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Frases de un Diario de una Pasión

8335 palabras

Frases de un Diario de una Pasión

Ana se sentó en el balcón de su departamento en la Roma, con el sol de la tarde bañando las hojas de los ficus en la calle. El aire traía olor a café de la cafetería de abajo y a las tortillas recién hechas de la taquería vecina. Tomó su libreta, esa que había comprado en el tianguis de San Ángel, con tapa de cuero suave que olía a nuevo. Frases de un diario de una pasión, pensó, mientras garabateaba la primera línea. Hacía semanas que no escribía, pero desde que conoció a Javier, las palabras le brotaban como miel caliente.

Todo empezó en esa fiesta en la casa de su carnala Lupe, en Polanco. La música reggaetón retumbaba, luces neón parpadeando contra las paredes blancas. Ana, con su vestido negro ceñido que marcaba sus curvas, bebía un mezcal con limón y sal. Entonces lo vio: Javier, alto, moreno, con ojos cafés que brillaban como obsidiana. Llevaba camisa blanca arremangada, mostrando antebrazos fuertes de tanto gym. Órale, qué guapo el wey, se dijo, sintiendo un cosquilleo en el estómago.

Se acercaron bailando, sus cuerpos rozándose al ritmo de Bad Bunny. El sudor de él olía a colonia cara mezclada con hombre, ese aroma que te hace cerrar los ojos. "Qué onda, preciosa", le dijo con voz grave, su aliento cálido en su oreja. "Nada, carnal, nomás bailando pa' sudar", respondió ella juguetona, presionando su cadera contra la de él. Sintió su dureza contra su muslo y sonrió para adentro. Esta noche no pasa nada, pero ya quiero más.

Hoy conocí a Javier. Sus manos en mi cintura me quemaron la piel. Neta, wey, mi cuerpo se despertó como si hubiera estado dormido años. Quiero escribirle, pero mejor lo dejo cocer.

Al día siguiente, le mandó un mensajito: "Ey, ¿te late un café?". Quedaron en una cafetería chida en la Condesa. Él llegó puntual, con jeans ajustados y tenis Nike. Pidieron lattes con canela, y platicaron de todo: de su jale en una agencia de publicidad, de los viajes de ella a la playa en Puerto Vallarta. Sus rodillas se tocaban bajo la mesa, y cada roce era como electricidad. "Tienes unos labios que matan", le soltó él, mirándola fijo. Ana sintió el calor subirle por el cuello, sus pezones endureciéndose bajo la blusa. "Tú no te quedas atrás, pendejo", rio ella, mordiéndose el labio.

La tensión crecía como tormenta en el DF. Caminaron por la avenida, mano en mano, el viento fresco revolviendo su pelo. Llegaron al depa de ella, un loft luminoso con plantas por todos lados y una cama king size que gritaba promesas. "Pasa, ¿no?", dijo Ana, con voz ronca. Javier la jaló hacia él en la puerta, sus bocas chocando en un beso hambriento. Sabía a café y a deseo, su lengua explorando la de ella con urgencia. Manos por todos lados: las de él amasando sus nalgas, las de ella enredándose en su pelo.

Se separaron jadeando. "Neta, me traes loco", murmuró él, bajando los labios a su cuello, lamiendo la sal de su piel. Ana gimió bajito, el sonido vibrando en su pecho. Lo empujó al sofá, quitándole la camisa. Su torso era puro músculo, piel morena suave al tacto, con un rastro de vello que bajaba al ombligo. "Quítate eso", ordenó ella, señalando sus pantalones. Javier obedeció, su verga saltando libre, gruesa y venosa, apuntando al techo. Qué chingona, ya está lista pa' mí, pensó Ana, arrodillándose.

Sus besos son fuego. Me mojo nomás de pensarlo. Quiero que me folle hasta que olvide mi nombre. Frases de un diario de una pasión: esta apenas empieza.

Lo tomó en la boca, saboreando el precum salado, su lengua girando alrededor de la cabeza. Javier gruñó, "¡Ay, cabrona, qué rico chupas!". Sus caderas se movían instintivo, follándole la boca suave. Ella lo miró desde abajo, ojos lujuriosos, y aceleró, mano en las bolas pesadas. El cuarto olía a sexo incipiente, a piel caliente y feromonas. Él la levantó, la desvistió con prisa: bra negro cayendo, revelando tetas firmes con pezones oscuros duros como piedras. "Eres perfecta, mi reina", dijo, chupando uno mientras metía dedos en su calzón empapado.

