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Johann Sebastian Bach Pasión Según San Juan Carnal

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Johann Sebastian Bach Pasión Según San Juan Carnal

Entré al departamento en la Condesa con el cuerpo prieto de deseo después de un día eterno en la oficina. El aroma a café recién hecho y velas de vainilla me recibió como un abrazo cálido. Alejandro estaba ahí, mi carnal de años, recargado en el sillón con una sonrisa pícara que me hacía derretir las rodillas. Llevaba una playera ajustada que marcaba sus pectorales y unos jeans que dejaban poco a la imaginación.

Órale, morra, llegaste justo a tiempo, dijo con esa voz grave que me erizaba la piel. Hojeé el catálogo de Spotify y encontré esto: Johann Sebastian Bach Pasión Según San Juan. Neta que suena a puro fuego sacro, pero hoy lo vamos a hacer nuestro.

Me quité los zapatos de tacón con un suspiro de alivio, sintiendo el piso fresco bajo mis pies descalzos. El corazón me latía fuerte mientras me acercaba a él, oliendo su colonia fresca mezclada con su sudor natural, ese olor que me volvía loca. Me senté en su regazo, sintiendo su dureza crecer contra mis nalgas. Pinche Bach, ¿qué magia vas a desatar esta noche?, pensé mientras lo besaba, saboreando sus labios salados y su lengua juguetona que exploraba mi boca como un preludio musical.

Alejandro encendió el sonido del home theater, y las primeras notas de la Johann Sebastian Bach Pasión Según San Juan llenaron la sala. El coro grave resonaba como un trueno lejano, vibrando en mi pecho y bajando hasta mi entrepierna. Sus manos subieron por mis muslos, arrugando mi falda corta, mientras yo me mecía sobre él al ritmo de esas voces angélicas y atormentadas.

Acto primero: la tentación sutil. La música nos envolvía como niebla espesa, el tenor solista cantando con pasión contenida sobre el sufrimiento de Cristo. Yo sentía lo mismo en mi interior, un anhelo que crecía con cada acorde del violín que arañaba el aire. Alejandro me mordisqueaba el cuello, su aliento caliente enviando chispas por mi espina dorsal. Te sientes tan chida, Dani, murmuró, deslizando una mano bajo mi blusa para acariciar mis pechos. Mis pezones se endurecieron al instante bajo sus dedos ásperos, y un gemido se me escapó, ahogado por el crescendo orquestal.

Me incorporé un poco, quitándome la blusa con lentitud, dejando que viera mis tetas libres, oscuras y firmes bajo la luz tenue de las velas. Él las lamió con devoción, su lengua trazando círculos húmedos que me hicieron arquear la espalda. El olor de mi excitación empezaba a mezclarse con el incienso que él había encendido, un perfume almizclado que nos hacía jadear. Métetela ya, pendejo, le susurré juguetona, pero él negó con la cabeza, queriendo alargar el preludio.

La Pasión seguía, ahora con el bajo profundo narrando la traición de Judas. Alejandro me volteó con gentileza, poniéndome de rodillas en el sillón. Sus dedos bajaron mi tanga empapada, rozando mi clítoris hinchado. Sentí su aliento en mi chocha, caliente y ansioso, antes de que su lengua se hundiera en mí. Santo cielo, qué rico, pensé mientras el placer me recorría como olas del mar. Lamía despacio, saboreándome como si fuera el maná del desierto bíblico, y yo me aferraba al respaldo, mis uñas clavándose en la tela al ritmo de las trompetas que anunciaban la crucifixión.

En mi mente, la música y el toque se fundían: cada nota aguda era un roce en mi punto G, cada pausa un aliento expectante. ¿Por qué esta pieza de Johann Sebastian Bach me ponía tan caliente? Era como si el dolor sagrado se transformara en éxtasis carnal, puro y liberador.

Acto segundo: la escalada furiosa. Me levantó en brazos como si no pesara nada, llevándome a la recámara donde la música seguía fluyendo desde los altavoces. La cama king size nos esperaba con sábanas de algodón egipcio, frescas y suaves. Me tendió boca arriba, quitándose la ropa con prisa. Su verga saltó libre, gruesa y venosa, palpitando al compás del coro que gritaba Herr, unser Herrscher. Me abrió las piernas con ternura, besando el interior de mis muslos, oliendo mi humedad que goteaba.

¿Estás lista, mi reina? preguntó, sus ojos cafés clavados en los míos, llenos de deseo mutuo. Asentí, guiándolo hacia mi entrada. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Sentí cada vena, cada pulso, mientras él gemía bajito. Empezamos a movernos juntos, lento al inicio, como el recitativo sefardí que narraba el arresto. Mis paredes lo apretaban, succionándolo, y el slap de piel contra piel se sincronizaba con los violines frenéticos.

El sudor nos cubría, perlado y salado, goteando de su pecho al mío. Lo lamí, saboreando su esencia varonil mezclada con el mío. Más rápido, carnal, ¡qué padre se siente! le pedí, clavando mis talones en su culo firme. Aceleró, embistiéndome profundo, golpeando ese spot que me hacía ver estrellas. La música alcanzó el clímax de la Pasión, el coro estallando en furia divina mientras yo sentía el orgasmo aproximarse como un tsunami. Mis pechos rebotaban con cada thrust, mis manos arañaban su espalda dejando marcas rojas.

En mi cabeza, flashes: el aroma a sexo pesado, el crujido de la cama, el sabor de su beso urgente cuando se inclinó para devorarme la boca. No pares, Bach nos está follando a través de esta sinfonía, pensé en éxtasis. Él gruñía, su verga hinchándose más, al borde. Vente conmigo, Dani, neta que te amo, jadeó.

Acto tercero: la redención gozosa. El orgasmo nos golpeó como el trueno final de la obra. Yo grité primero, mi chocha convulsionando alrededor de él, chorros de placer empapando las sábanas. Él se hundió una última vez, eyaculando caliente dentro de mí, pulsos interminables que me llenaban. Colapsamos juntos, jadeantes, la música suavizándose hacia el cierre sereno de la Pasión.

Nos quedamos así, enredados, sintiendo nuestros corazones galopantes calmarse. Su semen goteaba lento de mí, cálido y pegajoso, mientras yo trazaba círculos en su pecho con la yema del dedo. El aroma post-sexo flotaba, dulce y animal, mezclado con las últimas notas de Johann Sebastian Bach Pasión Según San Juan que se desvanecían.

Pinche genio ese Bach, ¿no? murmuró él, besándome la frente. Reí suave, sintiéndome plena, empoderada en esa unión carnal que la música había bendecido. La pasión no es solo sufrimiento, es esto: liberación total, amor en carne viva. Afuera, las luces de la Condesa parpadeaban indiferentes, pero en nuestra cama, habíamos compuesto nuestra propia sinfonía eterna.

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