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Pasiones TV Novelas Desatadas

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Pasiones TV Novelas Desatadas

Me recosté en el sillón de mi depa en la Condesa, con el control remoto en la mano y el volumen del tele justo para que las pasiones TV novelas me envolvieran como un abrazo ardiente. Era una de esas tardes de viernes en que el sol de México City se colaba por las cortinas, pintando todo de dorado, y yo, Carla, de veintiocho pirulos, necesitaba un escape. La novela del canal, con su protagonista de ojos negros y torso marcado, besando a la galán bajo la lluvia falsa, me tenía sudando. Sentía el calor subiendo por mis muslos, el aire cargado con el olor a mi perfume de vainilla mezclado con algo más primitivo, mi propia excitación.

¿Por qué carajos estas novelas me prenden tanto? pensé, mientras mi mano se deslizaba distraída por mi blusa holgada. Neta, las pasiones TV novelas eran mi vicio secreto; esas tramas de amor imposible, traiciones y reconciliaciones con sexo implícito me dejaban antojada. Afuera, el bullicio de la avenida se oía lejano, como un fondo perfecto para mi fantasía solitaria.

De repente, un golpe en la puerta me sacó del trance. ¿Quién vergas? Me acomodé la falda corta y abrí. Ahí estaba Marco, mi vecino del depa de al lado, el morro alto, moreno, con esa sonrisa chueca que parecía salida de una portada de revista. Llevaba una playera ajustada que marcaba sus pectorales y jeans que le quedaban como pintados.

—Órale, Carla, ¿todo bien? Oí la tele a todo volumen y pensé que tal vez necesitabas ayuda con algo —dijo con esa voz grave, oliendo a jabón fresco y colonia barata pero sexy.

—Psss, nomás estoy viendo mis pasiones TV novelas favoritas. Pasa, wey, si quieres —le invité, sintiendo un cosquilleo en el estómago. Era la primera vez que lo veía de cerca; neta, parecía el galán de la novela que justo pasaba en la pantalla.

Entró, se sentó a mi lado en el sillón, tan cerca que sus piernas rozaron las mías. El aroma de su piel me invadió, una mezcla de sudor limpio y masculinidad que me aceleró el pulso. En la tele, la pareja se besaba con pasión, ella gimiendo bajito mientras él le recorría la espalda.

—Estas novelas son una chingonería, ¿verdad? —comentó Marco, sus ojos fijos en la pantalla—. Me recuerdan a cuando mi jefa las veía en el trabajo.

Nos reímos, y de ahí platicamos. Me contó que era fotógrafo freelance, que amaba capturar momentos reales, no como el drama exagerado de la tele. Yo le confesé que esas pasiones TV novelas me hacían soñar con romances intensos, con hombres que no se andan con chingaderas. El roce de su brazo contra el mío era eléctrico; sentía el calor de su cuerpo filtrándose por mi ropa, mi piel erizándose.

La tensión creció con cada escena. En la novela, el galán le quitaba la blusa a la protagonista, revelando curvas perfectas bajo luces de estudio. Marco tragó saliva, y yo noté el bulto en sus jeans. ¿Se prendió tanto como yo?

—Neta, estos weyes saben cómo armar el ambiente —murmuró, su mano posándose casualmente en mi rodilla. No la quité. Al contrario, mi cuerpo gritaba por más.

El segundo acto de nuestra propia historia empezó sin guion. Giré la cara hacia él, nuestros ojos chocando como chispas. Sus labios se acercaron, suaves al principio, probando. Sabían a menta y a deseo contenido. El beso se profundizó; su lengua exploró mi boca con hambre, mientras sus manos subían por mis muslos, arrugando la falda. Gemí contra su boca, el sonido ahogado por el drama de la tele de fondo.

—Carla, me traes loco desde que te vi en el elevador —confesó entre besos, su aliento caliente en mi cuello. Mordisqueó mi lóbulo, enviando ondas de placer directo a mi entrepierna. Olía su excitación ahora, ese musk terroso que me humedecía más.

Me levanté, jalándolo conmigo hacia mi cuarto. La cama king size nos esperaba, sábanas de algodón suave revueltas de anoche. Lo empujé gentil, quitándole la playera. Su pecho era firme, velludo justo lo necesario; lo besé ahí, lamiendo el sudor salado que perlaba su piel. Él gruñó, un sonido animal que vibró en mi clítoris.

—Eres más caliente que cualquier novela, mamacita —dijo, desabotonando mi blusa con dedos temblorosos.

Mis tetas saltaron libres, pezones duros como piedras. Marco las tomó, masajeando con pulgares expertos, chupando uno mientras pellizcaba el otro. El placer era agudo, como rayos; arqueé la espalda, oliendo mi propio aroma de mujer lista, almizclado y dulce.

Le bajé los jeans, liberando su verga erecta, gruesa y venosa, palpitando en mi mano. La apreté, sintiendo su calor, la piel sedosa sobre acero. Él jadeó, qué rico, y me tumbó en la cama. Sus dedos se colaron en mi tanga, encontrándome empapada. Rozó mi clítoris en círculos lentos, torturándome.

—Dime qué quieres, Carla. Como en tus novelas —susurró, su voz ronca.

—Te quiero dentro, cabrón. Fóllame como si fuéramos los protas —rogué, mis caderas moviéndose solas.

Se quitó el resto de la ropa, su cuerpo desnudo era una obra de arte: músculos definidos, culo prieto. Se puso condón —siempre seguro, wey responsable— y se posicionó entre mis piernas. La punta de su verga rozó mi entrada, untándose en mis jugos. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome deliciosamente. Grité de gusto, uñas clavadas en su espalda, sintiendo cada vena, cada pulso.

Empezó a moverse, embestidas profundas y rítmicas. El slap-slap de piel contra piel se mezclaba con nuestros gemidos, el colchón crujiendo bajo nosotros. Sudábamos, el olor a sexo llenando el cuarto: salado, dulce, animal. Le mordí el hombro, saboreando su piel; él me besó el cuello, lamiendo gotas de sudor.

La intensidad subió. Cambiamos posiciones; yo encima, cabalgándolo como reina. Sus manos en mis caderas guiaban, pero yo marcaba el paso, frotando mi clítoris contra su pubis. ¡Qué chingón! Sus bolas chocaban contra mi culo, un sonido húmedo y obsceno. Él se incorporó, chupando mis tetas mientras yo rebotaba, mis paredes apretándolo como vicio.

El clímax se acercaba. Sentía el orgasmo construyéndose, una ola en mi vientre. Marco aceleró, sus embestidas brutales pero cariñosas.

—¡Ven conmigo, preciosa! —gruñó.

Exploté primero, un tsunami de placer que me dejó temblando, jugos chorreando, visión borrosa. Él me siguió, su verga hinchándose dentro, corriéndose con un rugido gutural. Colapsamos, enredados, pulsos latiendo al unísono.

En el afterglow, yacíamos jadeantes, su cabeza en mis tetas, mi mano en su cabello húmedo. El tele aún sonaba lejano, la novela en su clímax dramático. Reímos bajito.

—Neta, esto supera cualquier pasiones TV novelas —dije, besando su frente.

—Hagamos nuestra propia serie, ¿sale? —propuso, sus ojos brillando con promesa.

Nos quedamos así, piel con piel, el corazón lleno. Afuera, la ciudad palpitaba, pero nuestro mundo era perfecto, un final feliz escrito en sudor y besos. Mañana, quién sabe, pero esta noche, éramos los héroes de nuestra pasión desatada.

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