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El Significado de las Pasiones Desordenadas

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El Significado de las Pasiones Desordenadas

La noche en Guadalajara estaba viva, con el aire cargado de ese olor a tacos al pastor y jazmín que se cuela por las calles empedradas del centro. Yo, Ana, acababa de salir de una galería de arte en la Plaza de los Mariachis, donde un cuadro me había dejado pensando. Se titulaba Pasiones Desordenadas, y en la placa explicaba su significado: el caos del deseo humano, esa fuerza que nos arrastra sin control. Me reí para mis adentros. ¿Qué pendeja, no? Pero algo se removió en mi pecho, un cosquilleo que bajaba hasta mis muslos.

Ahí lo vi, recargado en una fuente, con una cerveza en la mano. Marco, mi amigo de la uni que no veía en años. Alto, moreno, con esa sonrisa de galán de telenovela que siempre me había hecho agua la boca. Vestía una guayabera blanca que se pegaba a sus pectorales por el sudor de la noche calurosa.

Órale, Ana, ¿qué haces aquí solita? ¿Buscando problemas?
me dijo, acercándose con ese andar confiado.

—Nada, wey, solo admirando arte —respondí, sintiendo cómo mi piel se erizaba bajo el vestido rojo ajustado—. Ese cuadro de pasiones desordenadas me dejó pensando en su significado. ¿Tú qué crees que sea?

Se acercó más, su aliento a tequila y menta rozando mi oreja. —Yo creo que es cuando el cuerpo manda y la cabeza se va al carajo. ¿Quieres que te lo demuestre?

Mi corazón latió como tamborazo zacatecano. Lo miré a los ojos, oscuros como mole poblano, y supe que esa noche iba a ser la buena. Caminamos por las callejones iluminados por faroles, riendo de tonterías, pero el aire entre nosotros vibraba. Su mano rozó la mía, y juro que sentí chispas. Olía a hombre, a tierra mojada después de la lluvia y a esa colonia barata que usaba en la prepa, pero ahora me volvía loca.

Llegamos a su depa en una colonia chida cerca de Chapultepec —no, espera, estamos en GDL, en Providencia—. Un lugar moderno con balcón y vista a las luces de la ciudad. Me sirvió un trago de raicilla, ese licor jalisciense que quema la garganta como fuego. Nos sentamos en el sofá de piel, y empezó el juego. Sus dedos jugaban con el borde de mi vestido, subiendo despacito por mi muslo. Qué suave tienes la piel, Ana, murmuró, y su voz ronca me hizo apretar las piernas.

Yo no era de las que se echan para atrás. Le quité la guayabera de un jalón, revelando ese torso tatuado con un águila real que siempre me había intrigado. Mis uñas arañaron su pecho, sintiendo los músculos tensos bajo mis yemas. Olía a sudor fresco, a deseo crudo.

Me estás volviendo loco, carnala
, gruñó, y me besó. Sus labios eran firmes, con sabor a tequila y sal, devorándome la boca como si fuera su última cena.

El beso se volvió salvaje. Sus manos me amasaron los senos por encima del vestido, pellizcando los pezones hasta que gemí contra su lengua. Me recargué en el sofá, abriendo las piernas instintivamente. Pasiones desordenadas, pensé, recordando el cuadro. Ese significado se hacía carne en nosotros: puro instinto, sin reglas. Bajó el tirante de mi vestido, exponiendo mi piel al aire fresco del ventilador. Lamio mi cuello, mordisqueando, dejando marcas que mañana dolerían rico.

—Quítamelo todo —le ordené, jadeando. Se arrodilló entre mis piernas, como un rey ante su diosa. El vestido voló por los aires, quedándome en tanga negra de encaje. Sus ojos se clavaron en mi concha, ya húmeda, palpitante. Estás chingona, dijo, antes de enterrar la cara ahí. Su lengua era un torbellino: lamió mi clítoris con círculos lentos, chupando como si fuera tamarindo dulce. Gemí fuerte, agarrando su pelo negro revuelto. El sonido de mi humedad contra su boca era obsceno, chapoteante, mezclado con mis ay wey, no pares.

Pero quería más. Lo jalé arriba, desabrochando su pantalón. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza brillando de pre-semen. La tomé en mi mano, sintiendo su calor, su pulso acelerado como mi corazón. Qué pinga tan chida, murmuré, y me la metí a la boca. Saboreé su piel salada, el gusto almendrado de su excitación. Lo chupé profundo, hasta la garganta, oyendo sus gruñidos roncos:

¡Puta madre, Ana, eres una diosa!
Mis jugos corrían por mis muslos, el olor a sexo llenando la habitación.

La tensión crecía como tormenta en el horizonte. Me levantó en brazos, fuerte como toro, y me llevó a la cama king size con sábanas de algodón egipcio. Me tiró boca arriba, abriendo mis piernas anchas. Se colocó encima, su verga rozando mi entrada, torturándome. Dime que la quieres, exigió, sus ojos fieros.

—Cógeme ya, pendejo —rogué, arqueando la espalda.

Entró de un embestida, llenándome hasta el fondo. Gritamos juntos. Su grosor me estiraba delicioso, rozando ese punto que me hacía ver estrellas. Empezó a bombear, lento al principio, cada thrust un golpe sordo de piel contra piel. Sudábamos, nuestros cuerpos resbalosos uniéndose en un ritmo frenético. Oía el crujir de la cama, mis tetas rebotando, su aliento caliente en mi oreja: Eres mía esta noche.

Yo clavaba las uñas en su espalda, dejando surcos rojos. Cambiamos posiciones: yo encima, cabalgándolo como jinete en palenque. Sus manos en mis caderas guiaban el vaivén, su verga golpeando profundo. El placer subía en olas, mi clítoris frotándose contra su pubis peludo.

¡Me vengo, Marco!
chillé, y exploté. Mi concha se contrajo alrededor de él, ordeñándolo, jugos calientes empapando las sábanas. Él rugió, llenándome con chorros calientes, su semen mezclándose con el mío.

Caímos exhaustos, jadeando. Su peso sobre mí era reconfortante, su piel pegajosa contra la mía. El cuarto olía a sexo puro, a sudor y placer cumplido. Me besó la frente, suave ahora. ¿Ves? Ese es el significado de las pasiones desordenadas, susurró. —Caos que libera el alma.

Me acurruqué en su pecho, oyendo su corazón calmarse. Afuera, los mariachis lejano cantaban Cielito Lindo, y la ciudad seguía su ritmo. Por primera vez en meses, me sentía completa, empoderada en mi deseo. No era solo cogida; era conexión, fuego compartido. Mañana volvería a mi vida de diseñadora gráfica, pero esta noche, las pasiones desordenadas habían encontrado su verdadero significado: libertad en los brazos del otro.

Nos quedamos así hasta el amanecer, explorando con manos perezosas, risas suaves. Su dedo trazaba mi espina, despertando cosquillas nuevas. ¿Otra ronda, reina? propuso, y yo sonreí. Claro que sí. Porque una vez que pruebas el caos, no hay vuelta atrás.

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