Pasión Capítulo 79 Fuego en las Venas
La brisa salada de Puerto Vallarta entraba por la ventana abierta del balcón, cargada con el aroma del mar y las flores de bugambilia que trepaban por las paredes de la villa. Lucía se recostaba en la hamaca de red, con un vestido ligero de algodón que se pegaba a su piel por el calor húmedo de la noche. Sus ojos, oscuros como el café de olla, miraban el horizonte donde el sol se hundía en un orgasmo de naranjas y rojos. Neta, qué chido estar aquí sola, pero con este calor me pica todo el cuerpo, pensó, mientras su mano bajaba distraída por su muslo, rozando la suavidad de su piel bronceada.
De repente, el sonido de un motor se acercó por el camino empedrado. Era él. Mateo, con su camioneta vieja pero impecable, la que siempre olía a cuero nuevo y a su colonia favorita, esa que mezclaba sándalo y picardía. Bajó con una sonrisa pícara, su camisa blanca desabotonada dejando ver el vello oscuro en su pecho fuerte. Órale, Lucía, ¿todavía te acuerdas de mí? dijo con esa voz ronca que le erizaba la piel.
Lucía se levantó despacio, sintiendo cómo su corazón latía más fuerte, como tambores de una fiesta en la playa. Habían pasado meses desde su última noche juntos, una pelea tonta por celos que los había separado. Pero ahora, viéndolo ahí, con el sudor perlando su frente y esos ojos que prometían travesuras, el deseo renació como una ola gigante. Este pendejo siempre sabe cómo hacerme mojar con solo mirarme, se dijo a sí misma, mientras caminaba hacia él con caderas balanceantes.
Se abrazaron en el umbral, sus cuerpos chocando con una electricidad que olía a sal y a hormonas. El pecho de Mateo era duro, cálido, y ella hundió la cara en su cuello, inhalando ese olor masculino que la volvía loca. Te extrañé, mi reina, murmuró él, besándole el lóbulo de la oreja. Sus labios eran suaves pero firmes, con sabor a menta y tequila del camino. Lucía sintió un cosquilleo entre las piernas, un calor que subía desde su centro como lava.
Entraron a la villa, iluminada solo por velas de coco que parpadeaban en la mesa del comedor. Mateo había traído una botella de mezcal artesanal de Oaxaca, el tipo que quema la garganta y enciende el alma. Cenaron mariscos frescos, camarones al ajillo que chorreaban mantequilla y ajo, mientras charlaban de todo y nada. Esto es como el comienzo de Pasión Capítulo 79 en mi blog, donde la protagonista siente que el destino la empuja de nuevo a los brazos del amor, pensó Lucía, recordando cómo escribía sus historias eróticas para su sitio web, inspiradas en sus propias vivencias.
La tensión crecía con cada trago. Sus pies se rozaban bajo la mesa, y cada roce era una chispa. Mateo la miró fijamente, sus ojos brillando como estrellas en el Pacífico. Lucía, no aguanto más verte así, tan rica, tan mujer. Ella se mordió el labio, sintiendo cómo sus pezones se endurecían contra la tela delgada del vestido. Ven, carnal, vamos a la terraza, le dijo con voz juguetona, tomándolo de la mano.
En la terraza, con el rumor de las olas rompiendo abajo y la luna llena bañándolos en plata, bailaron pegados. La cumbia suave salía del altavoz, ritmos que invitaban a mover las caderas. Las manos de Mateo bajaron por su espalda, apretando sus nalgas firmes. Lucía jadeó, presionando su pubis contra la dureza que crecía en los pantalones de él. Estás duro como piedra, mi amor, susurró ella, lamiéndole el cuello. Él gruñó, un sonido gutural que vibró en su pecho, y la besó con hambre, lenguas enredándose en un baile húmedo y salado.
¡Ay, Dios, su lengua sabe a mezcal y a promesas rotas! Quiero que me coma entera, que me haga gritar hasta que el mar se avergüence.
