Las Horas de la Pasión
La noche en Polanco estaba viva, con ese calor pegajoso de julio que te hace sudar hasta el alma. Yo, Ana, acababa de salir de un pinche día eterno en la oficina, y lo único que quería era un trago fuerte y música que me hiciera olvidar el tráfico de la Ciudad de México. Subí al rooftop del bar ese chido, con luces neón parpadeando y el skyline brillando como si la ciudad entera estuviera de fiesta. Pedí un tequila reposado con limón y sal, y ahí lo vi: Javier, alto, moreno, con una sonrisa que te derretía como chile en nogada.
Qué wey tan guapo, neta, pensé mientras él se acercaba, con una cerveza en la mano. Hablamos de tonterías al principio, de lo cara que está la vida en la CDMX, de cómo el metro es un desmadre. Pero pronto la plática se puso picante. Sus ojos cafés me recorrían sin disimulo, y yo sentía un cosquilleo en la piel, como si el aire caliente me estuviera acariciando las piernas bajo mi falda corta.
—¿Bailamos? —me dijo, con esa voz ronca que te eriza los vellos.
La pista estaba a reventar de cuerpos moviéndose al ritmo de cumbia rebajada mezclada con reggaetón. Sus manos en mi cintura eran firmes pero suaves, y el olor de su colonia mezclada con sudor fresco me mareaba. Bailamos pegaditos, mis pechos rozando su torso duro, y cada giro hacía que mi nalga sintiera la presión de su verga endureciéndose contra mí. Neta, ya me estaba mojando, admití para mis adentros, mientras el sudor nos unía como si fuéramos uno solo.
Después de unos tragos más, no aguantamos. —Vamos a mi depa, está cerca —propuso él, y yo asentí, con el corazón latiéndome a mil. Caminamos por las calles iluminadas, riéndonos como pendejos, tomados de la mano. El aire nocturno olía a tacos de la esquina y a jazmín de algún jardín, y cada roce de sus dedos en mi palma era una promesa de lo que vendría.
Estas van a ser las horas de la pasión que tanto necesitaba, carajo
Al llegar a su loft en una torre fancy, con vista al Periférico iluminado, cerró la puerta y me besó como si el mundo se acabara esa noche. Sus labios eran calientes, con sabor a cerveza y a deseo puro. Me quitó la blusa despacio, besando mi cuello, lamiendo el sudor salado que bajaba por mi clavícula. Yo le arranqué la camisa, sintiendo los músculos de su pecho bajo mis uñas, duros como el mezcal añejo.
Nos fuimos a la cama king size, con sábanas frescas que contrastaban con nuestra piel ardiente. Él se arrodilló entre mis piernas, subiendo mi falda y bajando mis tangas con los dientes. Qué chingón, gemí cuando su lengua tocó mi clítoris, suave al principio, luego voraz, chupando y lamiendo como si fuera el mejor elote en la feria. Olía a mi propia excitación, ese aroma almizclado que llena el cuarto, y el sonido de sus labios húmedos contra mi coño era música pura. Mis manos enredadas en su pelo negro, tirando suave, mientras mis caderas se movían solas, buscando más.
—Te gusta, nena? —preguntó con la boca llena de mí.
—Sí, carnal, no pares, me estás volviendo loca —le rogué, con la voz entrecortada.
Pero yo quería más. Lo empujé sobre la cama y me subí encima, desabrochando su jeans. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando con la punta brillando de precum. La tomé en mi mano, sintiendo el calor y la dureza, como un plátano maduro pero mucho más vivo. La chupé despacio, saboreando el salado de su piel, metiéndomela hasta la garganta mientras él gemía ¡órale! y me agarraba las tetas, pellizcando los pezones duros como piedras.
La tensión crecía como una tormenta en el desierto sonorense. Nos volteamos, él encima ahora, frotando su verga contra mi entrada húmeda. Entra ya, pendejo, pensé, pero le dije con voz suave: —Hazme tuya, Javier.
Empujó despacio, centímetro a centímetro, llenándome hasta el fondo. El estiramiento era delicioso, un ardor que se convertía en placer puro. Empezamos lento, sintiendo cada embestida, el slap slap de piel contra piel, el olor a sexo impregnando el aire. Sus bolas chocaban contra mi culo, y yo clavaba las uñas en su espalda, dejando marcas rojas que mañana le recordarían esta noche.
Acceleramos. Él me ponía de perrito, agarrándome las caderas con fuerza, metiendo profundo mientras yo me arqueaba, gimiendo como loca. El espejo del clóset reflejaba todo: mi cara de puro éxtasis, sus músculos tensos brillando de sudor, nuestros cuerpos uniéndose en un ritmo frenético. Las horas de la pasión se estiraban eternas, con besos mordidos, risas entre jadeos, y esa conexión que va más allá de lo físico.
Me volteó de nuevo, misionero, para mirarnos a los ojos. —Eres una diosa, Ana —me dijo, y yo sentí un nudo en la garganta, porque neta, en ese momento lo era. Sus embestidas se volvieron salvajes, mi clítoris rozando su pubis, y el orgasmo me golpeó como un camión en Insurgentes. Grité su nombre, temblando entera, contrayéndome alrededor de su verga, ordeñándola.
Él no tardó. —Me vengo, mi reina —gruñó, y se salió justo a tiempo, chorros calientes salpicando mi vientre y tetas. El olor era intenso, primitivo, y lo froté con mis dedos, probando un poco, salado y mío a la vez.
Nos quedamos tirados, jadeando, con el ventilador zumbando sobre nosotros y la ciudad murmurando afuera. Me acurruqué en su pecho, escuchando su corazón galopando calmándose poco a poco. Sudor, semen y perfume se mezclaban en un aroma que era puro nosotros.
Estas horas de la pasión no se olvidan, wey. Mañana quién sabe, pero esta noche fue perfecta
Charlamos bajito, de sueños locos, de cómo la vida en México te obliga a agarrar la pasión cuando llega. Él me besó la frente, y yo supe que esto era más que un polvo casual. Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, nos despedimos con una promesa de repetir. Bajé a la calle, con las piernas flojas y una sonrisa pendeja, sabiendo que las horas de la pasión habían cambiado algo en mí para siempre.