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Como es la fruta de la pasion

7438 palabras

Como es la fruta de la pasion

El sol de mediodía caía a plomo sobre el mercado de Oaxaca, ese olor a chiles tostados y hierbas frescas que te envuelve como un abrazo caliente. Tú caminas entre los puestos, el sudor perlando tu frente, la camisa pegándose a tu pecho ancho. De repente, tus ojos se clavan en ella. Ahí está, detrás de un montón de frutas exóticas, con una blusa escotada que deja ver el valle entre sus pechos morenos, el cabello negro suelto cayendo como cascada sobre sus hombros. Se llama Lupita, aunque tú aún no lo sabes. Sus labios carnosos se curvan en una sonrisa pícara mientras pela una maracuyá con dedos ágiles.

Órale, qué guapo este wey, piensas tú sin saberlo, pero ella sí lo nota en tu mirada hambrienta. Te acercas, atraído por ese aroma dulzón que flota en el aire, mezcla de fruta madura y su perfume de jazmín. "¿Como es la fruta de la pasion?", le preguntas, fingiendo curiosidad inocente, pero tu voz sale ronca, traicionándote. Ella ríe bajito, un sonido como campanitas en la brisa, y parte la fruta en dos. El jugo chorreando entre sus dedos, negro y pegajoso, con esas semillitas brillantes como perlas oscuras.

"Ven, pruébala", te dice, extendiendo la mitad hacia ti. Sus ojos cafés te recorren de arriba abajo, deteniéndose en el bulto que ya se marca en tus jeans. Tomas la fruta, el tacto rugoso de la cáscara te recuerda piel curtida por el sol, pero al morder, ¡neta! explota en tu boca una dulzura ácida, intensa, que te hace gemir bajito. El jugo resbala por tu barbilla, y ella se acerca más, limpiándotelo con el pulgar. Su toque es eléctrico, suave como seda, y sientes cómo tu verga se despierta de golpe, latiendo contra la tela.

"¿Ves? Así es la fruta de la pasión, carnal. Dura por fuera, pero adentro... puro fuego", murmura ella, su aliento cálido rozando tu oreja. El mercado bulle a su alrededor: vendedores gritando "¡Aguacates bien madritos!", risas de mujeres, el siseo de comales con tortillas. Pero para ti, solo existe ella. Lupita te toma de la mano, sus palmas húmedas y calientes. "¿Quieres saber más? Ven a mi casa, está cerquita. Te enseño como es la fruta de la pasion de verdad". No dudas. La sigues por callejones empedrados, el corazón retumbando en tus sienes, imaginando ya el sabor de su piel.

La casita de Lupita es un paraíso escondido: paredes de adobe pintadas de rosa, flores de bugambilia trepando por la entrada, y adentro, el aroma a vainilla y canela de algún dulce casero. Te hace pasar a la cocina, donde la luz filtra a través de cortinas de manta bordada. "Siéntate, mi rey", dice con esa voz melosa, sirviéndote un vaso de agua de jamaica bien fría. Pero sus caderas se mecen al caminar, el huipil flojo dejando ver la curva de sus nalgas firmes. Te sientas, pero tu mente es un torbellino:

¿Qué chingados estoy haciendo? Pero neta, esta morra me prende como mecha.

Ella se acerca, sentándose en tus piernas a horcajadas, el peso de su cuerpo perfecto sobre ti. Sientes el calor de su concha a través de la tela delgada de su falda, ya húmeda, rozando tu erección dura como piedra. "La fruta de la pasión no se prueba sola", susurra, besándote el cuello, su lengua trazando líneas húmedas que te erizan la piel. El sabor a sal de tu sudor mezclado con su saliva dulce. Tus manos suben por sus muslos suaves, morenos, apretando la carne que cede como melocotón maduro. Ella gime bajito, un "ay, wey" que te enciende más.

