Relatos Prohibidos
Inicio Infidelidad Alejandro Camacho Abismo de Pasión Alejandro Camacho Abismo de Pasión

Alejandro Camacho Abismo de Pasión

7509 palabras

Alejandro Camacho Abismo de Pasión

El sol de La Bonita caía a plomo sobre la hacienda, tiñendo de oro las viñas que se extendían hasta donde la vista alcanzaba. Ana respiraba el aire cargado de tierra húmeda y uvas maduras, ese olor dulzón que le erizaba la piel cada verano. Llevaba un vestido ligero de algodón blanco, pegado al cuerpo por el sudor, que marcaba sus curvas generosas. Qué calorón, pinche clima, pensó, abanicándose con la mano mientras caminaba hacia la fiesta patronal.

La música ranchera retumbaba desde los altavoces, con mariachis tocando El Rey a todo volumen. Gente bailando, risas, chelas heladas circulando. Ana se sirvió un trago de vino tinto de la bodega local, el sabor robusto y afrutado le calentó la garganta. Entonces lo vio. Alto, moreno, con esa mirada intensa que cortaba como navaja. ¡Órale, no mames! Es idéntico a él.

Alejandro Camacho. Bueno, no el actor de la tele, pero se llamaba igual, como le confesaría después. Traía camisa negra desabotonada hasta el pecho, jeans ajustados que resaltaban sus piernas fuertes, y un olor a colonia fresca mezclado con sudor masculino que la golpeó como un maremoto. Se acercó con una sonrisa pícara, copa en mano.

Buenas tardes, preciosa. ¿Vienes a bailar o nomás a verte chula? —dijo con voz grave, ronca, como si hubiera fumado un puro toda la mañana.

Ana sintió un cosquilleo en el estómago, el pulso acelerándose.

Es como si hubiera salido de Abismo de Pasión, ese galán que me tenía clavada en la tele todas las noches
, pensó, recordando las escenas ardientes de la novela que la había hecho fantasear tantas veces.

Las dos cosas, guapo. Pero si bailas bien, te invito un trago —respondió ella, juguetona, con ese acento mexicano puro de rancho.

Bailaron toda la tarde. Sus cuerpos rozándose al ritmo del son, manos en la cintura, aliento cálido en el cuello. El sudor de él se mezclaba con el de ella, creando un aroma íntimo, animal. Cada vuelta, cada paso, aumentaba la electricidad entre ellos. Ana sentía su verga endureciéndose contra su muslo, y eso la mojó de inmediato, un calor líquido entre las piernas que la hacía apretar los dientes.

Al atardecer, se escabulleron de la fiesta hacia los viñedos. El sol poniente pintaba el cielo de rojos y naranjas, y el aire se enfriaba, trayendo el perfume de jazmines silvestres. Caminaban en silencio, tomados de la mano, hasta un claro rodeado de parras cargadas.

Sabes, pareces Alejandro Camacho en Abismo de Pasión. Ese tipo que volvía loca a todas —dijo Ana, rompiendo el hielo, su voz temblorosa de anticipación.

Él se rio bajito, deteniéndose para mirarla a los ojos. —Soy Alejandro Camacho, nena. Y tú eres mi abismo de pasión esta noche. La jaló hacia él, besándola con hambre. Sus labios gruesos, ásperos por el vino, sabían a tentación pura. Lenguas enredándose, húmedas, explorando bocas con gemidos suaves.

Ana se derritió en sus brazos. Sus manos grandes le recorrían la espalda, bajando hasta apretarle el culo firme. ¡Qué rico se siente esto, carnal! Como si lo hubiera soñado mil veces. El beso se profundizó, dientes mordisqueando labios, saliva compartida. Ella le clavó las uñas en la nuca, tirando de su cabello oscuro y ondulado.

Se tumbaron sobre una manta que él había traído, astuto. La noche caía rápida, estrellas salpicando el cielo como diamantes. Alejandro le quitó el vestido con lentitud tortuosa, besando cada centímetro de piel expuesta. Sus tetas grandes saltaron libres, pezones duros como piedras bajo la brisa fresca. Él los lamió, succionó, haciendo que Ana arqueara la espalda con un grito ahogado.

