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Historia de una Pasión Brad Pitt

7781 palabras

Historia de una Pasión Brad Pitt

Estaba en el bar del hotel en Polanco, con un margarita en la mano, sintiendo el fresco del vidrio contra mi piel caliente de tanto baile. La noche en la Ciudad de México siempre tiene ese sabor a aventura, ¿neta? Yo, Sofia, veintiocho años, publicista exitosa, soltera y con ganas de algo que me sacara del pinche rutina. La música reggaetón retumbaba suave, mezclada con risas y el tintineo de copas. Olía a tequila añejo y perfume caro, ese ambiente que te hace sentir viva, deseada.

Entonces lo vi. Entró como si el mundo se detuviera para él. Alto, rubio con esos ojos azules que cortan el aliento, mandíbula cuadrada, sonrisa de medio lado. No mames, pensé, parece Brad Pitt en sus mejores años, como en esa peli de pasiones salvajes. Mi corazón dio un brinco, el pulso se me aceleró como si hubiera corrido una carrera. Llevaba una camisa blanca ajustada que marcaba sus hombros anchos, pantalón de vestir que le quedaba perfecto. Se acercó a la barra, pidió un whisky on the rocks, y su voz... grave, con un acento gringo pero fluido en español, como si hubiera vivido aquí.

Me miró. Nuestras vistas se cruzaron y sentí un cosquilleo en la nuca, bajando por la espalda hasta el entrepierna. Órale, Sofia, no seas pendeja, acércate. Tomé valor, me paré con las caderas sueltas, mi vestido rojo ceñido al cuerpo, tacones que me hacían sentir diosa. "Hola, ¿gringo perdido en la CDMX?", le dije juguetona, con mi mejor sonrisa coqueta.

"No perdido, buscando algo que valga la pena", respondió, sus ojos recorriéndome despacio, deteniéndose en mis labios, en el escote. Se presentó como Diego, pero yo ya lo bauticé en mi mente como mi Brad Pitt personal. Charlamos, reímos. Me contó que era actor de Hollywood de visita por un casting, pero la neta daba igual. Su risa era ronca, vibraba en mi pecho. El olor de su colonia, madera y cítricos, me envolvía como una promesa.

La tensión crecía con cada sorbo. Sus rodillas rozaban las mías bajo la barra, un toque eléctrico que me erizaba la piel.

Esto es como la historia de una pasión Brad Pitt, de esas que te quitan el sueño
, pensé, recordando las fantasías que había tenido viéndolo en la tele. Le conté de mi trabajo, de mis noches locas en la Roma, y él me escuchaba atento, su mano rozando la mía "por accidente". Sentí el calor de su piel, áspera en las yemas, y un jadeo se me escapó disimulado.

Al rato, no aguanté más. "Vamos a otro lado, wey", le propuse, mi voz ronca de deseo. Él sonrió, pagó la cuenta y salimos tomados de la mano. El aire nocturno de Reforma nos golpeó, fresco con olor a jacarandas, pero mi cuerpo ardía. Tomamos un taxi hasta mi depa en la Condesa, las luces de la ciudad pasando como estrellas borrosas. En el asiento trasero, su muslo contra el mío, su aliento en mi cuello. "Eres increíble, Sofia", murmuró, y me besó el hombro. Sabía a whisky y menta, sus labios firmes, lengua juguetona.

Acto uno cerrado: la chispa encendida, el deseo latiendo fuerte.

Entramos al elevador, solos. No esperé. Lo empujé contra la pared, mis manos en su pecho duro, sintiendo los músculos bajo la camisa. "Te quiero ya", le dije, mordiéndome el labio. Él gruñó, un sonido animal que me mojó al instante. Sus manos grandes en mi cintura, bajando a mis nalgas, apretando con fuerza posesiva pero tierna. El ding del elevador nos sacó del trance, pero en mi puerta, ya estábamos devorándonos. Clave temblando, risa nerviosa. "Qué chido tu depa", dijo, pero sus ojos solo en mí.

Lo jalé al sillón, lo senté y me subí a horcajadas. Su erección dura contra mi panocha, separada solo por tela. Lo besé con hambre, lengua enredándose, saboreando su saliva dulce. Desabotoné su camisa, lamiendo su pecho depilado, oliendo su sudor fresco mezclado con colonia. Su piel sabe a sal y aventura, pensé, mientras mis uñas arañaban suave su abdomen marcado. Él gemía bajito, "Sí, así, cariño", su acento gringo volviéndome loca.