La levantó en brazos como si no pesara nada, sus músculos flexionándose bajo la camisa. La llevó al dormitorio, donde la cama king size estaba cubierta de sábanas de hilo egipcio blancas como espuma de mar. La depositó con gentileza, pero sus ojos ardían de pasión. Lucía se quitó el vestido de un tirón, quedando en encaje negro que contrastaba con su piel morena. Mírame, Mateo, toda tuya. Él se desnudó rápido, su verga erecta saltando libre, gruesa y venosa, con una gota perlada en la punta que brillaba a la luz de la luna que entraba por la ventana.
Se tumbaron juntos, piel contra piel, el calor de sus cuerpos mezclándose con el de la noche tropical. Mateo besó su cuello, bajando por sus senos, chupando un pezón con succiones lentas que la hacían arquear la espalda. ¡Qué rico, chupa más fuerte! gimió ella, enterrando las uñas en su cabello negro. Su boca era un horno húmedo, lengua girando alrededor del botón rosado hasta que dolió de placer. Bajó más, lamiendo su vientre plano, deteniéndose en el ombligo para meter la lengua juguetona.
Lucía abrió las piernas, invitándolo. El olor de su excitación llenaba la habitación, almizclado y dulce como miel de abeja silvestre. Mateo inhaló profundo, hueles a paraíso, mi vida, y hundió la cara entre sus muslos. Su lengua encontró su clítoris hinchado, lamiéndolo con movimientos circulares que la hicieron temblar. Neta, este wey lame como dios, pensó, mientras oleadas de placer subían por su espina. Introdujo dos dedos gruesos en su concha empapada, curvándolos para tocar ese punto que la volvía loca. Ella gritó, ¡Sí, así, no pares, pendejo delicioso!
El ritmo aumentó, sus caderas moviéndose contra su boca, el sonido de succiones y jadeos mezclándose con el viento. Lucía sintió el orgasmo construyéndose, una tormenta en su vientre. Pasión Capítulo 79, esto es el clímax que mis lectoras sueñan, flash en su mente mientras explotaba, chorros de placer mojando la cara de Mateo. Él lamió todo, bebiendo su esencia con gemidos de satisfacción.
Pero no pararon. Lucía lo empujó sobre la cama, montándolo como amazona. Su verga entró en ella de un solo empujón, llenándola hasta el fondo. ¡Estás tan apretada, tan caliente! rugió él, agarrando sus caderas. Ella cabalgó con furia, senos rebotando, el slap-slap de carne contra carne resonando. Sudor corría por sus cuerpos, salado en la lengua cuando se besaban. Mateo la volteó, poniéndola a cuatro patas, y la penetró desde atrás, profundo y rápido. Sus bolas golpeaban su clítoris con cada embestida, enviando chispas de éxtasis.
Siento su verga palpitando dentro, estirándome, poseyéndome. Quiero que se venga conmigo, que nos fundamos, pensó Lucía, mientras él la jalaba del cabello suave, no doloroso, solo para aumentar la intensidad. ¡Córrete para mí, mi reina! ordenó, y ella obedeció, un segundo orgasmo más fuerte que el primero, contrayendo su concha alrededor de él como un puño de terciopelo. Mateo gruñó largo, llenándola con chorros calientes que se sentían como fuego líquido.
Colapsaron juntos, jadeantes, envueltos en el olor a sexo y mar. Sus corazones latían al unísono, lentos ahora. Mateo la abrazó por detrás, su verga aún semidura dentro de ella, besándole la nuca. Te amo, Lucía. No te suelto más. Ella sonrió en la oscuridad, sintiendo la paz del afterglow, el cuerpo pesado y satisfecho.
Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa, Lucía se sentó en la terraza con su laptop. Abrió su blog y empezó a escribir: Pasión Capítulo 79: Fuego en las Venas. La noche en que el deseo nos reclamó de nuevo, piel con piel, alma con alma. Sus dedos volaban sobre el teclado, reviviendo cada roce, cada gemido. Mateo se acercó, desnudo y glorioso, y la besó en la sien. ¿Ya estás contando nuestra historia? Ella rio, Sí, carnal, para que el mundo sepa lo que es la verdadera pasión mexicana.
En ese momento, supieron que era el comienzo de muchos capítulos más, llenos de fuego, risas y amor eterno.