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Sueños de Pasión Infidelidad Mortal

7452 palabras

Sueños de Pasión Infidelidad Mortal

La noche me envuelve como un amante prohibido en mi departamento de Polanco. Pedro ronca a mi lado, su respiración pesada y predecible, mientras yo me revuelvo en las sábanas de algodón egipcio que compramos en esa luna de miel en Cancún. Pero mis pensamientos no están con él. No esta vez. En mi mente, sueños de pasión infidelidad mortal se arremolinan como un torbellino de fuego, despertando un hambre que me quema por dentro.

Todo empezó hace semanas, en esa junta de la oficina donde Marco, el cuñado de Pedro, entró con esa sonrisa pícara que ilumina sus ojos café oscuro. Alto, con esa barba incipiente que raspa justo como me imagino, y un cuerpo forjado en el gym del barrio. "¡Órale, Valeria, qué gusto verte, carnala!", me dijo, dándome un abrazo que duró un segundo de más. Su colonia, un aroma terroso a sándalo y algo salvaje, se me pegó a la piel como una promesa. Desde entonces, cada noche, mis sueños se llenan de él: sus manos fuertes explorando mi cuerpo, su boca devorándome con urgencia mortal.

¿Por qué carajos no puedo sacármelo de la cabeza? Pedro es un buen pendejo, estable, pero esto... esto es otra cosa. Pasión que mata, infidelidad que me hace sentir viva.

Al día siguiente, el sol de la Ciudad de México filtra por las cortinas, trayendo el bullicio de los cláxones y el olor a café de olla que preparo en la cocina. Pedro se va a su trabajo en la constructora, besándome la mejilla con esa rutina que ya no enciende nada. "Cuídate, mi amor", dice, y yo asiento, fingiendo normalidad. Pero mi pulso late fuerte cuando veo el mensaje de Marco en el WhatsApp: "¿Te late un café en el centro hoy? Hay un lugar chido en Reforma." Mi corazón da un brinco. Neta, ¿estoy loca? Pero respondo: "Sí, wey, a las tres."

En el café, el aroma a chocolate caliente y pan dulce me envuelve mientras lo espero. Llega con jeans ajustados que marcan sus muslos musculosos y una camisa blanca que deja entrever el vello de su pecho. Nos sentamos cerca, nuestras rodillas rozándose bajo la mesa. "Valeria, neta que luces cañona hoy", susurra, su voz grave como un ronroneo. Hablamos de todo y nada: del tráfico infernal, de las series en Netflix, pero sus ojos devoran los míos, y siento el calor subiendo por mis piernas. Su mano roza la mía al pasar el azúcar, y un escalofrío me recorre la espina dorsal. El roce es eléctrico, piel contra piel, suave pero demandante.

La tensión crece como una tormenta en el desierto sonorense. Salimos caminando por Reforma, el viento juguetón levantando mi falda ligera, exponiendo un poco de muslo. Él se acerca, su aliento cálido en mi oreja: "¿Sabes qué? Desde que te vi, no dejo de pensar en ti". Mi cuerpo responde antes que mi mente; mis pezones se endurecen bajo la blusa, y un humedad traicionera se acumula entre mis piernas. "Marco, esto es una locura", digo, pero mi voz sale ronca, invitadora. Él me jala a un callejón discreto, entre las sombras de los edificios altos. Sus labios chocan contra los míos, urgentes, saboreando a café y deseo puro. Su lengua invade mi boca, danzando con la mía en un beso que sabe a pecado dulce.

Acto dos: la escalada

De vuelta en mi coche, con el aire acondicionado zumbando y el olor a su colonia impregnando el espacio, no aguanto más. "Vamos a mi casa", le digo, y él asiente, sus ojos brillando con lujuria animal. Pedro no regresa hasta la noche. Entramos al departamento, la puerta se cierra con un clic que suena a sentencia. Sus manos me arrancan la blusa, exponiendo mis senos plenos, y gime al verlos. "Qué chingones, Valeria". Los acaricia con pulgares ásperos, pellizcando los pezones hasta que jadeo, el placer punzante irradiando hasta mi clítoris hinchado.

