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Pasión Que Redime

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Pasión Que Redime

En el corazón de Polanco, donde las luces de neón bailan con el ritmo de la noche mexicana, Ana se sentía como un fantasma en su propia vida. Tenía treinta y cinco años, un divorcio fresco como herida abierta y un trabajo en una galería de arte que la mantenía ocupada, pero vacía por dentro. ¿Cuánto tiempo más voy a arrastrar esta mierda? se preguntaba mientras sorbía un margarita en el bar del rooftop, con el skyline de la Ciudad de México extendiéndose como un mar de promesas rotas.

Entonces lo vio. Javier, con su camisa guayabera entreabierta dejando ver un pecho moreno y tatuado, bailaba salsa con una gracia que hacía que las mujeres voltearan. Era alto, de ojos negros profundos como pozos de obsidiana, y una sonrisa pícara que gritaba travesuras. Ana no pudo evitarlo; sus caderas se movieron solas al compás de la cumbia que retumbaba en los altavoces. Él la notó de inmediato, se acercó con un ¡Órale, güerita! juguetón y le tendió la mano.

—Ven, déjame enseñarte a moverte como se debe —dijo él, su voz ronca como el tequila reposado.

Ella dudó un segundo, pero el calor de su palma contra la suya fue como una chispa. Bailaron pegados, sus cuerpos rozándose en cada giro. El sudor perlaba su frente, mezclándose con el aroma a su colonia cítrica y piel tostada por el sol de Iztapalapa. Ana sintió un cosquilleo en el vientre, algo que no había sentido en años.

Esta pasion que redime que tanto busco, ¿será él?
pensó, mientras sus muslos se rozaban accidentalmente y un jadeo escapaba de sus labios.

La noche avanzó entre risas y tequilas. Javier le contó de su vida como chef en un restaurante de comida fusión en Roma Norte, de cómo amaba el picor del chile en la boca y el fuego en la sangre. Ana se abrió un poco, confesando su divorcio con un ex pendejo que la había dejado seca como tamal viejo. Él la escuchaba con ojos atentos, rozando su brazo con dedos callosos que prometían más.

—Vamos a mi depa, está cerca. Tengo un mezcal añejo que te va a volar la cabeza —propuso, y ella, con el corazón latiéndole como tamborazo zacatecano, dijo que sí.

El elevador del edificio moderno olía a jazmín del lobby. Apenas cerraron la puerta de su penthouse minimalista con vistas al Ángel, Javier la acorraló contra la pared. Sus labios capturaron los de ella en un beso hambriento, lenguas danzando como en la pista. Sabía a limón y humo de carbón, su barba raspando deliciosamente su piel sensible. Ana gimió, hundiendo las uñas en su espalda musculosa bajo la camisa.

Neta, me late tanto tu fuego —murmuró él contra su cuello, mordisqueando la piel salada.

Ella lo empujó hacia el sofá de cuero negro, quitándole la camisa con urgencia. Sus manos exploraron el vello oscuro de su pecho, bajando hasta el bulto duro en sus jeans. ¡Qué chingón está este wey! pensó, mientras él deslizaba su vestido rojo por sus hombros, exponiendo sus senos plenos con pezones ya erectos por la anticipación.

Se tumbaron en el sofá, el aire cargado del olor a excitación, piel caliente y el leve perfume de su loción. Javier besó su clavícula, lamiendo un camino descendente hasta chupar un pezón con succiones expertas que la hicieron arquearse. Ana jadeaba, el sonido de sus respiraciones entrecortadas mezclándose con el tráfico lejano de Reforma. Sus dedos se colaron en el encaje de su tanga, encontrándola empapada, resbaladiza como miel de maguey.

—Estás chorreando, mi reina —gruñó él, metiendo un dedo grueso que la hizo gritar de placer.

Ella no se quedó atrás. Desabrochó sus jeans, liberando su verga gruesa, venosa, palpitante como un corazón salvaje. La tomó en la mano, sintiendo su calor aterciopelado, el pulso acelerado bajo la piel. La lamió desde la base hasta la punta, saboreando el precum salado, mientras él gemía ¡Carajo, qué rica mamada!. Lo succionó profundo, garganta relajada, oyendo sus gruñidos guturales que vibraban en su pecho.

Pero querían más. Javier la levantó en brazos como si no pesara nada, llevándola a la cama king size con sábanas de algodón egipcio. La tendió boca arriba, separando sus piernas con reverencia. El cuarto olía a velas de vainilla que él encendió, la luz suave bailando en sus curvas. Besó sus muslos internos, inhalando su aroma almizclado de mujer en celo, antes de hundir la lengua en su panocha hinchada.

Ana se retorcía, agarrando las sábanas, el placer como olas del Pacífico rompiendo en su clítoris. Esto es lo que necesitaba, esta pasión que redime mi alma marchita, pensó en medio del torbellino. Él lamía con maestría, círculos lentos y chupadas firmes, dos dedos curvándose dentro para tocar ese punto que la hacía ver estrellas.

—¡No pares, pendejo, ¡me vengo! —gritó ella, explotando en un orgasmo que la dejó temblando, jugos brotando como lluvia de verano.

Javier subió, besándola para que probara su propio sabor dulce y salado. Ella lo volteó, montándolo a horcajadas. Su verga la llenó de un embiste, estirándola deliciosamente, el roce de su pubis contra el de ella enviando chispas. Cabalgó con furia, senos rebotando, sudor goteando entre ellos. Él agarraba sus nalgas, guiándola, gruñendo ¡Qué chingón te sientes, tan apretada y caliente!.

Cambiaron posiciones: él atrás, penetrándola profundo mientras mordía su hombro, una mano en su clítoris frotando en círculos. El slap-slap de carne contra carne resonaba, mezclado con gemidos y el crujir de la cama. Ana sentía cada vena de su verga rozando sus paredes internas, el placer acumulándose como tormenta en el horizonte.

—Córrete conmigo, carnal —jadeó él, acelerando.

El clímax los golpeó juntos. Ella gritó, convulsionando alrededor de él, mientras él se vaciaba en chorros calientes dentro, marcándola con su esencia. Colapsaron, cuerpos entrelazados, piel pegajosa de sudor, respiraciones sincronizadas como un son jarocho.

En la quietud posterior, Javier la abrazó, besando su frente húmeda. El aroma a sexo y mezcal flotaba, el corazón de la ciudad latiendo afuera como testigo. Ana, con la cabeza en su pecho, sintió las piezas de su ser encajar de nuevo.

Esta pasión que redime no fue solo un revolcón; fue mi salvación, mi renacer en esta jungla de concreto y sueños
, reflexionó, mientras él le susurraba promesas de más noches así.

Al amanecer, con el sol tiñendo el cielo de rosa como tortería fresca, Ana sonrió por primera vez en meses. Javier preparó chilaquiles con huevo y salsa verde picosa, y comieron desnudos en la terraza, riendo de tonterías. No era el fin, sino el principio de algo chido, ardiente, redentor.

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