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Pasión de Cristo Completa

6742 palabras

Pasión de Cristo Completa

Era Semana Santa en mi pueblo de Jalisco, el aire cargado con ese olor a incienso y flores de bugambilia que te envuelve como un abrazo caliente. Yo, Ana, acababa de llegar de la ciudad, harta del ruido y las prisas, buscando un poco de paz en las procesiones y las tradiciones que me recordaban mi infancia. Pero lo que encontré fue algo mucho más ardiente, algo que me prendió como yesca seca.

La plaza principal bullía de gente esa noche de Miércoles Santo. Las luces tenues de las velas parpadeaban sobre las caras devotas, y el tamborileo de las matracas retumbaba en mi pecho como un corazón acelerado. Ahí estaba él, sobre el escenario improvisado: Cristo. No el de las estampitas, sino un carnal bien puesto, alto, moreno, con músculos que se marcaban bajo la túnica raída mientras cargaba la cruz de madera. Su nombre de pila era Cristo, ¡no mames!, y lo había oído murmurar cuando saludaba a los compadres antes de la obra. Sus ojos, negros como el café de olla, barrieron la multitud y se clavaron en los míos. Sentí un cosquilleo en la piel, como si su mirada me desnudara ahí mismo, frente a todos.

¿Qué carajos me pasa? Este wey es el Jesús de la pasión de Cristo completa, y yo aquí, mojándome como pendeja.

La obra avanzó: los azotes resonaban con un chasquido seco que me erizaba los vellos, la corona de espinas goteaba sangre falsa que olía a hierro y pintura. Él gemía con una voz ronca, grave, que vibraba directo en mi entrepierna. Cuando lo bajaron de la cruz, sudoroso y jadeante, su pecho subía y bajaba, brillando bajo las luces. No pude aguantar más; después del final, cuando la gente se dispersó aplaudiendo, me colé entre las sombras del callejón lateral.

—Oye, Cristo, ¡qué chingón te viste allá arriba! —le solté, fingiendo casualidad, aunque mi voz salió más aguda de lo normal.

Él se giró, quitándose la corona con una sonrisa pícara que no pegaba con el santo de la obra. Olía a sudor masculino mezclado con esa colonia barata pero adictiva, como a madera y especias. —Gracias, morra. ¿Vienes seguido a estas broncas? —Su voz era como terciopelo raspado, y cuando me tendió la mano, su palma áspera rozó la mía, enviando chispas por mi espina.

Platicamos un rato, sentados en una banca de piedra aún tibia del sol del día. Me contó que era carpintero, que hacía cruces y esculturas para las iglesias, pero que actuar le valía madres, le gustaba el drama. Yo le confesé que la ciudad me tenía hasta la madre, que necesitaba algo real, algo que me hiciera sentir viva. Sus ojos se oscurecieron, y de pronto su mano subió por mi muslo, por debajo de la falda ligera que traía. —Pues aquí estoy yo, Ana. ¿Quieres sentir la pasión de Cristo completa? —murmuró, y su aliento cálido contra mi oreja me hizo arquear la espalda.

No sé cómo terminamos en su taller, un cuartito al fondo de la casa de su carnal, iluminado por una lamparita amarilla que proyectaba sombras largas en las paredes de adobe. El aire estaba denso con olor a aserrín fresco y trementina, y el suelo crujía bajo nuestros pies mientras nos devorábamos con besos hambrientos. Sus labios eran firmes, con sabor a cerveza y sal de suspiros, y su lengua exploraba mi boca como si fuera el último sorbo de agua en el desierto.

Estás cañona, Ana —gruñó, mientras sus manos grandes me arrancaban la blusa, dejando mis tetas al aire. Las tomó con avidez, pellizcando los pezones hasta que dolió rico, y yo gemí bajito, arqueándome contra él. Mi piel ardía donde me tocaba, su pecho peludo rozando el mío, duro como tabla de madera. Bajé las manos por su espalda, sintiendo los músculos tensos de tanto cargar cruces, y le bajé los pantalones. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, palpitando con un calor que me mojó las bragas al instante.

Esto es pecado, pero qué rico pecado. Su pasión de Cristo completa me va a romper en mil pedazos.

Lo empujé contra una mesa llena de herramientas, el metal frío contrastando con su piel caliente. Me arrodillé, el piso raspándome las rodillas, y lo tomé en la boca. Saboreé su prepucio salado, la gota perlada en la punta que era pura esencia de hombre. Él enredó los dedos en mi pelo, jadeando: —¡Sí, mámale así, güey! —Sus caderas se movían lento al principio, luego más urgentes, el sonido húmedo de mi chupada mezclándose con sus roncos ayes. Olía a macho en celo, a deseo crudo.

Pero no quería que se viniera todavía. Me levanté, me quité la falda y las tangas de un jalón, y lo monté ahí mismo, sobre la mesa que temblaba con cada embestida. Su verga me entró de golpe, llenándome hasta el fondo, estirándome con un ardor delicioso. —¡Chíngame duro, Cristo! —le supliqué, y él obedeció, clavándome con fuerza, sus manos en mis nalgas amasándome como masa de tamal. El sudor nos pegaba, resbaloso, y el taller se llenó de nuestros jadeos, el slap-slap de carne contra carne, el crujir de la madera.

Me volteó, poniéndome a cuatro patas sobre una pila de lonas que olían a tierra y pintura. Desde atrás, su verga me taladraba, tocando ese punto que me hacía ver estrellas. Sentía sus bolas peludas golpeándome el clítoris, su vientre contra mi culo, y sus dedos jugando con mi ano, untados en mis jugos. —Eres mi virgen María hecha puta, me susurró al oído, mordiéndome la oreja, y yo reí entre gemidos, empujando contra él.

La tensión crecía como tormenta de verano, mi vientre apretándose, mis muslos temblando. Él aceleró, gruñendo como animal: —¡Me vengo, Ana! —Y sentí su verga hincharse, explotando dentro de mí en chorros calientes que me empujaron al borde. Grité, mi coño contrayéndose en espasmos, ordeñándolo hasta la última gota. El mundo se volvió blanco, solo sensaciones: su peso sobre mí, el olor almizclado de nuestro sexo, el pulso latiendo en mis sienes.

Nos derrumbamos en el suelo, jadeantes, envueltos en una sábana vieja que olía a lavanda seca. Su cabeza en mi pecho, su mano trazando círculos perezosos en mi vientre. —Eso fue la pasión de Cristo completa, ¿no? —dijo riendo bajito, y yo asentí, besándole la frente sudorosa.

Después, mientras el gallo cantaba al amanecer y el aroma del café se colaba por la ventana, supe que esto no era solo un revolcón. Cristo me había despertado algo profundo, una fe nueva en el placer, en la carne que sufre y goza. Me quedé ahí, acurrucada contra su calor, pensando en las procesiones del día siguiente. Quizás lo vería de nuevo en la cruz, pero ahora sabía el secreto de su pasión completa: era mía, y yo era suya.

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