Ana estaba en llamas, su coño palpitando, jugos chorreando por los muslos. "Métemela ya, wey, no mames", suplicó, abriendo las piernas en la cama. Javier se puso condón –siempre responsable, qué chido–, y se hundió lento en ella. El estiramiento era delicioso, llenándola hasta el fondo. "¡Qué prieta estás, pinche delicia!", jadeó él, empezando a bombear. Cada embestida era un choque de cuerpos sudorosos, piel contra piel chapoteando, sus gemidos mezclándose con el tráfico lejano de la ciudad.

Ella clavó uñas en su espalda, arqueándose, sintiendo cada vena de su verga rozando sus paredes. El olor a sexo era espeso, almizclado, mezclado con su perfume. "Más fuerte, cabrón, rómpeme", gritó Ana, perdida en el placer. Él obedeció, follándola como animal, bolas golpeando su culo. Cambiaron: ella encima, cabalgándolo salvaje, tetas rebotando, pelo volando. Sus manos en sus caderas guiándola, pulgares en el clítoris hinchado. "Ven, mi amor, córrete conmigo", ronroneó él.

El orgasmo la golpeó como ola en Acapulco: temblores desde el coño hasta los dedos de pies, chorros de placer mojando las sábanas. Javier se corrió segundos después, gruñendo su nombre, cuerpo convulsionando. Colapsaron juntos, piel pegajosa, respiraciones entrecortadas. El cuarto giraba en silencio, solo el zumbido del ventilador y sus corazones latiendo como tambores.

Me folló como dios manda. Su semen caliente dentro del condón, su peso sobre mí. Frases de un diario de una pasión: quiero más noches así, eternas.

Después, en la ducha, agua caliente cayendo como lluvia tropical, se enjabonaron mutuo. Sus manos resbalosas en curvas, besos suaves ahora, tiernos. "Eres increíble, Ana", dijo él, secándola con toalla mullida. Ella sonrió, sintiendo el afterglow en cada músculo relajado. Se acostaron desnudos, él abrazándola por atrás, verga semi-dura contra su culo. Platicaron bajito de sueños, de tacos al pastor en la esquina, de escapadas a Teotihuacán.

Ana tomó la libreta de la mesita, garabateando a la luz de la luna que entraba por la ventana. Javier dormía, ronquidos suaves como arrullo. Esta pasión me cambió. No es solo sexo, es conexión, wey. Sus ojos me ven de verdad. Mañana lo invitaría a su rancho en Querétaro, a cabalgar y follar bajo las estrellas. La vida en el DF era gris sin él; ahora brillaba como piñata llena de dulces.

Pasaron semanas así: citas en rooftops con vista al Popo, mamadas en el coche estacionado en Chapultepec, folladas mañaneras con café en la cama. Cada vez más intensas, más profundas. Una noche, en un hotel boutique en el Centro, él la ató suave con corbatas de seda –todo consensual, "dime si paras"–, y la comió entera, lengua en su clítoris hasta que gritó. "¡Sí, Javier, no pares, pinche experto!", chilló ella, corriéndose en su cara.

Atada, expuesta, vulnerable pero poderosa. Su lengua es magia. Frases de un diario de una pasión: me hace sentir reina del mundo.

Pero no todo era rose. Una vez discutieron por celos tontos –él vio un mensajito de un ex–, pero lo resolvieron follando reconciliadora en la cocina, ella contra la isla de granito, él atrás, profundo y perdonador. "Solo tú, mi vida", jadeó él. Ana aprendió a soltar, a disfrutar el ahora. Su diario se llenaba de frases crudas, honestas: del olor de su piel después del gym, del sabor de su semen en su lengua, del latido de su corazón contra el suyo.

Una tarde lluviosa, sentados en el sofá con chelas frías, le mostró el diario. "Lee, carnal". Javier hojeó, sonriendo pícaro. "Pinche poeta erótica", dijo, excitándose de nuevo. La tumbó, la penetró lento esta vez, miradas clavadas. "Te amo, Ana". "Yo más, wey". Se corrieron juntos, suspiros mezclados con la lluvia golpeando el vidrio.

Ahora, meses después, el diario está grueso, testigo de su pasión desbordante. Ana lo cierra, besa la tapa, y se acurruca contra Javier dormido. Frases de un diario de una pasión: nuestra historia apenas comienza, llena de fuego y promesas. El futuro huele a aventura, a más noches de éxtasis en esta ciudad que late como sus cuerpos unidos.

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