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La Pasion de Cristo Netflix Desata Mi Deseo Prohibido

6554 palabras

La Pasion de Cristo Netflix Desata Mi Deseo Prohibido

Era una noche calurosa en mi depa de la Roma, con el ventilador zumbando como un mosco pendejo y el olor a jasmine del jardín de abajo colándose por la ventana entreabierta. Yo, Ana, de veintiocho pirulos, recostada en el sofá de piel sintética que cruje con cada movimiento, con mi playera holgada y shorts que apenas cubrían mis muslos morenos. Al lado mío, Rodrigo, mi carnal del alma desde la uni, con su pecho tatuado asomando por la camiseta negra ajustada y esos ojos cafés que me miraban como si ya supiera lo que iba a pasar.

¿Por qué carajos elegimos ver La Pasion de Cristo en Netflix? pensé, mientras el menú parpadeaba en la tele grande. Rodrigo se rió, pasándome la chela fría que sudaba gotitas en la mesa de centro. "Neta, Ana, es Semana Santa, hay que ponernos culturales, wey", dijo con esa voz ronca que me erizaba la piel. Yo asentí, pero en el fondo sabía que no era por devoción. Era por la intensidad, por esa pasión cruda que prometía la peli, la que me hacía imaginar cosas que no le confesaría ni a mi mejor amiga.

Apagamos las luces, solo el resplandor azul de la pantalla iluminando nuestras caras. El sonido de los latidos de tambores empezó, grave y hipnótico, vibrando en mi pecho como un pulso acelerado. Rodrigo se acercó más, su muslo fuerte rozando el mío, el calor de su cuerpo mezclándose con el mío en el aire pegajoso. Olía a su colonia de sándalo y a sudor fresco, ese aroma macho que me hacía morderme el labio sin darme cuenta.

La peli avanzaba, las escenas de sacrificio, el cuerpo de Cristo marcado, sudando sangre bajo el sol implacable. Yo sentía un cosquilleo en el estómago, no por el gore, sino por la entrega total, esa pasión que ardía como fuego.

¿Y si Rodrigo me mirara así, con esa devoción absoluta?
Mi mente divagaba, mis pezones endureciéndose contra la tela ligera de la playera. Él notó, su mano grande posándose en mi rodilla, subiendo despacio, trazando círculos con el pulgar que enviaban chispas por mi espina.

"¿Te prende esto, verdad?" murmuró al oído, su aliento caliente rozando mi lóbulo, oliendo a chela y a menta de su chicle. Yo giré la cara, nuestros labios a milímetros, el corazón tronándome en los oídos más fuerte que la música épica de la peli. No seas pendeja, Ana, déjate llevar, me dije. Asentí, y él sonrió con picardía, su mano trepando por mi muslo interno, donde la piel era tan sensible que jadeé bajito.

La tensión crecía como una tormenta en el DF, lenta pero inevitable. En la pantalla, los clavos, el dolor transformado en éxtasis espiritual. Nosotros, en el sofá, con las respiraciones entrecortadas. Rodrigo me jaló a su regazo, mis nalgas asentándose en su entrepierna dura como piedra, sintiendo su verga palpitante contra mí a través de los pantalones. "Sientes eso, mami? Es por ti, no por la peli", gruñó, sus manos amasando mis tetas por encima de la playera, pellizcando los pezones hasta que un gemido se me escapó, dulce y agudo.

Me quité la playera de un tirón, mis chichis liberándose, oscuros y firmes, con el aire fresco besándolos. Él se lanzó, chupando uno, lamiendo el otro, su lengua áspera y caliente girando como un torbellino. Olía a mi propia excitación, ese musk dulce entre mis piernas, y el suyo, salado y animal. ¡Qué chingón se siente esto! pensé, arqueándome contra su boca, mis uñas clavándose en su cuello moreno.

La peli seguía de fondo, ignorada ya, pero sus ecos alimentaban el fuego: gemidos de sufrimiento que sonaban a placer reprimido. Rodrigo me volteó bocabajo en el sofá, bajándome los shorts con urgencia, exponiendo mi culo redondo al aire. Sus dedos exploraron mi concha empapada, resbaladizos de mis jugos, metiéndose y saliendo con un sonido chapoteante que me volvía loca. "Estás chorreando, Ana, pinche mojada por La Pasion de Cristo Netflix", bromeó, y yo reí entre jadeos, empujando contra su mano.

Esto es lo que necesitaba, esta pasión desatada. Le desabroché el cinturón, libere su verga gruesa, venosa, latiendo en mi palma caliente. La probé con la lengua, salada y suave, metiéndomela hasta la garganta mientras él gemía "¡Sí, cabrona, así!". El sabor me inundaba, mezcla de pre-semen y piel limpia, mientras mis dedos jugaban con sus huevos pesados.

La intensidad subía, como la cruz en la peli. Me puso de rodillas en la alfombra mullida, penetrándome de un solo empellón, llenándome hasta el fondo. Grité, el placer doliendo delicioso, sus caderas chocando contra mis nalgas con palmadas rítmicas, piel contra piel, sudor goteando. El sofá crujía, la tele murmuraba oraciones lejanas, pero solo existíamos nosotros: su verga estirándome, rozando ese punto que me hacía ver estrellas, mis paredes contrayéndose a su alrededor.

"Te amo así, entregada como Cristo en esa peli de Netflix", jadeó, mordiendo mi hombro, su aliento errático en mi nuca. Yo respondí empujando hacia atrás, cabalgándolo ahora yo arriba, mis tetas rebotando, el cabello pegado a la cara por el sudor. El olor a sexo impregnaba el aire, espeso y embriagador, mis jugos chorreando por sus bolas.

El clímax se acercaba, mis músculos tensándose, el mundo reduciéndose a su polla dentro de mí, dura e implacable. Vente conmigo, Rodrigo, dame todo. Él aceleró, gruñendo como bestia, sus dedos en mi clítoris hinchado, frotando furioso. Explosé primero, un orgasmo que me sacudió entera, gritando su nombre, mi concha ordeñándolo en espasmos. Él se vino segundos después, caliente y espeso, llenándome hasta rebosar, su cuerpo colapsando sobre el mío.

Quedamos jadeando, enredados en el sofá, la peli terminada en créditos mudos. Su semen goteaba lento por mi muslo, cálido y pegajoso, mientras su mano acariciaba mi espalda con ternura. "Pinche buena noche, ¿no?" murmuró, besando mi sien. Yo sonreí, el cuerpo lánguido y satisfecho, el corazón lleno.

La Pasion de Cristo Netflix no era sobre fe, era sobre esto: pasión pura, entrega total, el fuego que quema y renueva.
Nos levantamos despacio, riendo bajito, y nos metimos a la regadera, donde el agua caliente lavó el sudor pero no el recuerdo. Esa noche, en mi depa perfumado de jazmín y sexo, supe que nuestra historia apenas empezaba, ardiente como una cruz en llamas.

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