa nocturna jugaba con su cabello, trayendo olores de jazmín del jardín abajo. Alejandro la abrazó por detrás, besando su nuca, mordisqueando suave. —Eres preciosa, Julia. Quiero sentirte toda. Ella se giró, desabrochando su camisa con dedos temblorosos. Su pecho era firme, pectorales duros bajo la piel suave, con pezones oscuros que ella lamió, saboreando el salado de su sudor. Él gimió, un sonido gutural que vibró en su clítoris. ¡Qué chingón se siente esto!

Entraron a la habitación, la cama king size con sábanas de algodón egipcio crujiendo bajo sus cuerpos. Alejandro la desnudó despacio, admirando sus senos plenos, pezones erectos como cerezas maduras. —Dios, qué tetas tan ricas. Julia jadeó cuando él chupó uno, la lengua girando, succionando con hambre. Sus manos bajaron a su panocha, ya empapada, los labios mayores hinchados de deseo. Él metió un dedo, luego dos, curvándolos para tocar ese punto que la hacía arquearse. —Estás chorreando, mi amor. Tan mojada por mí. Ella olió su propia excitación, almizclada y dulce, mezclada con el aroma de su piel.

Esto es mi espléndida pasión, como las de Julia Quinn, pero mil veces mejor. Quiero más, lo quiero todo.

Julia lo empujó a la cama, queriendo tomar control. Se arrodilló entre sus piernas, admirando su verga gruesa, venosa, la cabeza brillante de precum. La tomó en la boca, saboreando el gusto salado, ligeramente amargo. Lo mamó profundo, la garganta relajándose, mientras él gruñía: —¡Pinche chula, qué buena mamada! No pares. Sus bolas pesadas en su mano, suaves y calientes. Ella aceleró, sintiendo su pulso acelerado contra la lengua.

La tensión escalaba. Alejandro la volteó, poniéndola a cuatro patas. Le dio nalgadas suaves, el sonido seco resonando, la piel enrojeciéndose placenteramente. —Dime si quieres mi verga, Julia. —Sí, métemela ya, cabrón. Fóllame duro. Él se colocó detrás, frotando la punta en su entrada resbaladiza. Entró lento al principio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Julia gritó de placer, el llenado total haciendo que sus paredes internas se contrajeran. Olía a sexo puro, sudor y lubricación.

Empezaron a moverse, él embistiendo profundo, el choque de pelvis como palmadas rítmicas. Sus tetas rebotaban, pezones rozando las sábanas ásperas. Alejandro alcanzó su clítoris, frotando en círculos rápidos. —Ven conmigo, mi reina. Julia sentía el orgasmo construyéndose, una ola desde el estómago, pulsando en su coño. Gritó su nombre, el cuerpo convulsionando, chorros de placer mojando sus muslos. Él la siguió, corriéndose dentro con un rugido, el calor de su leche llenándola, goteando fuera.

Se derrumbaron juntos, jadeantes, pieles pegajosas de sudor. El cuarto olía a ellos, a pasión cumplida. Alejandro la besó tierno, acariciando su cabello revuelto. —Eso fue increíble, Julia. Mi espléndida pasión contigo. Ella sonrió, exhausta y satisfecha.

Como en las novelas de Julia Quinn, pero esto es mi realidad. Y quiero más noches así.

Se quedaron abrazados hasta el amanecer, con la ciudad despertando afuera. Julia sabía que esto era solo el principio de algo grande, ardiente y eterno. El sol entró por la ventana, bañándolos en luz dorada, mientras sus dedos se entrelazaban prometiendo más espléndida pasión.

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