Desabrochas su blusa con dedos temblorosos, revelando pechos llenos, pezones oscuros endurecidos como semillas de maracuyá. Los chupas, succionando fuerte, el lecheado sabor salado en tu lengua mientras ella arquea la espalda, clavando las uñas en tus hombros. "¡Sí, así, cabrón!", jadea, moliéndose contra ti. El roce es tortura deliciosa, su humedad empapando tus pantalones. Te levantas, cargándola como pluma, y la acuestas en la mesa de madera, donde aún quedan restos de fruta partida. El jugo viejo pegajoso bajo su espalda, pero no importa.

Le quitas la falda de un tirón, y ahí está: su fruta de la pasión, depilada suave, labios hinchados brillando de excitación, el clítoris asomando como una perla jugosa. "Mírala, pruébala", te provoca, abriendo las piernas. El olor es embriagador, almizcle femenino mezclado con el dulzor de la fruta que aún tienes en la boca. Bajas la cabeza, lamiendo despacio, el sabor ácido-dulce de su flujo que te hace gruñir. Ella se retuerce, "¡Órale, qué rico, no pares!", sus muslos temblando alrededor de tu cara, el sudor resbalando por sus ingles.

Tu lengua explora cada pliegue, chupando el néctar que brota como jugo de maracuyá partida. Sientes su pulso acelerado contra tus labios, sus gemidos subiendo de tono, resonando en la cocina como música prohibida. Tus dedos se hunden en ella, dos, tres, curvándose para tocar ese punto que la hace gritar "¡Me vengo, pendejo!". Su orgasmo la sacude, chorros calientes mojando tu mano, tu barbilla, el piso de loseta roja.

Pero no paras. Te paras, te bajas los jeans, tu verga saltando libre, venosa y palpitante, goteando precum. Ella la mira con hambre, "Dame eso, mi amor". Te la mama profundo, garganta apretada succionando, saliva chorreando por las bolas. El sonido obsceno de succión, glug glug, te vuelve loco. La coges de la cabeza, follando su boca suave, pero ella manda, mordisqueando juguetona. "Ahora sí, métemela", exige, recostándose de nuevo, piernas en alto.

Empujas despacio, su concha tragándote centímetro a centímetro, caliente, apretada como guante de terciopelo mojado. ¡Qué chingonería! El estiramiento perfecto, sus paredes contrayéndose alrededor de ti. Empiezas a bombear, lento al principio, sintiendo cada roce, el slap slap de piel contra piel, sus tetas rebotando hipnóticas. Ella clava los talones en tu culo, "¡Más fuerte, cabrón, rómpeme!". Aceleras, el sudor volando, olores mezclados: sexo crudo, fruta fermentada, su perfume.

Cambian posiciones: ella encima, cabalgándote como amazona, caderas girando en círculos viciosos, su clítoris frotándose contra tu pubis. Tus manos amasan sus nalgas, un dedo hundiéndose en su ano apretado, lubricado por el jugo compartido. "¡Sí, ahí, mételo!", grita, su ritmo frenético. Sientes el orgasmo construyéndose, bolas tensas, verga hinchándose dentro de ella. Ella se tensa primero, venciéndose de nuevo, ordeñándote con espasmos. "¡Córrete conmigo!", suplicas tú, y explotas, chorros calientes llenándola, desbordando por sus muslos.

Caen exhaustos, ella sobre tu pecho, corazones galopando al unísono. El aire pesado de sexo y pasión, la fruta olvidada rodando por la mesa. Lupita te besa lento, lengua perezosa saboreando los restos dulces. "Ya viste como es la fruta de la pasion", susurra, riendo suave. Tú asientes, acariciando su espalda pegajosa, el mundo afuera olvidado. En ese momento, sientes paz, conexión profunda, como si hubieras descubierto un secreto ancestral mexicano: la pasión no se explica, se vive, se saborea hasta el último grano.

Pasan la tarde así, charlando entre caricias, planes de volver al mercado. Al atardecer, te vas con una sonrisa tonta, el sabor de ella y la fruta grabado en tu alma. Y sabes que regresarás, porque ahora entiendes perfecto como es la fruta de la pasion: irresistible, jugosa, eterna.

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