Don Lucio Abismo de Pasión
El sol del atardecer teñía de oro las colinas de Jalisco cuando llegué a la hacienda de Don Lucio. El aire olía a tierra húmeda y jazmines en flor, ese aroma que se te mete en la piel y no te suelta. Yo, Elena, había venido por recomendación de una amiga, para ayudar con la organización de una fiesta familiar. Pero desde el momento en que lo vi, supe que esto iba más allá de un trabajo temporal. Don Lucio era un hombre de unos cuarenta y tantos, alto, con la piel morena curtida por el sol y una barba recortada que enmarcaba una sonrisa pícara. Sus ojos negros, profundos como pozos, me miraron de esa forma que hace que el estómago se te revuelva.
Qué hombre tan chingón, pensé mientras bajaba del camión, sintiendo el calor subir por mis mejillas. Llevaba una blusa blanca ajustada y una falda floreada que ondeaba con la brisa, y noté cómo su mirada se deslizaba por mis curvas sin disimulo, pero con un respeto que me erizaba la piel.
—Bienvenida, Elena —dijo con esa voz grave, ronca como el tequila añejo—. Pasa, mija, aquí vas a estar como reina.
Me tomó la mano para ayudarme a bajar, y el roce de sus dedos callosos contra mi palma fue como una chispa. Su olor, mezcla de cuero, tabaco y hombre sudado, me invadió las fosas nasales. Caminamos hacia la casa grande, con sus muros de adobe blanco y buganvillas trepando por todas partes. Adentro, el fresco del interior contrastaba con el bochorno de afuera, y el sonido distante de un mariachi practicando en el patio me puso la piel de gallina.
Durante la cena esa noche, con la familia reunida alrededor de la mesa larga, no pude dejar de mirarlo. Contaba anécdotas de sus viajes por el país, riendo con esa carcajada que retumbaba en mi pecho. Yo servía los tacos de carnitas, jugosos y crujientes, el vapor subiendo con olor a cebolla asada y cilantro fresco. Cada vez que pasaba cerca, su rodilla rozaba la mía bajo la mesa, accidental al principio, pero luego intencional. Sentí un cosquilleo subir por mis muslos, y apreté las piernas para contener el calor que se acumulaba entre ellas.
¿Qué me pasa con este padre? Es mayor que yo, pero neta, me prende como nadie. Ese Don Lucio, abismo de pasión que me está jalando sin remedio.
La noche avanzó con tequilas reposados, el líquido ámbar quemando la garganta y soltando las lenguas. La familia se fue retirando, y quedamos solos en el porche, bajo las estrellas que brillaban como diamantes en el cielo negro. El viento traía el perfume de las magnolias, y el grillo cantaba su sinfonía eterna.
—Elena, chula, ¿por qué una mujer como tú anda sola por estos rumbos? —preguntó, acercándose tanto que sentí su aliento cálido en mi oreja.
Mi corazón latía como tambor de banda. —Buscando algo que me haga vibrar, Don Lucio. Algo real, sabes?
Su mano se posó en mi cintura, firme pero gentil, y me giró hacia él. Nuestros ojos se encontraron, y en ese instante, el mundo se redujo a nosotros. Sus labios, carnosos y cálidos, rozaron los míos en un beso tentativo que pronto se volvió voraz. Saboreé el tequila en su lengua, el salado de su piel, mientras sus manos exploraban mi espalda, bajando hasta apretar mis nalgas con posesión juguetona.
—Órale, qué rica estás —murmuró contra mi cuello, mordisqueando la piel sensible—. Ven, vamos adentro antes de que nos vean.
Me llevó a su habitación, una suite amplia con cama king size cubierta de sábanas de algodón egipcio, velas encendidas que parpadeaban sombras danzantes en las paredes. El aroma a sándalo del difusor se mezclaba con nuestro sudor incipiente. Me desvistió despacio, besando cada centímetro de piel que liberaba: el hueco de mi clavícula, el valle entre mis senos, el ombligo. Sus dedos ásperos contrastaban con la suavidad de mi vientre, enviando ondas de placer que me hacían gemir bajito.
Yo no me quedé atrás. Le arranqué la camisa, revelando un torso musculoso, velludo en el pecho, con cicatrices de vida dura que lamí con devoción. Su verga ya dura presionaba contra mis muslos, gruesa y pulsante, y la tomé en mi mano, sintiendo las venas hinchadas bajo la piel aterciopelada. —Qué chingona, Don Lucio —susurré, acariciándola de arriba abajo mientras él jadeaba.
Nos tumbamos en la cama, cuerpos entrelazados en un baile lento al principio. Sus labios chupaban mis pezones, duros como piedras, tirando de ellos con los dientes hasta que arqueé la espalda. El sonido de nuestras respiraciones agitadas llenaba la habitación, mezclado con el crujir de las sábanas. Bajó su boca por mi vientre, abriendo mis piernas con manos expertas. Sentí su aliento caliente en mi panocha, húmeda y hinchada de deseo, antes de que su lengua la tocara. Lamía despacio, saboreando mis jugos, circulando el clítoris con maestría que me tenía al borde del abismo.
Es un demonio, este hombre, pensé mientras mis caderas se movían solas contra su cara. El olor almizclado de mi excitación lo volvía loco; gruñía como fiera, metiendo dos dedos gruesos dentro de mí, curvándolos para rozar ese punto que me hacía ver estrellas. —¡Sí, así, cabrón! —grité, clavando las uñas en su espalda.
La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Me volteó boca abajo, besando la curva de mi espinazo, y se posicionó detrás. Su verga rozó mi entrada, untada en mis fluidos, y empujó despacio, centímetro a centímetro. Sentí la plenitud, el estiramiento delicioso que me llenaba por completo. Empezó a moverse, embestidas profundas y rítmicas, el slap-slap de piel contra piel resonando como aplausos obscenos. Sudábamos juntos, el olor salado impregnando el aire, mientras sus bolas golpeaban mi clítoris con cada thrust.
—Eres mía esta noche, Elena —jadeaba en mi oído, mordiendo el lóbulo—. Dime que lo quieres.
—Sí, pendejo juguetón, chíngame más fuerte —respondí, empujando hacia atrás para tomarlo todo.
El clímax nos alcanzó como avalancha. Mis paredes se contrajeron alrededor de él, ordeñándolo mientras ondas de placer me sacudían desde el centro hasta las puntas de los dedos. Grité su nombre, Don Lucio, sintiendo su verga palpitar y llenarme con chorros calientes de semen. Colapsamos juntos, exhaustos, piel pegada a piel, corazones galopando al unísono.
En el afterglow, me acurruqué contra su pecho, escuchando los latidos que se calmaban poco a poco. El aire olía a sexo y satisfacción, las velas casi consumidas proyectando una luz tenue. Él me acariciaba el cabello, besando mi frente.
—Qué abismo de pasión me has abierto, mija —dijo con voz suave—. Quédate conmigo un rato más.
Sonreí en la oscuridad, sabiendo que esto era solo el principio. La hacienda, con su magia eterna, nos había unido en un torbellino de sensaciones que no olvidaría. Afuera, el viento susurraba promesas de noches futuras, y yo, por primera vez en mucho tiempo, me sentía completa, vibrante, viva.