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Mi Loca Pasion Patrulla 81

7160 palabras

Mi Loca Pasion Patrulla 81

La noche en la Ciudad de México se sentía pesada como una cobija de lana en pleno verano. Yo, Ana López, oficial de la patrulla 81, manejaba por las avenidas iluminadas por los focos amarillentos de las farolas. El radio crepitaba con reportes de rutina: un pleito en la colonia Roma, un carro chocado en Insurgentes. Nada que nos quitara la noche. A mi lado, Marco Ruiz, mi compañero desde hace seis meses, estiraba las piernas en el asiento del copiloto. Ese pendejo guapo con ojos café que brillaban como chocolate derretido y una sonrisa que me hacía apretar los muslos sin querer.

El aire dentro de la patrulla olía a café rancio de la estación y al desodorante de él, ese que era puro bosque después de la lluvia. Llevábamos semanas con esa tensión, neta, como si el carro mismo supiera que algo iba a explotar. Yo lo veía de reojo, su camisa ajustada marcando el pecho musculoso, las venas en sus antebrazos cuando agarraba el radio.

¿Por qué carajos no lo salto ya? Es mi compañero, pero también el wey que me moja las bragas cada turno.

—Órale, Ana, ¿por qué no paramos un rato en el mirador de Chapultepec? No hay nada en el radio —dijo él, con esa voz ronca que me erizaba la piel.

Asentí, girando el volante hacia el parque. El motor rugió bajito mientras subíamos la colina. Afuera, las luces de la ciudad parpadeaban como estrellas caídas, y el viento traía olor a jacarandas y tacos de la taquería de abajo. Aparcamos en un rincón oscuro, lejos de los turistas. El silencio cayó como una manta, roto solo por el tic-tac del motor enfriándose.

Acto uno apenas empezaba, pero mi cuerpo ya sabía que esta noche mi loca pasion patrulla 81 iba a desatarse. Marco se giró hacia mí, su rodilla rozando la mía. El toque fue eléctrico, como si mi piel gritara por más.

—¿Sabes qué, carnala? Llevo rato queriendo decirte algo —murmuró, su aliento cálido oliendo a chicle de menta.

Mi corazón latía como tamborazo en una fiesta. Lo miré fijo, mis labios entreabiertos. —¿Y qué es, Marco? Dime no mames, no me dejes así.

Él se acercó, su mano grande cubriendo mi muslo por encima del uniforme. El calor de su palma se filtró a través de la tela áspera, haciendo que mi concha palpitara.

¡Chingado, sí! Esto es lo que necesitaba después de tantas noches soñando con su verga dura contra mí.
Nuestros labios chocaron en un beso hambriento, lenguas enredándose como serpientes. Sabía a menta y a deseo puro, salado por el sudor del día.

El beso se profundizó, sus dedos subiendo por mi pierna, rozando el borde de mis panties. Gemí bajito contra su boca, el sonido ahogado por el zumbido de la ciudad lejana. Manos expertas desabotonaron mi camisa, exponiendo mis tetas llenas bajo el sostén negro de encaje. Él gruñó, bajando la cabeza para lamer mi cuello, mordisqueando suave. El roce de su barba incipiente raspaba delicioso, enviando chispas directo a mi clítoris.

—Qué chingonas estás, Ana. Neta, me tienes loco desde el primer día —dijo, voz temblorosa mientras sus labios bajaban a mis pezones, chupándolos duros como piedras.

Yo arqueé la espalda, el asiento crujiendo bajo nosotros. Mis manos volaron a su bragueta, sintiendo su pinga tiesa, gruesa, latiendo bajo la tela. La saqué libre, pesada en mi palma, la piel suave y venosa. Olía a hombre puro, a almizcle masculino que me mareaba. La apreté, masturbándolo lento mientras él metía la mano en mis panties, dedos gruesos encontrando mi humedad resbalosa.

—Estás chorreando, mamacita. ¿Todo por mí? —rió bajito, su dedo índice circulando mi clítoris hinchado.

El placer me hizo jadear, mis caderas moviéndose solas.

Esto es mi loca pasion patrulla 81, aquí en este carro que patrulla las calles, pero esta noche patrulla mi fuego interno.
Lo empujé al asiento trasero, trepando encima. La patrulla se mecía leve con nuestro peso, las ventanas empañándose rápido por nuestro aliento agitado.

En el medio del acto, la intensidad subió como el volcán Popo en erupción. Me quité las panties de un jalón, frotando mi concha mojada contra su verga desnuda. Él agarró mis nalgas firmes, amasándolas mientras yo lo montaba despacio, la punta rozando mi entrada. El olor a sexo llenaba el aire, mezcla de mi jugo dulce y su precum salado. Bajé de golpe, empalándome en él hasta el fondo. ¡Qué rico! Su grosor me estiraba perfecto, llenándome como nadie.

—¡Sí, cabrón, así! Fóllame duro —gruñí, clavando uñas en su pecho.

Marco embestía desde abajo, sus caderas chocando contra las mías con palmadas húmedas. El sonido era obsceno, eco en el carro cerrado: piel contra piel, gemidos roncos, el chirrido del asiento. Sudor nos cubría, perlas brillantes bajando por su abdomen definido. Lamí una gota de su pecho, salada y caliente, mientras mis tetas rebotaban con cada thrust. Sus manos en mi clítoris, frotando en círculos que me volvían loca.

Internamente, luchaba con el miedo:

¿Y si nos cachan? Somos polis, pero esto es puro vicio. No mames, vale la pena cada segundo de esta locura.
Él lo sentía, me volteó de repente, poniéndome a cuatro patas en el asiento trasero. Su verga entró de nuevo, más profundo, golpeando mi punto G con precisión. Agarró mi pelo en una coleta improvisa, jalando suave mientras me taladraba. El placer crecía, una ola gigante, mis paredes contrayéndose alrededor de él.

—¡Me vengo, Marco! ¡No pares, wey! —grité, el orgasmo explotando como fuegos artificiales. Mi concha se apretó, chorros de jugo empapando sus bolas.

Él rugió, hinchándose dentro de mí antes de correrse, chorros calientes pintando mis paredes. Colapsamos juntos, jadeando, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El afterglow era puro paraíso: su corazón martillando contra mi espalda, el olor a sexo envolviéndonos como niebla dulce.

Acto final, la calma después de la tormenta. Marco me besó el hombro, suave, sus dedos trazando patrones en mi piel erizada. —Esto fue chido, Ana. Mi loca pasión en la patrulla 81... neta, quiero más noches así.

Yo sonreí, girándome para mirarlo a los ojos.

Esto no es solo un polvo, es el inicio de algo cabrón. Mi compañero, mi amante, en esta patrulla que ahora huele a nosotros para siempre.
Nos vestimos despacio, risas bajitas mientras limpiábamos el desastre con toallitas de la guantera. El radio cobró vida de nuevo: —Patrulla 81, reporten posición.

—Aquí Patrulla 81, todo en orden —respondí, voz ronca pero firme.

Arrancamos de vuelta a las calles, la ciudad brillando diferente ahora. Mi cuerpo zumbaba satisfecho, con el eco de su verga aún latiendo en mí. Mi loca pasion patrulla 81 se había consumado, y sabía que habría muchas más patrullas ardientes por venir. La noche mexicana nos pertenecía, llena de promesas calientes y besos robados.

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