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Diario de una Pasion PDF Gratis

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Diario de una Pasion PDF Gratis

Querido diario,

Hoy es uno de esos días que no se me van a borrar de la memoria, wey. Me siento aquí en mi depa chiquito en la Roma, con el ruido de los coches allá abajo y el olor a café recién hecho flotando en el aire. Tengo 28 años, soltera por elección, pero con un fuego adentro que no se apaga. Todo empezó anoche en ese bar de la Condesa, el que tiene luces neón y reggaetón retumbando hasta que te vibra el pecho.

Estaba con mis morras, tomando chelas heladas que sabían a limón y sal, riéndonos de pendejadas. De repente, lo vi. Alto, moreno, con esa sonrisa pícara que te hace mojar las panties sin permiso. Se llamaba Diego, carnal de un cuate de mi jefa. Me miró fijo, como si ya supiera lo que me iba a pasar. Órale, pensé, este wey me va a complicar la noche. Me acerqué, neta, con el corazón latiéndome como tamborazo zacatecano. Hablamos de todo: de la pinche ciudad que no duerme, de tacos al pastor que nos moríamos por comer después. Su voz grave me erizaba la piel, y cuando rozó mi mano al pasarme la chela, sentí un chispazo que me subió hasta las tetas.

Salimos del bar caminando, el aire fresco de la noche oliendo a jazmín de algún jardín cercano. Me tomó de la cintura, y yo no me hice del rogar. ¿Qué pedo?, me dije, esto se siente chido. Llegamos a su coche, un Tsuru viejo pero limpio, y en el camino al depa de él, su mano en mi muslo me quemaba como chile habanero. No paramos en semáforos rojos del todo, besándonos con hambre, su lengua saboreando a tequila y deseo puro.

Primera entrada de mi diario de una pasion pdf gratis, porque neta, esto lo voy a compartir algún día, para que otras morras sepan lo que es prenderse de verdad.

Acto uno cerrado, diario. La tensión ya estaba ahí, palpando el aire como un latido compartido.

Al día siguiente, amanecí en su cama, con el sol colándose por las cortinas y su brazo pesado sobre mi cintura. Olía a él: sudor masculino mezclado con mi perfume de vainilla. Me despertó con besos suaves en el cuello, mordisqueando esa piel sensible que me hace gemir bajito. Pinche Diego, sabes exactamente dónde tocar, pensé mientras su mano bajaba por mi panza, rozando el ombligo y más allá.

Desayunamos huevos rancheros que él mismo preparó, con cilantro fresco y salsa que picaba rico. Hablamos horas, de nuestras vidas: yo diseñadora gráfica freelance, él ingeniero en una constructora. Confesiones fluyeron como el agua del Churubusco en tormenta. Le conté de mi ex, ese pendejo que no sabía ni dónde estaba el clítoris, y él rio, prometiendo mostrarme el cielo. La química era brutal, wey. Cada mirada era una promesa de más.

Por la tarde, salimos a pasear por el parque México. Tomados de la mano, el césped húmedo bajo los pies, perros ladrando y niños jugando a lo lejos. Nos sentamos en una banca, y empezó el juego. Sus dedos trazando círculos en mi rodilla, subiendo despacito por el interior del muslo. Mi respiración se aceleró, el corazón retumbando como bombo en una banda de rock. Ya valió, aquí me enciendo, me dije. Lo jalé hacia mí, besándolo con furia, mordiendo su labio inferior hasta que gimió contra mi boca. La gente pasaba, pero nos valía madres. Su erección presionaba contra mi cadera, dura como piedra, y yo la apreté con disimulo, sintiendo su pulso acelerado.

Volvimos a su depa en taxi, imposibles de parar. En el elevador, ya me tenía contra la pared, su boca devorando mi cuello, manos amasando mis nalgas. Entramos tambaleándonos, ropa volando por todos lados. Quedé en brasier y tanga, él en bóxers que no escondían nada. Su verga saltaba, gruesa y venosa, pidiéndome guerra. Lo empujé a la cama, montándome encima, frotándome contra él como gata en celo. El olor a sexo ya impregnaba el cuarto, almizcle y humedad mezclados.

Pero no cedí tan fácil. Le besé el pecho, lamiendo sus pezones duros, bajando por el abdomen marcado. Su piel salada en mi lengua, el vello ralo cosquilleándome la nariz. Llegué ahí, lo miré a los ojos, y me lo metí a la boca despacio. Sabe a hombre de verdad, pensé, chupando la cabeza hinchada, saboreando el pre-semen salado. Diego gruñía, "¡Ay, morra, qué chingón!" Agarrándome el pelo con fuerza, pero suave, guiándome. Yo lo mamaba con ganas, garganta profunda, sintiendo cómo se hinchaba más.

Esta es la escalada, diario. Mi cuerpo arde, el sudor perla en su piel, y yo controlo el ritmo. Quiere cogerme ya, pero lo hago sufrir un poquito más.

La intensidad subía, el cuarto lleno de jadeos y el slap de mi boca en su carne.

Ya no aguantamos más. Me volteó boca arriba, abriéndome las piernas como si fuera suya por derecho. Su mirada hambrienta me empoderaba, neta. "¿Estás lista, mi reina?", murmuró, y yo asentí, arqueando la espalda. Rozó mi panocha con la punta, mojada hasta el tope, labios hinchados pidiendo verga. Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándome delicioso. ¡Madre santa, qué llenadera! Gemí alto, uñas clavadas en su espalda, sintiendo cada vena pulsando dentro.

Empezó a moverse, lento al principio, saliendo casi todo y metiendo hondo. El sonido de piel contra piel, chapoteante por mis jugos, era música pura. Olía a nosotros, sexo crudo y sudor fresco. Aceleró, cogiéndome fuerte, mis tetas rebotando con cada embestida. Le chupé la lengua, probando su saliva mientras él me taladraba. Cambiamos: yo encima, cabalgándolo como jinete en palenque. Sus manos en mis caderas, guiándome, pero yo mandaba. Roté las pelvis, frotando el clítoris contra su pubis, ondas de placer subiendo por mi espina.

Me volteó a cuatro patas, el colchón hundiéndose bajo mis rodillas. Entró por atrás, profundo, golpeando mi culo con palmadas que ardían rico. "¡Más, cabrón, dame más!" grité, perdida en el éxtasis. Su mano bajó, frotándome el botón mientras me rompía. El orgasmo llegó como tsunami, contracciones apretándolo, chorros de placer mojando las sábanas. Él rugió, hinchándose, y se corrió adentro, chorros calientes llenándome hasta rebosar. Colapsamos, jadeando, su peso cálido sobre mí, besos suaves en la nuca.

Después, en la ducha, agua caliente lavando el sudor, nos enjabonamos mutuo. Sus dedos en mi raja sensible, yo acariciando su verga floja que se despertaba otra vez. Reímos, planeando la próxima. Salió el sol, y con él, una paz chida.

Fin de esta entrega de mi diario de una pasion pdf gratis. Diego es mi vicio nuevo, y esto apenas empieza. Si lo lees, carnal, vive tu pasión sin miedos. Namás consiente y disfruta.

Atentamente,
Ana, la que arde.

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