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Sarita de Pasión de Gavilanes Muere de Placer

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Sarita de Pasión de Gavilanes Muere de Placer

Marco se tiró en el sofá de su depa en la Condesa, con las luces bajas y el olor a café recién molido flotando en el aire. La tele tronaba con Pasión de Gavilanes, esa novela colombiana que lo tenía bien clavado. Su morra, Daniela, había salido a la tiendita por unas chelas y unos tacos de suadero, dejándolo solo con su vicio. El sudor le perlaba la frente bajo el aire acondicionado, mientras el drama se ponía cada vez más intenso.

En la pantalla, Sarita, esa morra de ojos fieros y curvas que mataban, enfrentaba su destino. Marco sentía el pulso acelerado, como si estuviera allá en la hacienda. Neta, qué mujerón, pensó, mientras su verga se ponía dura sólo de verla pelear por su amor. De repente, el cláximo: Sarita cayó, su pecho subiendo y bajando en agonía. "Sarita de Pasión de Gavilanes murió", murmuró el narrador, y Marco sintió un nudo en la garganta mezclado con una calentura que no se explicaba. El aroma de su propia excitación empezó a llenar la sala, ese olor almizclado que lo traicionaba.

¿Qué chingados? ¿Por qué su muerte me prende así? Es como si muriera en mis brazos, entregándose por completo, pensó Marco, apretando los dientes.

La puerta se abrió de golpe. Daniela entró con las bolsas en las manos, su falda corta ondeando y mostrando esas piernas morenas que lo volvían loco. Olía a noche de verano, a jazmín de su perfume y a carne asada de los tacos. "Órale, wey, ¿qué te pasa? Te veo con la cara de pendejo viendo la novela", dijo riendo, dejando todo en la mesa. Sus ojos bajaron a la protuberancia en los pantalones de Marco, y una sonrisa pícaro se le dibujó en la boca carnosa.

"Es Sarita, carnal. Sarita de Pasión de Gavilanes murió en el capítulo de hoy. Me dejó bien jodido", contestó Marco, su voz ronca. Daniela se acercó, sentándose a horcajadas sobre él, sintió su calor a través de la tela delgada. "Ay, pobrecito. ¿Y si yo soy tu Sarita? ¿Quieres que muera de placer en tus brazos?", susurró, rozando sus labios contra su oreja. El aliento caliente de ella le erizó la piel, y Marco gruñó, agarrándole las nalgas firmes.

El beso fue como un incendio. Sus lenguas se enredaron con sabor a menta de su chicle y sal de su piel sudada. Daniela gimó bajito, un sonido gutural que vibró en el pecho de Marco. Sus manos bajaron por la espalda de ella, sintiendo la curva de su espinazo, la suavidad de su blusa de algodón mexicano. "Quítate eso, nena. Quiero verte como Sarita, entregada", jadeó él. Ella se levantó, quitándose la ropa con lentitud provocadora, dejando caer la falda al piso con un plop suave. Sus tetas redondas quedaron libres, pezones oscuros endurecidos por el aire fresco. Olía a su excitación, ese aroma dulce y almizclado que lo mareaba.

Marco se desvistió a toda velocidad, su verga saltando erecta, venosa y palpitante. Daniela se arrodilló frente a él, mirándolo con ojos de fuego. "Como Sarita, mi amor. Voy a morir por ti", dijo en tono de novela, antes de lamer la punta con la lengua plana. El sabor salado lo hizo gemir, sus bolas tensas contra su barbilla suave. Ella lo chupaba despacio al principio, succionando con labios carnosos, el sonido húmedo llenando la sala como música prohibida. Marco metió los dedos en su pelo negro ondulado, oliendo a champú de coco. ¡Qué chido! Su boca es un paraíso, pensó, mientras ella aceleraba, tragando más profundo, sus arcadas suaves enviando ondas de placer por su espinazo.

Pero no quería acabarse aún. La levantó, cargándola al sofá como a una novia de telenovela. Daniela se recostó, abriendo las piernas, su panocha depilada brillando húmeda bajo la luz de la tele. El olor era intenso, femenino, invitador. Marco se hundió entre sus muslos, besando la piel interna suave como terciopelo. Lamió su clítoris hinchado, saboreando el jugo dulzón que manaba. "¡Ay, Marco! Más, cabrón, hazme morir como Sarita", suplicó ella, arqueando la espalda. Sus uñas se clavaron en sus hombros, el dolor placentero mezclándose con el gemido ronco que salía de su garganta. El sabor de ella lo volvía loco, chupando y metiendo la lengua adentro, sintiendo sus paredes contraerse.

Esto es mejor que cualquier novela. Daniela es mi Sarita, viva y ardiente, lista para explotar.

La tensión crecía como tormenta. Marco se posicionó, frotando su verga contra su entrada resbalosa. "Dime que quieres morir de placer, mi Sarita", gruñó. "Sí, wey, mátame con tu verga. Haz que Sarita de Pasión de Gavilanes murió parezca un juego de niños comparado con esto", respondió ella, empinando las caderas. Empujó despacio, sintiendo cómo su concha lo engullía centímetro a centímetro, apretada y caliente como un horno. El roce era eléctrico, sus jugos chorreando por sus bolas. Empezaron a moverse, lento al inicio, piel contra piel slap-slap, sudor mezclándose en un olor animal.

Daniela clavó las uñas en su espalda, dejando marcas rojas que ardían delicioso. "Más duro, pendejo. Quiero sentirte romperme", jadeó. Marco aceleró, embistiéndola con fuerza, sus tetas botando al ritmo, pezones rozando su pecho peludo. El sofá crujía, la tele seguía con comerciales pero ellos en su mundo. Sus gemidos subían de tono, ella gritando "¡Sí, cabrón! ¡Así!" mientras él sentía el orgasmo construyéndose en las bolas, el pulso latiendo en su verga enterrada. El aroma de sexo impregnaba todo, sudor, fluidos, pasión cruda.

La intensidad escaló. Daniela temblaba, sus muslos apretándolo como tenazas. "Me vengo, Marco... ¡Me muero!", chilló, su concha convulsionando alrededor de él, ordeñándolo. El apretón fue brutal, enviándolo al borde. "¡Yo también, mi Sarita!", rugió, descargando chorros calientes dentro de ella, el placer cegador como una muerte dulce. Se derrumbaron juntos, cuerpos pegajosos, respiraciones agitadas sincronizadas. El afterglow los envolvió, pieles sensibles rozándose, el olor a sexo y sudor como una manta.

Minutos después, Daniela besó su cuello, riendo bajito. "Neta, wey, si Sarita de Pasión de Gavilanes murió así de bien, no me quejo". Marco la abrazó, sintiendo su corazón latir contra el suyo. "Tú eres mejor, mi amor. Mi Sarita viva, que no muere nunca". Se quedaron allí, con los tacos fríos olvidados y la tele apagada, en una paz ardiente que duraría hasta la próxima novela.

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