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Pasión Desenfrenada en Motors Hidalgo

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Pasión Desenfrenada en Motors Hidalgo

El sol de mediodía caía a plomo sobre el estacionamiento de Pasión Motors Hidalgo, haciendo que el asfalto brillara como si estuviera recién encerado. Ana estacionó su viejo vochito al lado de una fila de cacharros relucientes: camionetas pick-up con rines cromados, sedanes deportivos y un par de SUVs que gritaban poder y aventura. Bajó del auto con el corazón latiéndole un poco más rápido de lo normal. No era solo por el calor pegajoso que se le pegaba a la piel bajo la blusa ligera de algodón, sino porque necesitaba un cambio. Un carro nuevo, algo que la hiciera sentir viva, prende, como decían sus amigas.

El lugar olía a goma nueva, aceite fresco y ese aroma metálico de los escapes. Un tipo salió de la agencia, alto, moreno, con una sonrisa que iluminaba más que el sol. Llevaba una playera polo ajustada que marcaba sus pectorales y un overol manchado de grasa en las rodillas. “Buenas tardes, jefa”, dijo con voz grave, extendiendo la mano. “Soy Javier, ¿en qué te ayudo? ¿Buscas algo con pura potencia?”

Ana sintió un cosquilleo en el estómago. Sus ojos cafés la recorrieron de arriba abajo, deteniéndose un segundo de más en sus caderas. “Sí, wey, algo rápido y cómodo. Mi vocho ya no da pa’ más”. Rieron juntos, y él la guio por el lote, explicando motores, caballos de fuerza, como si cada palabra fuera una caricia. El aire estaba cargado de ese olor a cuero nuevo de los asientos, y Ana imaginó cómo se sentiría acelerando en uno de esos babies, con el viento enredándole el pelo.

Neta, este cuate me prende”, pensó Ana mientras Javier abría la puerta de una camioneta negra mate. “Su voz, sus manos grandes... ay, no mames”.

La invitó a un test drive. Subieron, y él encendió el motor con un rugido que vibró en sus huesos. “Agárrate, mija”, murmuró, pisando el acelerador. Salieron a la carretera que bordea Pachuca, el paisaje de cerros áridos pasando como un borrón. El viento entraba por las ventanillas abiertas, trayendo olor a tierra seca y maguey. Ana apoyó la mano en el tablero, sintiendo el calor del motor subir por sus dedos.

En el camino, la plática fluyó como tequila suave. Javier contó anécdotas de Pasión Motors Hidalgo, cómo el negocio había crecido de un taller chiquito a este paraíso de fieras mecánicas. “Aquí todo es pasión, ¿sabes? No vendemos carros, vendemos emociones”. Ana lo miró de reojo, notando cómo el sudor le perlaba el cuello, goteando hasta el hueco de su clavícula. Ella cruzó las piernas, sintiendo un calor húmedo entre los muslos que nada tenía que ver con el clima.

Pararon en un mirador apartado, con vista al Valle de Hidalgo. El sol teñía todo de naranja, y el silencio solo se rompía por el tic-tac del motor enfriándose. Javier apagó la radio, y el aire se llenó de su respiración pesada. “¿Qué te parece el carro?”, preguntó, pero sus ojos decían otra cosa. Ana se mordió el labio. “Me encanta. Es fuerte, suave... como tú”. Las palabras salieron solas, cargadas de esa tensión que había estado creciendo desde el primer apretón de manos.

Él se acercó, su rodilla rozando la de ella. El olor de su colonia mezclada con sudor la mareó. “¿En serio?”, susurró, su aliento cálido contra su oreja. Ana asintió, el pulso retumbándole en las sienes. Sus labios se encontraron en un beso lento, explorador, como probando un motor nuevo. Sabía a menta y a algo salvaje, masculino. Las manos de Javier subieron por su muslo, abriéndole la blusa con permiso implícito en su mirada. Ella jadeó cuando sus dedos ásperos rozaron la piel suave de su vientre.

Esto es loco, pero qué chido se siente”, pensó ella, arqueando la espalda. “Sus manos son como las de un mecánico experto, saben dónde apretar”.

El beso se volvió urgente, lenguas enredándose con hambre. Javier la reclinó en el asiento del copiloto, el cuero crujiendo bajo su peso. Desabrochó su brasier, liberando sus pechos que se irguieron al aire fresco de la tarde. Sus labios bajaron por su cuello, lamiendo el sudor salado, mordisqueando hasta llegar a un pezón endurecido. Ana gimió, el sonido reverberando en la cabina como un escape rugiente. “¡Ay, cabrón!”, soltó, enredando los dedos en su pelo negro revuelto.

Él deslizó la mano bajo su falda, encontrándola ya mojada, lista. “Estás empapada, mamacita”, gruñó, frotando su clítoris con círculos precisos. Ana se retorcía, el olor a su propia excitación mezclándose con el cuero y el metal caliente. Le bajó el cierre del pantalón, liberando su verga dura, palpitante. La tocó, sintiendo las venas gruesas bajo la piel suave, el calor que emanaba como un radiador al rojo vivo. “Qué pinga tan chida”, murmuró ella, acariciándola con devoción.

Javier la penetró despacio al principio, llenándola centímetro a centímetro. El estiramiento era exquisito, un ardor dulce que la hacía arquearse. “Métemela toda, wey”, rogó, clavando las uñas en sus hombros. Él obedeció, embistiéndola con ritmo creciente, el carro meciéndose con cada golpe. El sonido era obsceno: piel contra piel, húmeda y chapoteante, gemidos ahogados, el crujido de los asientos. Sudor goteaba de su frente al pecho de ella, salado en su lengua cuando lo lamió.

La tensión subía como revoluciones en un motor turbo. Ana sentía cada roce en su interior, el glande golpeando ese punto que la volvía loca. Javier jadeaba en su oído, “Te sientes tan rica, tan apretadita”, acelerando, sus caderas chocando con fuerza. Ella lo montó entonces, girando para quedar encima, cabalgándolo con furia. Sus pechos rebotaban, el viento de la ventanilla abierta enfriando su piel febril. El orgasmo la golpeó como un choque frontal: olas de placer convulsionándola, contrayendo alrededor de él, gritando “¡Sí, pendejo, así!”.

Él la siguió segundos después, gruñendo como bestia, llenándola con chorros calientes que se derramaban dentro. Colapsaron juntos, respiraciones entrecortadas, cuerpos pegajosos de sudor y fluidos. El atardecer pintaba la cabina de rojos y violetas, el aire espeso con olor a sexo crudo, satisfecho.

Se vistieron entre risas y besos suaves, el carro ahora marcado por su pasión. De vuelta en Pasión Motors Hidalgo, Javier le ofreció el mejor trato. “Este carro es tuyo, pero regresa cuando quieras por más pruebas”, guiñó. Ana sonrió, firmando los papeles con manos temblorosas aún. Salió manejando su nueva adquisición, el motor ronroneando bajo ella como un amante fiel.

En casa, se recostó en la cama, el cuerpo aún zumbando. Recordaba cada detalle: el sabor de su piel, el rugido del placer compartido, cómo Pasión Motors Hidalgo había encendido algo nuevo en ella. No era solo un carro; era libertad, deseo desatado. Y sabía que volvería, no por mantenimiento, sino por esa chispa que Javier había avivado en su motor interno.

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