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Donde Puedo Ver La Pasion De Cristo

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Donde Puedo Ver La Pasion De Cristo

Entras al bar de la Zona Rosa, el aire cargado de humo de cigarros y ese olor dulzón a tequila reposado que te hace cosquillas en la nariz. La música ranchera moderna retumba, con trompetas que vibran en tu pecho, y las luces neón parpadean sobre cuerpos que se mueven al ritmo, sudados y pegajosos. Llevas un vestido negro ajustado que abraza tus curvas, sintiendo el roce fresco de la tela contra tu piel arrebolada por el calor de la noche mexicana. Qué chingón estar aquí sola, lista para lo que sea, piensas mientras te acomodas en la barra, pidiendo un paloma con limón fresco que sabe a sal y verano.

Entonces lo ves. Alto, moreno, con ojos negros como el obsidiana de las joyas prehispánicas, y una sonrisa que promete pecados. Se llama Cristo, te dice cuando se acerca, su voz grave con ese acento chilango puro, ronco como el tráfico de la Reforma. Lleva una camisa blanca abierta hasta el pecho, mostrando músculos tallados por horas en el gym, y un collar de plata con una cruz pequeña que brilla bajo las luces.

¿Y este pendejo qué? Parece salido de un sueño húmedo
, te dices, sintiendo un calor subir por tu vientre.

"¿Qué onda, preciosa? ¿Primera vez aquí?" pregunta él, su aliento cálido con toques de mezcal rozando tu oreja. Tú sonríes, juguetona, y sueltas la frase que has tenido en la punta de la lengua toda la noche, recordando esa búsqueda loca en tu cel que hiciste antes de salir: "Oye, Cristo, ¿dónde puedo ver la pasión de Cristo?" Él se ríe, una carcajada profunda que resuena en tu piel como un tambor azteca, y se acerca más, su muslo rozando el tuyo bajo la barra. "Aquí mismo, mamacita. Pero hay que irnos pa' que la veas de cerca."

El deseo inicial es como una chispa en pólvora seca. Sus dedos rozan tu mano al pasarte el shot de tequila, y sientes la electricidad subir por tu brazo, haciendo que tus pezones se endurezcan contra el encaje de tu bra. Hablan de tonterías: el pinche tráfico, la crema y nieve del Chino Jacobs, pero sus ojos devoran tu escote, y tú bajas la mirada a la protuberancia en sus jeans, imaginando el grosor. Quiero sentirlo ya, carajo. La tensión crece con cada trago, sus rodillas tocando las tuyas, el sudor perlando su cuello que huele a colonia barata y hombre puro.

Acto seguido, él te toma de la mano y salen al bullicio de la calle, donde los taxis amarillos pitan y el aroma a tacos al pastor invade el aire, jugos caramelizados chorreando en las trompos. Caminan hasta su depa en la Condesa, un loft chido con ventanales que miran las luces de la ciudad. La puerta se cierra con un clic que suena a promesa, y él te empuja suave contra la pared, sus labios capturando los tuyos en un beso hambriento. Sabe a tequila y menta, su lengua explorando tu boca con urgencia, mientras sus manos recorren tu espalda, bajando a apretar tu culazo con fuerza posesiva pero tierna.

Esto es lo que necesitaba, su cuerpo contra el mío, duro y vivo
. Tú gimes bajito, un sonido gutural que sale de tu garganta, y tus uñas se clavan en su nuca, tirando de su cabello negro y ondulado. Él te levanta como si no pesaras nada, tus piernas envolviéndolo por la cintura, sintiendo su verga tiesa presionando contra tu panocha a través de la tela. La habitación gira: cama king size con sábanas de algodón egipcio, velas de vainilla encendidas que llenan el aire con dulzor, y el zumbido lejano de la metrópoli.

La escalada es lenta, deliciosa. Cristo te tumba en la cama, sus ojos fijos en ti mientras se quita la camisa, revelando un torso esculpido, con vello oscuro que baja en una línea tentadora hasta su ombligo. Tú te incorporas, besando su pecho, lamiendo el salado sudor que sabe a esfuerzo y deseo. "Qué rica eres, pinche diosa", murmura, su voz temblando mientras desabrocha tu vestido, exponiendo tus tetas llenas, pezones oscuros y erectos. Los chupa con hambre, succionando fuerte, enviando ondas de placer que mojan tu calzón. Tus manos bajan a su cinturón, liberando su pinga gruesa, venosa, palpitante, que salta libre, goteando precúm que brilla como perla.

El conflicto interno late: ¿Me entrego total o lo hago rogar? Pero el cuerpo manda. Tú lo empujas boca arriba, montándolo a horcajadas, frotando tu concha empapada contra su verga, el roce resbaloso haciendo que ambos jadeen. "Muéstrame tu pasión, Cristo", susurras, y él gruñe, manos en tus caderas guiándote. Bajas despacio, centímetro a centímetro, su grosor estirándote deliciosamente, llenándote hasta el fondo. El sonido es obsceno: piel contra piel, jugos chorreando, gemidos que suben de tono como una cumbia subidita.

El ritmo acelera. Tú cabalgas fuerte, tetas rebotando, sudor resbalando entre vuestros cuerpos, oliendo a sexo puro, almizcle y vainilla. Él se incorpora, chupando tu cuello, mordiendo suave, mientras una mano baja a tu clítoris, frotando círculos que te hacen arquear la espalda. "¡Ay, cabrón, no pares!" gritas, el orgasmo building como tormenta en el Popo. Él voltea posiciones, encima ahora, embistiéndote profundo, sus bolas golpeando tu culo, el colchón crujiendo bajo el peso.

La intensidad psicológica peaks: recuerdos de noches solas se disipan, solo existe él, su mirada clavada en la tuya, susurrando "Te voy a hacer mía, completa". Tú clavas uñas en su espalda, dejando marcas rojas, sintiendo cada vena de su verga pulsando dentro. El clímax llega como avalancha: tú primero, contrayéndote alrededor de él, chorros de placer mojando las sábanas, un grito ahogado que sabe a libertad. Él sigue, tres embestidas más, y explota, semen caliente inundándote, su rugido vibrando en tu pecho.

El afterglow es puro éxtasis. Caen juntos, jadeantes, piel pegajosa y reluciente. Él te abraza, besos suaves en tu frente, el olor de vuestros cuerpos mezclados como un perfume único. "¿Viste mi pasión?", pregunta riendo bajito. Tú asientes,

la mejor película de mi vida
, pensando en cómo esa frase tonta "dónde puedo ver la pasión de Cristo" te trajo aquí, a este paraíso de carne y alma. La ciudad ronronea afuera, pero dentro, solo paz, con su corazón latiendo contra el tuyo, prometiendo más noches de fuego.

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