Me quitó el vestido de un tirón, quedé en lencería negra, tetas al aire con el brasier a medio bajar. Sus ojos se oscurecieron de lujuria. "Eres perfecta", dijo, chupando mis pezones duros como piedras. El placer me recorrió como rayo, jadeé fuerte, arqueando la espalda. Sus manos expertas masajeaban mis muslos, subiendo hasta mi tanga empapada. "Estás chorreando por mí", murmuró, metiendo un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí. Grité, "¡No mames, Diego, qué rico!". Mis caderas se movían solas, follando su mano, el sonido chapoteante llenando la sala.

Pero quería más. Lo bajé los pantalones, su verga saltó libre, gruesa, venosa, la cabeza brillante de precum. Es el tamaño perfecto, como en mis sueños con Brad Pitt. La tomé en la mano, piel aterciopelada sobre acero, latiendo caliente. Lamí de abajo arriba, saboreando su esencia salada, bolas pesadas en mi palma. Él enredó sus dedos en mi pelo, guiándome suave, "Chúpamela, Sofia, qué buena boca". La tragué profunda, garganta relajada, gimiendo con él. El olor almizclado de su sexo me embriagaba, su gusto adictivo.

La intensidad subía. Me levantó como pluma, a la cama. Me tumbó boca arriba, besando cada centímetro: cuello, tetas, ombligo, muslos. Su barba incipiente raspaba delicioso. Cuando llegó a mi centro, separó mis labios con los pulgares, sopló suave. "Qué panocha tan rica, rosadita y mojada". Su lengua plana lamió mi clítoris, círculos lentos, luego rápidos. Sentí las olas venir, mis piernas temblando, "¡Voy a venirme, cabrón!". Él chupó más fuerte, dedos adentro, y exploté. Grité su nombre, jugos salpicando su cara, cuerpo convulsionando en éxtasis puro. El mundo se volvió blanco, oídos zumbando con mi pulso.

Pero no paró. Me volteó a cuatro patas, nalgas arriba. Sentí su verga en mi entrada, frotando, lubricando. "¿La quieres?", preguntó ronco. "¡Sí, métemela toda, amor!", supliqué empoderada, empinando más. Empujó despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. Lleno total, su pubis contra mis nalgas. Empezó a bombear, lento al inicio, salidas y entradas profundas, el slap slap de carne contra carne. Olía a sexo crudo, sudor, nuestra mezcla. Agarró mis caderas, acelerando, yo empujaba atrás, cogiendo como animales.

Esto es la historia de una pasión Brad Pitt hecha realidad, pasión que quema y libera, divagué en mi mente mientras gemía. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo salvaje, tetas rebotando, uñas en su pecho. Él pellizcaba mis pezones, "Muévete así, qué chingona". Sudor goteando, pieles resbalosas. De lado, cucharita, su mano en mi clítoris, follándome profundo. Cada embestida tocaba mi G, placer acumulado.

Acto dos culminando en pico: jadeos sincronizados, cuerpos pegados.

"Me vengo, Sofia", gruñó, hinchándose dentro. "Adentro, lléname", ordené, contrayendo mis paredes. Él rugió, chorros calientes inundándome, disparadores. Mi orgasmo lo siguió, múltiple, piernas rígidas, visión borrosa. Colapsamos, él aún adentro, palpitando.

El afterglow fue mágico. Acariciándonos, besos suaves, risas cansadas. Su cabeza en mis tetas, mi mano en su pelo revuelto. Olía a nosotros, sexo satisfecho, sábanas revueltas. "Fue increíble", murmuró. "La mejor noche de mi vida", respondí, sintiéndome reina.

Al amanecer, café en la terraza, vista a los árboles. No fue solo sexo; hubo conexión, risas, promesas vagas. Se fue al aeropuerto, un beso largo de despedida. Me quedé con el recuerdo tatuado en la piel, el fantasma de su toque. Historia de una pasión Brad Pitt, pero mía, eterna. Sonreí, lista para más aventuras. La vida en México es así: intensa, apasionada, sin arrepentimientos.

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