El Color de la Pasión Cap 120 Fuego en la Carne
La pantalla del tele parpadeaba con las luces dramáticas de El Color de la Pasión Cap 120, esa novela que nos tenía clavados al sofá todas las noches. Yo, Ana, recargada en el pecho de Javier, sentía el calor de su cuerpo filtrándose por mi blusa ligera. El aire de nuestro depa en Polanco olía a las enchiladas que acababa de sacar del horno, ese picor de chile que se mezclaba con el perfume dulce de mi loción de vainilla. Afuera, las luces de la ciudad zumbaban como un corazón acelerado, pero adentro, el silencio entre nosotros era espeso, cargado de promesas.
Javier me apretó la cintura con su mano grande, callosa de tanto trabajar en la constructora. Órale, carnal, pensé, este wey me prende con solo mirarme. En la novela, Amalia y Renato se besaban con furia, sus cuerpos chocando como si el mundo se acabara. Javier soltó un suspiro ronco. "¿Ves eso, mi reina? Así te quiero devorar yo a ti". Su voz grave me erizó la piel, y sentí un cosquilleo húmedo entre las piernas. Lo volteé a ver, mis ojos clavados en los suyos, oscuros como el mole poblano.
"¿Y qué esperas, pendejo?", le contesté juguetona, mordiéndome el labio. Me subí a horcajadas sobre él, el roce de mis jeans contra los suyos enviando chispas. Sus manos subieron por mis muslos, firmes pero suaves, explorando como si fuera la primera vez. Olía a su colonia de sándalo, mezclada con el sudor ligero de la tarde. Nuestros labios se encontraron en un beso lento al principio, lenguas danzando con sabor a tequila del trago que nos echamos antes. El beso se volvió hambriento, mis uñas clavándose en su nuca, tirando de su cabello corto.
Neta, este hombre me hace volar. Cada roce es como fuego líquido en mis venas.
Acto uno de nuestra propia novela acababa de empezar. Javier me levantó como si no pesara nada, sus brazos fuertes rodeándome. Caminamos al cuarto, tropezando un poco con la alfombra persa que trajimos de Oaxaca. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio, frescas y suaves. Me dejó caer con gentileza, sus ojos devorándome mientras se quitaba la playera, revelando ese pecho moreno, marcado por músculos que se contraían con cada respiración. "Quítate todo, mi amor", murmuró, y obedecí, deslizando mi blusa por la cabeza, mis senos libres saltando con el movimiento.
Él se arrodilló al pie de la cama, besando mi ombligo, bajando despacio. Sentí su aliento caliente en mi piel, el roce áspero de su barba incipiente en el interior de mis muslos. ¡Qué chido! Mi corazón latía como tamborazo zacatecano. Cuando sus labios tocaron mi centro a través de las panties, gemí bajito, arqueando la espalda. "Javier... sí, así". Deslizó la tela a un lado, su lengua experta lamiendo con lentitud, saboreando mi humedad salada. El sonido húmedo de su boca contra mí era obsceno, delicioso, mezclado con mis jadeos que llenaban la habitación.
La tensión crecía como tormenta en el desierto. Mis manos apretaban las sábanas, el olor a sexo empezando a impregnar el aire. Javier metía un dedo, luego dos, curvándolos justo ahí, ese punto que me hacía ver estrellas. Es mío, todo mío este placer, pensé, mientras mis caderas se movían solas, follándolo con la boca. "Más rápido, wey, no pares". Él obedecía, chupando mi clítoris con succión perfecta, hasta que el orgasmo me golpeó como ola en Acapulco. Grité su nombre, mi cuerpo temblando, jugos corriendo por sus dedos.
Pero no era suficiente. Lo jalé hacia arriba, desesperada por sentirlo dentro. Javier se quitó los pantalones, su verga dura saltando libre, gruesa y venosa, con una gota perlada en la punta. La tomé en mi mano, sintiendo el pulso caliente, el terciopelo sobre acero. "Te necesito ahora", le dije, guiándolo a mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. El sonido de piel contra piel empezó, chapoteante, rítmico. Sus embestidas eran profundas, golpeando ese lugar profundo que me volvía loca.
Nos volteamos, yo encima ahora, cabalgándolo como reina. Mis senos rebotaban con cada salto, sus manos amasándolos, pellizcando pezones duros como piedras. Sudor corría por su pecho, salado cuando lo lamí. "¡Qué rico, Ana! Fóllame más duro". Gemí, acelerando, el roce de mi clítoris contra su pubis enviando descargas. El cuarto olía a nosotros, a pasión cruda, mexicana, como tamales humeantes en fiesta. Sus manos en mis nalgas, guiándome, apretando hasta dejar marcas.
Esto es el color de la pasión cap 120 de mi vida, el capítulo donde nos perdemos el uno en el otro.
La intensidad subía, mis paredes apretándolo, ordeñándolo. Javier gruñó, volteándome de nuevo, poniéndome a cuatro patas. Entró con fuerza, sus caderas chocando contra mi culo, el slap-slap resonando. Una mano en mi clítoris, frotando círculos, la otra tirando de mi cabello. "Ven conmigo, mi vida". El clímax nos alcanzó juntos, mi coño convulsionando alrededor de él, su semen caliente llenándome en chorros. Grité, él rugió, colapsando sobre mí, pesados, satisfechos.
Acto tres, el afterglow. Nos quedamos así, enredados, respiraciones calmándose. Besos suaves en mi cuello, sus dedos trazando patrones en mi espalda sudorosa. El tele seguía encendido en la sala, pero ya no importaba. "Te amo, Ana. Eres mi pasión eterna". Sonreí, girándome para mirarlo. "Y tú la mía, Javier. Cada día es un nuevo capítulo".
Nos duchamos juntos después, agua caliente cascando sobre nosotros, jabón espumoso deslizándose por curvas y músculos. Sus manos me lavaron con ternura, explorando de nuevo, pero esta vez lento, reverente. Salimos envueltos en toallas, pidiendo unos tacos de la esquina por app, riéndonos de tonterías. En la cama, con el vientre lleno y el cuerpo saciado, me acurruqué en su pecho. El latido de su corazón era mi arrullo, el olor de su piel mi hogar.
Al día siguiente, al prender el tele, El Color de la Pasión Cap 120 seguía ahí, pero ahora era nuestro. Nuestra historia, escrita en gemidos y caricias, en el color rojo vivo de la pasión que nos unía. Neta, qué chingón es amar así, pensé, mientras Javier me besaba la frente. Y supe que vendrían más capítulos, más fuegos, más nosotros.