Me empuja contra la pared de la sala, el yeso fresco contra mi espalda desnuda. Baja por mi cuello, mordisqueando la piel sensible, dejando marcas rojas que arden deliciosamente. Su boca llega a mis senos, chupando un pezón con succión voraz, mientras su mano se cuela bajo mi falda, dedos hábiles encontrando mi tanga empapada. "Estás chorreando, mi reina", murmura contra mi piel, y mete dos dedos dentro de mí, curvándolos para rozar ese punto que me hace arquear la espalda. El sonido húmedo de mi excitación llena el aire, mezclado con mis gemidos ahogados: "¡Ay, Marco, sí, cabrón!".

Esto es infidelidad mortal, sueños de pasión que se hacen carne. Si Pedro se entera, todo se va al carajo, pero no puedo parar. Su pene duro presiona contra mi muslo, grueso y palpitante, prometiendo llenarme.

Lo arrastro al sofá de cuero negro, que cruje bajo nuestro peso. Le bajo el zipper con dientes, liberando su verga erecta, venosa y caliente al tacto. La acaricio, sintiendo el pulso acelerado bajo mi palma, y la lamo desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado. Él gruñe, enredando sus dedos en mi cabello: "Chúpamela, Valeria, neta que eres una diosa". La engullo profunda, mi garganta acomodándose a su tamaño, el olor almizclado de su sexo inundándome los sentidos. Él bombea suavemente, follándome la boca con ritmo creciente.

Pero quiero más. Me monto sobre él, mi coño resbaladizo rozando su glande. Bajo despacio, centímetro a centímetro, gimiendo al sentirlo estirarme, llenarme por completo. "¡Qué rico, wey!", exclamo, comenzando a cabalgarlo. Sus manos aprietan mis nalgas, guiando mis caderas en un vaivén frenético. El slap-slap de piel contra piel resuena, sudor perlando nuestros cuerpos, el aroma a sexo crudo y perfume mezclado. Sus embestidas suben, golpeando profundo, rozando mi G-spot hasta que las contracciones me aprietan alrededor de él.

La intensidad crece: volteamos, él encima, mis piernas en sus hombros. Me penetra con fuerza primal, cada thrust enviando ondas de placer que me hacen gritar. "¡Más duro, pendejo, rómpeme!". Siento su cuerpo tensarse, músculos contraídos, el sudor goteando de su frente a mis senos. Mi orgasmo llega como un tsunami, mi coño convulsionando, ordeñándolo mientras grito su nombre. Él explota segundos después, llenándome con chorros calientes, su gruñido gutural vibrando en mi pecho.

Acto tres: el eco

Jadeamos enredados en el sofá, el corazón latiéndonos como tambores de una fiesta en la colonia. Su semen se desliza por mis muslos, cálido y pegajoso, mientras acaricio su espalda húmeda. El sol del atardecer tiñe la habitación de naranja, y el tráfico lejano suena como un susurro. "Valeria, esto fue... mortal", dice él, besando mi sien. Yo sonrío, saboreando el afterglow, el cuerpo lánguido y satisfecho.

Sueños de pasión infidelidad mortal. Lo hice realidad, y aunque el riesgo me aterra, me siento empoderada, mujer en todo su esplendor. ¿Seguirá? ¿Terminará? Por ahora, este secreto ardiente es mío.

Se viste con prisa cuando oigo las llaves de Pedro en la puerta. Un beso fugaz, prometedor: "Hasta pronto, mi pasión". Sale por la puerta trasera, y yo me arreglo rápido, el pulso aún acelerado, el aroma a sexo persistiendo en mi piel. Pedro entra, ajeno a todo: "¿Qué onda, amor? ¿Día tranqui?". Lo beso, sintiendo el sabor residual de Marco en mis labios. "Sí, perfecto", miento, pero dentro de mí, la llama sigue viva, lista para arder de nuevo.

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