¡Ay, wey, qué sabroso! No pares —jadeó ella, manos enredadas en su pelo.

El olor de su excitación flotaba en el aire, almizclado y dulce, mezclado con el de la tierra. Alejandro bajó más, besando el ombligo, el monte de Venus. Le abrió las piernas con gentileza, admirando su panocha depilada, hinchada y brillante de jugos. Mírala, toda mojada por mí, pensó él, pero Ana solo sentía el fuego en su interior.

Su lengua la tocó primero suave, lamiendo los labios mayores, saboreando el néctar salado. Ana tembló, caderas levantándose. —Sí, ahí, chulo. Chúpame el clítoris. Él obedeció, círculos rápidos con la lengua plana, succionando el botón sensible. Ella gritaba bajito, mordiéndose el labio para no alertar a la hacienda lejana. El sonido de su chupeteo húmedo, mezclado con sus gemidos, era música prohibida.

Pero quería más. Lo empujó hacia arriba, desabrochándole el cinturón con dedos ansiosos. Su verga saltó libre, gruesa, venosa, con la cabeza roja y goteante de precum. ¡Qué pinga tan chingona! Más grande que en mis sueños. La tomó en la mano, masturbándolo lento, sintiendo el pulso caliente bajo la piel suave. Él gruñó, ojos entrecerrados de placer.

Métemela ya, Alejandro. Quiero sentirte adentro —suplicó ella, guiándolo a su entrada.

Entró despacio, centímetro a centímetro, estirándola deliciosamente. Ambos jadearon al unísono. El calor de su coño lo envolvió como terciopelo húmedo, apretándolo. Comenzaron a moverse, ritmo lento al principio, piel contra piel chapoteando. El sudor les corría por los cuerpos, gotas saladas que lamían al besarse.

Ana clavaba las uñas en su espalda musculosa, sintiendo los tendones tensarse bajo sus dedos. Cada embestida profunda tocaba su punto G, enviando ondas de placer que la hacían ver estrellas. —Más fuerte, pendejo. Fóllame como hombre —lo retó, y él aceleró, caderas chocando con palmadas sonoras.

El viñedo parecía girar a su alrededor, el viento susurrando entre las hojas como testigo secreto. Olía a sexo crudo, a pasión desatada. Ana sentía su orgasmo construyéndose, una ola gigante en el horizonte. Alejandro le mordía el cuello, dejando marcas rojas, gruñendo palabras sucias al oído: —Estás tan rica, nena. Tu panocha me aprieta como virgen.

La tensión creció, espiral ascendente. Ella apretó las paredes internas, masajeando su verga. Él la penetraba más hondo, bolas golpeando su culo. Sus pechos rebotaban con cada thrust, pezones rozando su pecho velludo. El climax la golpeó primero, un estallido cegador. —¡Me vengo, cabrón! Ayúdame —chilló, cuerpo convulsionando, jugos chorreando por sus muslos.

Alejandro la siguió segundos después, embistiendo salvaje. —¡Toma mi leche, mi reina! —rugió, llenándola con chorros calientes que sintió palpitar dentro. Colapsaron juntos, jadeantes, corazones latiendo al unísono como tambores.

La luna iluminaba sus cuerpos entrelazados, sudor enfriándose en la piel. Ana lo abrazó, besando su hombro salado.

Alejandro Camacho, mi abismo de pasión real. Esto no es tele, es puro fuego mexicano
.

Se quedaron así un rato, hablando susurros. De la hacienda, de sueños, de cómo esa noche había cambiado todo. Él le acariciaba el cabello, suave como seda, mientras el aroma de sus fluidos mezclados persistía en el aire nocturno. No había prisa, solo paz después de la tormenta.

Al amanecer, regresaron tomados de la mano, prometiendo más noches en ese abismo. Ana caminaba ligera, el cuerpo satisfecho, el alma plena. Qué chido es encontrar pasión de verdad, pensó, sonriendo al sol naciente.

Contenido Adulto

Este sitio web contiene material explícito y relatos eróticos destinados exclusivamente a adultos. Debes tener al menos 18 años para acceder a RelatosEroticos.mx.

Al ingresar, aceptas nuestros términos de servicio y confirmas que resides en una jurisdicción donde el consumo de este material es legal.